¿Para qué sirve un artista?
- Lydiette Carrión
- hace 12 minutos
- 3 min de lectura

Tenía 25 años y llevaba un par viviendo únicamente el momento. Antes de esa edad había pasado muchos golpes de la vida y los había sobrevivido. Ya que había sobrevivido esos momentos y seguía estudiando, decidí que solo me interesaba sentir: sentir el baile, las fiestas y correr. Seguir estudiando, pero sin ninguna otra expectativa de vida. Esos años sepulté mis aspiraciones intelectuales en lo más profundo de la memoria o la conciencia. Dejé de leer literatura, más allá de la que me dejaban en la escuela. Dejé de escribir.
Entonces me dio hepatitis. Dos meses de descanso forzado y violento, de malestares como oleadas, ojos amarillos y sangrantes. Luego, una recuperación lenta y aburrida, deprimente…
Yo languidecía en esa primavera de fuego, sobre sábanas pegajosas, con mi cuerpo que casi no podía mover. Mis visitas solían ser también un poco carceleros. Las películas, piratas y originales, se acumulaban en el buró, y yo moría de hastío.
Y entonces llegó Daniel Keith. No era muy alto, apenas un poco más que yo. Sólido y macizo, pero correoso. Rostro regular, piel bronce. Pelo muy negro. Llegó con sus cuadernos de bosquejos e instrumentos de dibujo, plumas especiales. Algunos pocos óleos, a veces. Ya no recuerdo. Tenía poco de conocerlo; quizá unas semanas antes de enfermarme. Amigo de amigos.
Yo sentía que no podía pensar. Que no tenía la capacidad para concentrarme en una lectura, nada que no fuera una comedia palomera. Pero Daniel dijo que no. Me llevó como regalo una edición barata, en inglés, de El llamado de la selva. «Ya la leíste en español, ¿verdad?», me dijo. «Sí. Pero ya no me acuerdo del inglés», respondí. «Te vas a acordar. Haz el esfuerzo. ¿Dónde están tus lecturas?, ¿dónde están tus diarios, tus proyectos?»
Pues no había nada. Me dejó algunas hojas, bosquejos… Pero, sobre todo, me habló. No sé exactamente qué me dijo. Ya no recuerdo, pero volvió a generar en mí el deseo por aprender, por superar mi capacidad. Me infundió el deseo de pintar. De seguirlo, de crear. Hablaba y escribía a veces en francés. E inventaba historias. Alguna vez me dijo que había crecido en la frontera. ¿Era cierto? No lo sé. Probablemente no.
Pero su empeño por crear; siempre por crear: dibujar, escribir, hacer del poco tiempo que compartiéramos un momento único y trascendente. Una experiencia estética y profunda, transformadora. Siempre.
Para él, el arte no era el resultado final, sino el proceso de creación: en cada obra dejaba, literal, su sangre en ella. La culminación podía ser el cuadro, la pintura o el poema. Pero la experiencia completamente gozosa, sufriente y transformadora estaba en el proceso: la música que acompaña la obra, los amigos alrededor. Su principal obra de arte no fue su pintura, sino su vida: los momentos que él creaba; dotaba de belleza el mundo. Lo recreaba cada día.
Quizá por eso inventaba versiones tan raras de su propia vida. Ese afán, ahora, en retrospectiva, me recuerda al que describe Julio Cortázar en Edgar Allan Poe, quien adornaba su biografía de viajes y aventuras que jamás hizo.
Daniel llegó en el momento en el que lo necesitaba. Él insufló de intención mi vida. ¿Cómo lograba hacer eso? No puedo ni recordar de qué hablaba. Pero tantas veces terminaba una llamada de teléfono con música, presentándome una canción nueva. Como si fuera un locutor de radio en la intimidad de la madrugada.
Así como la vida nos juntó, nos dividió. Después, a lo largo de las décadas me lo encontré infinidad de veces en la calle, o vendiendo libros. Me mostraba sus diarios, que llevaba a todos lados: bocetos, bocetos, fotos de su obra, poemas. Siempre, cada encuentro, incluía un regalo maravilloso: un trazo, una dedicatoria. «Hermanita», me llamaba. «Hermanito», de vuelta.
Esta semana me enteré de que Daniel Keith, como yo lo conocía, o Daniel Hernández o Ezra Ailec, murió. Sus pulmones, afectados por el asma, no resistieron el covid.
He pensado dónde quedará su arte, si vivió siempre en mundos subterráneos. No todos los artistas obtienen el «gran reconocimiento», ni su nombre queda grabado en alguna enciclopedia. Mejor dicho, la gran mayoría de los artistas quedan olvidados, borrados de la Historia del Arte (en mayúsculas). El reconocimiento es un señor caprichoso. ¿Cuántos grandes artistas murieron olvidados, mientras otros de su época sí alcanzaron la fama? Pero cada artista trastoca el mundo. Ellos siembran, influyen, trastocan su alrededor, a todos los que tenemos la fortuna de tenerlos cerca. Su vida misma es la principal obra de arte. Hacen belleza. Convierten al mundo en algo nuevo. Su obra queda en nosotros. Se funden en la vida misma.
Cada artista cambia el mundo. ⚅
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Foto: Nin Solís




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