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  • Emiliano Aréstegui

Moreno, joven y peligroso o una sociedad estamental


Si pienso en las veces que he sentido el racismo sobre la piel, un mar inunda las barrancas de mi memoria y al paso, nomás, comienzo una revisión que me remonta a la primera infancia. Asaltan mi memoria uniformes blancos, verdes y azules, trajes negros de guardias de seguridad, camisas blancas de grises “ejecutivos” que creen que el bordado sobre sus botones los vuelve más humanos. Podría contar un par de historias y hacer una crónica ensayística de la vez que fui con huaraches a un Santander o bien contar las peripecias para tramitar la tarjeta en el Bancomer del centro.

Los ecos de la memoria son olas que traen voces que traen rostros, rostros que se difuminan en el tiempo como se difumina el escarnio de algunos de sus iluminados. La vaca pinta, le decían los compas de Oaxaca a las patrullas; tengo, sin broncas, media docena de anécdotas en los que los tiras son los protagonistas. Podría emular a Armando Vega Gil y sus Crónicas de un guacarroker para hacer un recorrido que arrostre guatos, cuadros, sábanas y celulares y dar cuenta de las muchas veces que me robaron, extorsionaron o intentaron extorsionarme.

Podría pensar en uno que otro restaurante, y ahora, mientras escribo esto que escribo, me acuerdo de que de los 18 a los 33 años los taxis no me levantaban, mi apariencia de vagabundo elegante, como alguna vez me dijo un compa, les daba ñáñaras. Tan acostumbrados a la gente bonita preferían ignorarme. Una vez estaba con mi cuñado en Santa Úrsula y después de que tres o cuatro taxis no se detuvieran, me replegué en la esquina. Entonces mi cuñado levantó la mano y un taxi se detuvo y pudo llegar a tiempo a la terminal de camiones.

Recuerdo a porteros de un par de hoteles y guardias de tres o cuatro bares que me miraban moreno y de sobra sabían que no sería un buen cliente. De la juventud, echo de menos mi yope presencia, ahora que ensayo estas ideas, me doy cuenta de lo mucho que les gustaba a guachos y policías. Recuerdo que en la adolescencia más de una vez llevé el color de mis brazos a mis ojos buscando la razón de detenciones, afrentas y mordidas, dos o tres veces patrocinadas por acomedidos vecinos que velaban por la seguridad de sus calles.

Recuerdo a un maestro de la secundaria, Héctor Bustamante, digamos que daba técnicas artísticas, y por técnicas artísticas pensemos en una flauta de pan. A Bustamante le gustaba pensar, presagiar, adivinar qué nos depararía el destino con base en el color de nuestra piel, nuestra traza y la suma de participaciones y tareas. Según sus predicciones, ontológico-futuristas, Arturo heredaría el oficio de su padre como renovador de calzado, Iván no pasaría de conserje o si bien le iba, chofer de combi. Yo sería taxista o carpintero. Carpintero nomás no, me gustan mis veinte dedos y soy demasiado distraído como para usar sierras y conservar mis extremidades. Ser taxista en cambio, me resultaba sugerente, me imaginaba en las noches ruleteando un tsurito, pero ya me hacen la parada y ya me abordan otros recuerdos: directores y prefectos… muchos de ellos, videntes que nos condenaban al vagabundeo y la delincuencia seguida por una pobreza llena de frustraciones. Ya los veré, decían, cuando sean adultos. Hoy, 28 años después, de ese único año en aquella secundaria, más que mi futuro, pienso que los maestros presagiaron el futuro del país, en el que el oxímoron de la crisis ha condenado a los muchos al sin trabajo y la pobreza. En eso no se equivocaron los videntes.

Una vez puesto el menú de discriminaciones sobre la mesa, y porque creo que el racismo, para que sea tal, tiene que venir del poder y el estado. Contaré una anécdota de policías y ladrones, no la más sabrosa ni la más divertida, pero sí la más colorida y variada y en la que hay trasuntos que me permiten hablar no sólo de mí. Sirve que hablo del Michoacano y su grito de guerra: Ánimo delincuencia. Y del Chilango, que en esas quince horas de barandilla gritó como treinta y cinco veces: Juro no regresar, pero siempre me denuncian, o la variante: Juré no regresar, pero siempre me agarran trabajando...

Tenía 18 o 19 años y era adicto a la música depresiva: Portishead con su Nobody loves me y Radiohead con Creep resonaban en mi cráneo, la música de fondo de mi desenfreno incluía a Pantera, Pink floyd y Talking heads. Estaba bebiendo Pablo Israel, quien en ese entonces era un periodista en ciernes, bebíamos Vodka porque por ese entonces estaba leyendo a Dostoyevski y era mi forma de demostrar mi congruencia y compromiso con las letras. Cuando era joven bebía como zaporogo, Taras Bulba se hubiera sentido orgulloso de mí y usaba, como buen adalid de la autodestrucción, una casaca militar que según yo dejaba en manifiesto mi admiración por el Ché Guevara, hasta tenía un cuadro del guerrillero en mi cuarto.

Estábamos bebiendo, decía, y Pablo, que en ese entonces era un animalito escuálido, ya no podía levantar ni las manitas. Lo dejé a una cuadra de su casa de estudiantes y yo me seguí con rumbo al boulevard. Traía ganas de verle los ojos al diablo y por poco se me cumple. Aún recuerdo el remolino de emociones que me consumían cuando caminaba incendio. Le hablé a mi madre de un teléfono público para decirle que no llegaría a casa. La tarjeta agotó su saldo y llevé mi mano hacia el techo del teléfono, al dejar el plástico me encontré una bolsa llena de monedas de cinco y diez pesos y también algunos billetes de veinte y de cincuenta. Guardé las monedas en las bolsas de mi chamarra y los billetes en la bolsa trasera del pantalón. Unos pasos después, apareció la vaca pinta cargada de becerros y entendí la razón de los dineros. Vi las luces de la torreta, vi una lámpara golpear mis ojos con su luz, y vi a dos tiras bajarse de la tarja prestos a detenerme. Pregunté a qué se debía la revisión. Saca todas tus cosas y ponlas sobre el cofre del coche, dijeron y señalaron un coche que hoy me imagino color vino, opaco, un Dart, quizá, de un año indescifrable. ¿Por qué me detienen? El que nada debe nada teme, mijo, recibí por repuesta. Es una revisión de rutina. No de mi rutina, dije, y dije algunas babosadas más, supongo algo sobre mis derechos y otra cosita. Vi los ojos de los perros brillar a la luz de las monedas y billetes. Justo entonces pasó Paul Medrano, y qué bueno, pues para entonces uno de los representantes de la ley y la justicia me estaba preguntado si pensaba ponerme pendejo, pude adivinar que estaba decidiendo entre darme unas cachetadas o nomás doblarme de un culatazo en el estómago.

Dile a mi jefa que me agarraron y que me van a llevar a barandillas. ¿Lo conoces? preguntó el más enchilado. Sí, es periodista, aproveché a decir. Paul respondió que me conocía y vi la desilusión: a este no voy a poder darle sus madrazos, escuché que pensaba.

Es sospechoso de robar una combi de pasajeros, dijeron. ¿Lo conoces? Su mamá tiene una juguería en el centro, respondió el ahora maestro. De ahí saqué las monedas, acerté a responder. ¿Entonces le robas a tu jefa? Qué pasó, cómo le voy a robar a mi jefa. Es mi quincena. Pues no los vamos a tener que llevar. Ahorita le llamo a tu mamá, me gritó Paul y se marchó. Los polis se quedaron con ganas de darme unas cuantas cachetadas, a cambio de eso se encargaron de sacar la pelusa de mis bolsas. Además de los billetes me encontraron un paquete de sábanas, unos cigarros, un encendedor. En el paquete de cigarros hallaron una bachita.

Si quieres irte tienes que dejar el dinero, dijeron expulsando de su azul toda virtud. Poder es morder: los `perros querían dinero. Ni madres, no les voy a dar ni madres, dije ignorando que veintidós años después escribiría un ensayo contando una experiencia sobre el racismo, y que dicho ensayo estaría retacado de palabrejas. Nomás te voy a decir una cosa, dijo el más bigotón, y su decir llevaba un dejo en los últimos fonemas, además del dejo de corrupción y gandalléz con que salpicó mi cara. No les voy a dar nada. Nada, remarqué, pensado que en unos minutos mi mamá sabría que los puercos me llevaban a la piara. Arrancamos y uno de los azules me exhortó: no seas güey, chavo, mejor afloja el varo y pélate. Allá el chofer del taxi te va estar esperando. ¿Que no era una combi? Pregunté y me reí, como según yo se reía el Ché de mi cuarto.

Bajamos, no estaban los choferes, ni del taxi ni de la combi… y tampoco estaba el juez, así que no pude hacer la llamada telefónica. Mi educación de Canal 5 no encajaba en la realidad. Me negué a firmar el papelito que me dieron y me pasaron con el doctor, no estoy seguro de si el doctor me preguntó si estaba lastimado. Me preguntó, eso sí, si estaba drogado. Se me bajó con el susto, le dije con tono jocoso, pero no le dio risa. Te quitas las agujetas y el cinturón y se lo das a mi compañera, dijo y me regresó el papelito. Yo llevaba, para mi mala suerte, una imitación de converse y sin agujetas eran más unas babuchas que unos tenis. No podré defenderme pensé. Sí, justo por las películas que había visto. Y entonces volví a sentir miedo. Vi algunas manos respirando su aburrimiento afuera de los barrotes, abrieron el primer espacio y entré escoltado por uno de los tiras. Abrieron la puerta a la galera más grande. Eran diez o doce los seleccionados de ese fin de semana. Ellos, mis compañeros de pijamada.

Busqué un espacio y me tumbé. Mi mamá no sabría que pasaría la noche en barandilla. Estaba en eso de sentirme mal cuando escuché la voz del Michoacano. Ánimo galán, no se me agüite. ¿Mejor dinos porqué te agarraron? Según por robo, primero a taxi y luego a una combi. Yo soy Raúl, pero todos me dicen el Michoacano. Estoy aquí porque le di unos madrazos a mi vieja. Y este pendejo es el Chilango. Trabajo robando en el mercado, dijo el Chilango y me sonrió orgulloso. Estaba también un chavo acusado de violación, y otro que había bebido en un bar, pero olvidadizo como era, no pudo pagar, pues se le olvidó que no tenía dinero, hasta que le llevaron la cuenta. Más tarde entró un guacho descamisado que le gritaba a los barrotes y medio los pateaba. Vamos a ponerle en su madre, sugirió el violador, ya para entonces confeso. No digas mamadas, le dije a mi despreciable compañero, ahorita van a meter a dos o tres guachos y nos van a poner en la madre. Sí sí, ya era un extra en la nueva de los hermanos Almada.

Más tarde llegó la abuela del olvidadizo a decirle que se veía bien bonito ahí encerrado y que más bonito se iba a ver en la cárcel porque ya estaba cansada de andar pagando sus borracheras. El olvidadizo se olvidó de todo pudor y se soltó a llorar, lleno de pena y llanto se metió a los baños que apestaban a mierda y orines, lo sé porque toda la galera olía igualito pero menos fuerte. Las lengüetas de mis falsos Converse bebían como perros sedientos de aquellos charquitos. Me llamaron. Ora sí ya te chingaste. Te vas a ir directo a la grande por pendejo y ambicioso. Más te hubiera valido soltar el varo. Me dijo uno de los policías.

Me amarraron un paliacate sobre los ojos. Aquí está, dijo uno, lo agarramos cerca de donde ocurrió el robo. ¿Es él? ¿verdad? Le preguntaron a alguien y ese alguien respondió con voz de mujer: No, no es él. Mírelo bien. A ver cabrón, habla para que te reconozcan. ¿No que era robo a taxi? primero dijeron que era robo a una combi, luego a un taxi, y ahora a una señora. Ya cállate mejor. Véalo bien, jefa, mire sus tatuajes. A ver cabrón, quítate la camisa y dinos dónde dejaste el carro de la señora. Yo no me robé ningún carro. Te dije que te calles. ¿Ya lo vio bien señora? Sí, no es él, dijo la voz de la mujer. ¿Está cien por ciento segura que no es? No es. El que me robó era chaparro y estaba pelón y traía más tatuajes. Véalo bien, jefa, o usted será la responsable de que este cabrón siga robando. No, no es él, volvió a decir la señora.

El juez llegó como a las 9 de la mañana, entonces hice mi llamada. Estoy bien mamá, barandillas no es como lo pintan. No recuerdo si la multa fue de 500 o 650 pesos. El juez le dijo a mi madre que su hijo tenía serios problemas, que la mariguana no era cosa de juego. Es la puerta a otras drogas, señora, se lo puedo asegurar. A mí sus perros me trajeron como sospechoso de robo, no por otra cosa. Si hubiera traído un poco más de enervantes, dijo el juez, su hijo estaría siendo procesado. No me agarraron fumando, yo iba caminando y de buenas a primeras me estaban acusando de robo. Su hijo tiene problemas con la autoridad, señora, me dicen que presentó resistencia y les faltó el respeto a los oficiales. Falta de respeto es que te detengan y te cateen y te traigan a estos lugares, respondí. Mi madre clavó sus ojos en mis ojos y mejor me quedé callado. Disculpe, señor juez, no he sabido educar a mi hijo, dijo mi madre y yo sentí sal en los ojos.

Es la primera y última vez que te vengo a sacar de los separos. Nunca había tenido que pasar una vergüenza así. Yo no estaba haciendo nada, esos cabrones me agarraron por ser moreno. Nomás me vieron y se pusieron como perros. ¿Y el dinero? Me preguntó y le conté lo sucedido. Entonces hubo un silencio. El dinero, supongo, era un pago o para que alguien más pagara. O quizá solo fue en un poco de buena y mala suerte.

Me fui para la casa, me bañé y me quedé a pensar, por órdenes de mi madre, en lo que había pasado. Y pensé que vivimos en una sociedad racista que odia el color de su piel, una sociedad corrupta que amedrenta a los jóvenes. Y que los tiras son rapaces y les es más fácil vulnerar a los vulnerables.

Y ahora pienso que en el fondo nada ha cambiado. Así lo leí en Taxco, así lo veía en Oaxaca. Los rubios pasean y compran, los morenos trabajan y venden su tiempo, viven de su esfuerzo, mendigan su esperanza. Y ahora que ensayo mi pensamiento contra el papel, pienso que México sigue siendo una sociedad racista, clasista, una sociedad que se desarrolló de manera estamental y que por lo tanto sigue, y seguirá siendo: una sociedad estamental.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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