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  • Marxitania Ortega

Murakami mata Balzac 3/3


Haruki Murakami, el popular escritor japonés, en su libro De qué hablo cuando hablo de correr, esboza una gran metáfora entre el ejercicio físico y el oficio de escribir y afirma que escribir novelas es una labor físicamente extenuante.


Tal vez piensen que, con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. Pero, si probaran de veras a hacerlo, […] se darían cuenta de que escribir novelas no es un trabajo tan apacible. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el que deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mucho mayor de la que generalmente se cree. Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado.

Como bien dice Murakami, el cuerpo sostiene el trabajo del escritor, las líneas argumentales, los mundos ficcionales, los vínculos que se establecen entre el escritor y los posibles lectores. Es en el cuerpo suceden los procesos intelectuales y emocionales, la ausencia del cuerpo es una ficción. Por ello un cuerpo sano y ágil, es tan importante para el oficio de escribir como una mente aguda y llena de energía. Pero la escritura no sólo requiere un cuerpo entrenado y una mente hábil. También requiere una buena dosis de fortaleza espiritual que ayude a resistir todos aquellos momentos en los que la tabla no se rompe a la primera patada, ni a la segunda, ni a la tercera.

En la escritura siempre hay momentos malos, en los que todo es amorfo, no hay pies ni cabeza, y lo que se quería contar no acaba de expresarse. En esos momentos dan ganas de abandonar. Además de los textos que no acaban de funcionar están los premios que no se obtienen, los rechazos y los fracasos editoriales y la escasa remuneración en un mercado pequeño, competido y complicado. El oficio de la escritura demanda templanza para seguir escribiendo a pesar de todas las tablas que no se rompen en el camino, por ello, el escritor japonés asegura que un escritor constante y bien entrenado, con un carácter bien forjado, como se considera a sí mismo, encontrará tan buenas fuentes para abrevar como uno de talento nato (Balzac o Dickens, a decir del mismo Murakami).

Mientras leía el ameno texto de Murakami sobre su experiencia como corredor, llegaban a mi cabeza los memes de burla que muchos de nosotros hemos compartido, cuando se anuncia el Premio Nobel de Literatura y, nuevamente, no le otorgan el galardón. No sé si a sus 74 años el escritor japonés siga corriendo, quiero imaginar que sí, que sigue ejercitándose a otra velocidad, sin que le importe tanto el tiempo en el que recorre su kilometraje habitual. Imagino que mientras nos burlamos, él, como todos los días, corre, goza de la fuerza de sus músculos, de la profundidad de su respiración y del trayecto que transcurre y en ese transcurrir va a recibir el premio Princesa de Asturias, y después sigue corriendo, respirando, escribiendo. Pienso también que en un cuerpo así, fuerte y entrenado, se dosifican mejor el miedo ante el fracaso, pero también, seguramente, la soberbia ante el triunfo.

Murakami confiesa que para él correr y escribir son hábitos, acciones que forman, sin cuestionamiento, parte de su día. A mis 45 años debo confesar que para mí ni la escritura ni hacer ejercicio son hábitos. Me obligo a ir a karate tanto como me obligo a escribir. Pero soy muy feliz y puedo respirar con profundidad una vez que lo hago, aunque sé que nunca llegaré a ser Trinity, ni Beatrix Kiddo ni Virgina Wolf.

Los años ochenta, gracias a las diosas, bien lejos están. Actualmente, muchas mujeres jóvenes están haciendo artes marciales y todo tipo de disciplinas deportivas de combate, que antes estaban reservadas a los hombres, y yo muero de ganas de preguntarles cuál es su aproximación al miedo, al dolor físico, al golpe mismo, aunque no sé si la pregunta tenga sentido, porque sospecho que para ellas nunca ha estado prohibido pegar ni patear con la fuerza suficiente como para romper tablas.

¿Qué representa, para ti, la tabla? Me preguntó mi sensei después del examen de karate.

Por esos días tuve el impulso de ir a comprar varias tablas de madera de pino de primera e intentar romperlas, “a como diera lugar”, con una patada circular. Quería quitarme de encima la frustración, que en ese momento ya no era, como me hizo ver el sensei, sólo la de no haber podido romper la tabla en el examen, sino una enorme frustración acumulada ante muchas otras tablas simbólicas que han permanecido intactas ante mis esfuerzos. La tabla de madera de 30 x 30 se había convertido en un enorme muro de cemento. Y mi cuerpo de 45 años no había sido entrenado para romper cosas, hasta ahora. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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