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  • Ricardo del Carmen

Nadie puede salvar lo que no quiere ser salvado

eseña de Historia de Shuggie Bain de Douglas Stuart]


Comencé el año con un libro que logró conmoverme. Historia de Suggie Bain es la historia de su madre, Agnes, una mujer alcohólica a la que intentará salvar por todos los medios, pero, como comprenderá después, nadie puede salvar a quien no quiere ser salvado.

Quizás me adelanto.

Agnes, la madre de Shuggie, vive en la casa de sus padres, con su esposo y sus dos hijos. Shug es un taxista mujeriego que ejerce una violencia imparable sobre su madre y, por supuesto sobre sus hijos, dos de ellos de un matrimonio anterior a Shug y que le daba cierta estabilidad y estatus. Agnes se va con Shug básicamente por las promesas de felicidad aunque desde el principio él la maltrataba.

La gran parte de la historia sucede en Pithead, una comunidad minera en donde ya no hay más minas de carbón. El mismo día que llegan a la casa y se instalan Shug habla con Agnes mientras ella prepara la cena; él le dice que no cree que pueda vivir ahí. Agnes está de acuerdo, dice que ella tampoco podrá vivir ahí, que el lugar es feo y está lleno de humedad. Shug la mira y le dice que está hablando sólo por él. Shug había dejado sus maletas en el coche y sin mayor explicación se va. Los abandona. Después de este episodio, Shug volverá por las noches a dejar dinero a cambio de un poco de sexo, pero Agnes se quedará con la responsabilidad de criar a los hijos.

Sola y sin dinero, porque nunca ha trabajado. El alcoholismo de Agnes se exacerba.

Aunque la novela no se centra en lo político, el contexto de Pithead no puede explicarse —si es que existe alguna narrativa no atravesada por la política— sin la situación política de Escocia en los 80—. Las minas cerradas, el desempleo, la división entre católicos y protestantes y el conservadurismo que tiene un efecto directo sobre Shuggie por ser un niño gay y pobre. Un marginado entre los marginados.

Agnes acepta su alcoholismo, sabe que avergüenza a sus hijos y que muchas veces es el hazmerreír de sus vecinas, pero Anges no podrá sola nunca dejar de beber. Su hija se casa y huye hacia Sudáfrica. Shuggie y su hermano intentaran rescatar a Agnes. En realidad Shuggie se aferra más a esa idea, llega incluso a emborracharla él mismo para que no salga de casa porque sabe que cuando se va y se emborracha los hombres abusan de ella. (Agnes es una mujer muy guapa.)

Hubo un buen tiempo para todos: Agnes decidió ir a Alcohólicos anónimos y durante un tiempo las cosas mejoraron en la casa: consigue un trabajo, compra comida en lugar de cervezas, le lleva regalos a sus hijos y consigue un novio. Esta parte de la historia es hasta divertida, el cambio se nota en la narrativa. Pero después de un año, la situación vuelve a ser sombría y a deteriorar a Agnes cada vez más rápido. El alcohol es capaz de despojarla de su dignidad; Shuggie se aferra a su madre pero no puede evitar el final.

Esta historia es una historia de amor, del amor de un hijo por salvar a su madre, un niño que ha de recorrer la ciudad para encontrarla, para llevarla a casa, que, sin que nadie sepa, es abusado sexualmente, pero esconde todo porque su meta en la vida es que su madre sea feliz.

La novela es de largo aliento, tiene más de 510 páginas, pero se disfruta. Yo cambié un poco mi visión respecto a que para dejar el alcohol sólo falta voluntad. Las situaciones por las que pasa Agnes y Shuggie me hicieron pensar en lo difícil que es intentar salir de la enfermedad. Para lograr un año de sobriedad, Agnes contó con una red de apoyo increíble, entre padrinos, hijos, amigos, pareja, pero cuando ella se abandonó, nadie, ni el amor de su hijo pudo salvarla.

Por esta novela Douglas Stuart obtuvo el Booker Prize 2020, es una novela intensa, triste de vez en cuando, que te desespera, y que sugiere —no enseña— que aferrarse a lo perdido es perder dos veces.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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