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  • Alberto Fuguet

Muy gay para tomarse muy en serio

Actualizado: 24 ene 2022


Tengo un libro iluminador que compré en Londres titulado David Bowie me hizo gay, aunque en rigor no está traducido. Lo correcto sería rotularlo como David Bowie Made Me Gay: 100 Years of LGBT Music. El ensayo socio-musical de Darryl W. Bullock parte con el jazz de Nueva Orleans en los veinte hasta llegar a Scissor Sisters y Rufus Wainwright en el siglo XXI. En la cubierta, Vice declara que “sin los gays, no existiría la música moderna”. ¿Por qué entonces no se ha traducido? “Ni idea”, por citar a Alicia Silverstone en Clueless, la comedia juvenil californiana noventera inspirada en Jane Austen. Pero tengo una sospecha: ¿quizás es muy gay? Puede ser.

Pero, ¿qué implica muy homosexual, por lo demás?

Creo que todos sabemos lo que significa. ¿Hay aún en la cultura iberoamericana, sobre todo en la literaria o incluso en todo aquello que cree tener espesor cultural, una suerte de rechazo hacia lo despechadamente gay? Creo que sí. Al menos, se complican. Incluso hoy. ¿Es mejor o más procesable un autor gay que no lo cuenta todo, que es sutil y privado, que deambula por ahí pero no cuenta públicamente más de lo necesario? Al menos, parece más literario. Sin duda que “el mundillo” prefiera aquel que no altera el orden ni habla de más ni menos en detalles. Es mejor, al parecer, ser discreto, no conectado con el erotismo, ojalá lo menos estridente posible para no complicar a nadie. Entre otras cosas porque para qué llegar a algunos si se “puede llegar a todos”.

Al mexicano Luis Zapata –que escribió, en ese portaviones pop que es El vampiro de la Colonia Roma, lo que algunos ni siquiera comentarían en privado–, se lo tilda de osado y unos de los máximos exponentes de la literatura queer, cuando, más que nada, era honesto, escribía de lo que conoció y estaba seguro de que existían posibles lectores allá afuera.


“me di cuenta de que la vida vale únicamente por los placeres que te puedes dar que todo lo demás son pendejadas y que si uno no es feliz es por pendejo”


Todos dicen: murió, a los 69 años, el gran exponente de la literatura gay, nunca: murió el escritor Luis Zapata. Como si hubiese que explicarlo, como si fuera una entrada en Wikipedia. Era más que eso. Pudo ser un grande (creo que lo fue, o casi, sin duda, escribió una gran novela el año 1979, pero al final murió marginal, en todos los sentidos, partiendo por la pobreza y la falta de ediciones fuera de su país), tal como el vampiro que no es tal, sino un puto o “chapero” de la inmensa y fascinante Ciudad de México de los setenta que quedó fuera de La región más transparente de Carlos Fuentes. Murió un gran escritor casi desconocido fuera de México y no dicen otra cosa que era gay.

¿Por eso no fue conocido?

¿Acaso eso no ayudó a condenarlo?

Con su muerte pienso: seguimos celebrando la idea patriarcal de lo supuestamente universal. Zapata fue muy gay (aunque no creía demasiado en la causa), incorporó la calle y el deseo, no veía a sus personajes como víctimas, los transformó en héroes pop llenos de vitalidad y picaresca.


“...porque en aquella época decía bueno a cualquier cosa cualquier cosa nueva me parecía mejor que otra como que siempre tenía la necesidad de estar cambiando constantemente... siempre tengo la necesidad de estar viendo nuevas pingas nuevas nalgas nuevo todo ¿no?”


Hubo un tiempo en que la colección de Contraseñas de Anagrama, que se declaraba “una propuesta descarada, insolente y de un temible humor –literatura ‘forajida’, la han llamado– que la convierten en una colección singular, de difícil paralelismo en la edición contemporánea”, producía un deseo casi carnal. Ahí estaban los raros o, es posible leerlo así, los sexualizados (Bukowski es antes que nada un ser de otra especie, un vividor al límite más que un autor “igual al resto”).

Lo gay, al parecer, sería ser forajido. Es la excepción lo que encandila. Entiendo la idea detrás de ese marketing progre y cool: aprovechar de hacer brillar lo marginal, darle una categoría extra al alcantarillado, como si vivir “fuera de la ley” fuera el valor mayor de ciertos autores “periféricos”. Es decir, es “otra literatura”, acaso más jugada, osada “e insolente”, pero no pertenece al canon establecido. Es otra. Y ahora, te la vamos a presentar. Esto va dirigido a un nicho y, a lo mejor, a otros más abiertos. Esto no es para todos, lo que es parte de su gracia.

Aun así: ni Anagrama ni nadie en España lo editó. Tampoco en América Latina. Nadie optó por comercializarlo, importarlo. Fuentes, sí, o Aguilar Camín o Volpi, sí. Zapata no ganó premios y algunos comentan que era malo para el lobby. ¿Es tan importante ser bueno en esto de los contactos? Tampoco fue traducido, casi. La editorial gay ochentera Sunshine Press de Estados Unidos tradujo su novela clave, pero la traducción no estaba a la altura (según el crítico cultural Daniel Hernández en The Los Angeles Times) y, quizás por ser una novela gay mexicana traducida y editada por una editorial gay que la versión americana de El vampiro… no logró seducir a muchos.

Incluso hoy, la categoría queer en los libros implica visibilizar lo freak. Es un sinónimo de “otro”. La misma marca “de culto”, considerada por décadas como algo entre fascinante y curioso, levemente esnob y, sin duda, extraordinario, esconde varias connotaciones que me alteran: tal libro o película fue señalada para aquellos que pertenecen, para los fieles, los iniciados. Ser de culto es un nicho raro, curioso, inexplicable para el resto, por eso “los otros” pueden valorarlo y apoyarlo. Anne Rice escribió novelas de vampiros reales que podían ser leídas como novelas gays y ahora hay literatura porno gay escrita para mujeres héteros por mujeres, pero quizás esto es harina de otro costal. ¿O no? El asunto es que sigo creyendo que ser muy gay tiene un costo en el mundo literario y de seguro que en el cine también.

Reflexiono esto al leer algunos obituarios de Luis Zapata. Fue un precursor, un adelantado, un “escritor de culto”. ¿Qué implica esto? ¿Es una forma de justificar la razón por la que (casi) no salieron sus libros del territorio mexicano? Mientras decenas de autores millenials mexicanos (blancos, privilegiados y sin importancia o voz que se eleven del susurro de la, ahora gentrificada, Colonia Roma) son traducidos a docenas de idiomas. Luis Zapata, según los obituarios y homenajes atrasados, no logró que sus libros (o quizás al menos su importante y vital novela El vampiro de la Colonia Roma) salieran de México.

Desde luego no a España, un país que importa para tener visibilidad latinoamericana. Es cierto: Zapata fue un autor irregular que nunca volvió a contar con el éxito crítico o comercial de su obra cumbre, pero no por eso debió ser marginado. Uno puede decir: no jugó bien el juego, le faltó lobby, nunca dejó su México para irse a Nueva York o Barcelona, pero eso no es motivo. Al final, un autor solo puede hacer tanto por sí mismo. Lo idea es que escriba lo que los otros no pueden o no han sido capaz. Que tenga una voz, que crea un mundo. Zapata lo hizo. El protagonista/narrador se llama Adonis García y es un chapero y no tiene culpa de serlo. Se vende por dinero, para usar ese dinero, por la aventura de sentirse un chico atractivo, por el placer que le da.

La novela transcribe (y esa es la pose, eso es el estilo) las confesiones de este muchacho lleno de vida que no se guarda nada y a veces se va por las ramas. Da lo mismo: lo que conquista es la voz, la mirada y la falta de culpa. Zapata conecta con Manuel Puig y capaz que se adelanta con los experimentos que hizo luego el argentino al grabar a un neoyorquino (Maldición eterna a quien lee estas páginas) y a un fontanero brasilero (Sangre de amor correspondido). Sus epígrafes son extraídos de novelas de picarescas españolas, pero el texto es una suerte de transcripción que no cree en la puntación. Esto es experimentación y vanguardia para las masas. El libro comenzó a vender. Quizás tuvo lectores atraídos por la voz de este chico que deambula por las calles, parques y antros del DF (como se llamaba en esa época).

Mi copia de El vampiro de la Colonia Roma tiene todo menos cariño literario. La portada es una suerte de twink narciso rubio lampiño con pectorales, posiblemente robado de un fotobanco de Holanda (o una revista tipo Playguy) que se mira al espejo en una suerte de casa afrancesada. ¿Qué tiene de mexicano? El libro es parte de la colección Best Sellers de Debolsillo y no posee nada que lo eleve culturalmente. Quizás no hace falta: lo venden como literatura romántica o semierótica o incluso gay.

Eso es, para sus editores, la literatura de la inclusión.

Un libro solo para algunos.

Quizás ando grave.

Quizás eso es al final triunfar: no apoyarse en nada más que el texto.

Eso hizo Luis Zapata.

Ahora no estaría mal leerlo, aunque sea algo tarde.⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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