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  • Carlos F. Ortiz

Otis, o de cómo una imprudencia casi nos cuesta la vida

Actualizado: 31 oct 2023


Uno siempre agradece que sople un poco de viento en Acapulco, más si llega de la playa con la brisa del mar. Es refrescante. Pero si el viento azota a una velocidad de 270 km/h es devastador. Aterrador.

El martes estábamos en las canchas de la Unidad Deportiva de Acapulco, para el 36 Encuentro Deportivo Estatal del Colegio de Bachilleres, de Guerrero. Era un día nublado. A las 12:30 del día la gobernadora estaba anunciando en un comunicado que se suspendían las actividades escolares. Mientras, en la cancha de la UDA su hermana y presidenta del DIF Liz Salgado Pineda daba la patada inicial del encuentro acompañada del director general de los Bachilleres Jesús Villanueva Vega.

El comunicado señalaba que enfrente del puerto se encontraba amenazante el huracán Otis, aún categoría 1. Eso no importaba. Era el momento de las fotos. Junto con mi compañero José Luis, el Güero, nos mandaron a supervisar el torneo de futbol en las canchas hermanos Campos. Desde allá monitoreaba lo que estaba pasando. A las 2:00 de la tarde Protección Civil señalaba que Otis ya era categoría 3 y que amenazaba las playas de Acapulco. Le hablé a mi jefe para ver si cancelábamos los partidos. Su respuesta fue un no. A las 5:00 de la tarde se afirmaba que Otis era categoría 5 y que impactaría a las cuatro de la mañana. Eso no importaba. El balón debía seguir rodando.

A las 6:00 de la tarde, regresando al hotel Playa Suite, vimos cómo las playas estaban siendo evacuadas por el ejército. Una leve lluvia caía ya en la Costera. Las actividades programadas en el Parque de la Reina se trasladaron al lobby del hotel: canto y baile moderno. No había un anuncio aún por parte de Villanueva respecto a medidas preventivas. Todo seguía igual. Entre los compañeros y en el chat del grupo empezaba la incertidumbre. Sólo había silencio. Afuera comenzaba a caer una lluvia más intensa.

No fue sino hasta las 9:55 de la noche que su secretario particular escribió en el chat que habría una reunión para evaluar. Ante el mensaje de un maestro que pedía suspender el encuentro el particular sólo se burló escribiendo: “con calma mtro no planteemos un escenario no visto”. O sea, ya todos los escenarios eran catastróficos y el particular diciendo tamaño despropósito. El director administrativo llamó a las 10:10 de la noche a una reunión urgente en el salón Palma Sola.

A las 10:10 de la noche el viento ya pegaba de manera violenta y la lluvia caía de manera precipitada.

A las 10:10 Jesús Villanueva apenas se estaba preocupando por lo 640 alumnos ahí albergados y por los trabajadores del Colegio.

A las 10:10 aún era hora para pensar evacuar y hasta salir del puerto.

A las 10:10 de la noche Jesús Villanueva sólo atinó a suspender el encuentro y mandar a los 640 alumnos a sus habitaciones.

A las 10:10 de la noche mostró, el director general y sus asesores, su particular, sus jefes de Planeación, Académico y Administrativo que no tenían ni puta idea de lo que estaba pasando.

Subí con el Güero a nuestra habitación. Estábamos en el piso 14.

Mi esposa me marcó a las 11:30 de la noche. Hablé con ella. Estaba muy preocupada. Me dijo que en las noticias se decía que Otis tocaría tierra a la 1:00 de la mañana. Que venía con vientos de más de 200 km/h. La tranquilicé. Le dije que estaba ya en mi habitación. Colgamos. No volvería a hablar con ella hasta 24 horas más tarde.

El Güerito hablaba con su hija. Eran las 11:50. Cuando colgó se preparaba para dormir. Le dije que no se cambiara, que se quedara con su ropa y tenis puestos. Me recosté en la cama. Cuando comenzó a moverse el edificio pensé que estaba temblando, que ya era demasiado, que aparte del huracán también teníamos un sismo.

Hay que evacuar le dije a José Luis y me levanté en chinga. Al salir estaba en el pasillo el director Administrativo, David Guzmán Sagredo, su esposa y sus dos hijo, se me quedó viendo y me preguntó que qué hacíamos. Evacuar el piso, le dije. Pasamos tocando cuarto por cuarto y nos dirigimos a la escalera de servicio. En ese momento se fue la luz y se cortó la comunicación. El viento afuera pegaba con furia contra el hotel.

No sé nada de huracanes, tornados, tormentas. Sólo lo que he visto en películas de catástrofes. Así que lo primero que se me ocurrió fue dirigirnos al piso tres. Al llegar ahí una mujer histérica comenzó a gritar que nos fuéramos al lobby que ahí era lo más seguro. Recordé que en el lobby todo eran ventanas. Una zona abierta para que el viento hiciera destrozos. Estaríamos más expuestos.

Como quiera bajé por las escaleras. Ahí le pregunté a un guardia si contaban con protocolos para estos momentos. Me dijo que no. Le pregunté si contaban con lugares seguros, recibí otro no. Lo cierto es que el pobre tipo estaba tan espantado como yo. El viento aullaba como una bestia terrible arrastrando y rompiendo todo. Ahí estábamos en esa torre del hotel más de 300 personas esperando. Aterradas. Solo la violencia del viento y el ruido de las cosas que se iban rompiendo. Como me iba rompiendo yo por dentro.

No había nadie del hotel. Estábamos solos ahí en las escaleras de servicio esperando quizá la muerte. Una persona llegó del sótano, nos dijo que había un cuarto allá abajo seguro. Fuimos a verlo con el Güero y David Guzmán. Se veía seguro. Ahí no llegaba el viento. El temor era si el agua subía de nivel. La esposa de David no quiso bajar. Optamos por llevar a algunos alumnos y personas que se encontraban hospedadas al sótano. Tenía un cupo para unas 100 personas. Nosotros nos quedamos en las escaleras en el piso del lobby.

El viento seguía afuera golpeando con violencia. Su llanto lastimaba. Nos llenaba de temor. No sabíamos qué pasaba afuera. Sólo el ruido de las cosas al golpear las paredes nos hacía suponer la tragedia que se estaba viviendo.

A la 1:00 de la mañana el viento golpeó con toda su furia y se filtró por las escaleras partiendo el grupo en dos. David con su familia corrieron para buscar refugio en los pisos de arriba. Un grupo de cuatro jóvenes fue empujado y me llevó con él hacía abajo. De ahí corrimos a refugiarnos al sótano. Una pedazo de vidrio alcanzó a rozarme la cara.

En el sótano me recargué a la pared. El viento estaba furioso. Encabronado. Otis no estaba jugando. En ese momento pensé que no saldríamos de ahí. Miré la cara de los estudiantes y no hice más que esperar lo peor. Muchos habían salido de sus cuartos abrazando una almohada. Al principio me desconcertó pero al verlos ahí, entendía que uno busca siempre agarrarse de algo. En ese momento me hacía falta mi almohada.

El viento bajó de intensidad pero seguía golpeando con fuerza. De una alcantarilla comenzó a brotar agua. En menos de un minuto llegaba a mis rodillas. Decidimos evacuar el sótano. Temíamos una inundación. Uno por uno fueron saliendo los estudiantes y nos dirigimos de nuevo a las escaleras. Ahí esperamos. Como a las 2:00 de la mañana el viento cesó de pronto. Mi conocimiento de huracanes adquirida por películas B me decía que quizá estábamos dentro del ojo del huracán, y que en cualquier momento el viento podría golpearnos de nuevo, con la misma violencia o con más furia.

Algunas personas querían salir, comenzamos a calmarlas, y decidimos subir para ver a los demás. La histeria hacia mella. Algunos comenzaban a gritar. Un compañero, Joel, jefe del departamento de Recursos Material comenzó a rezar en voz alta, invitando a todos ha hacerlo. El rezo de todos me dio una tranquilidad que no esperaba. Subimos hasta el piso 15, más allá no había nadie.

Pasaron unos cuarenta minutos. Pensé en ese momento que no estábamos en el ojo del huracán y que Otis no nos había golpeado de manera directa, que sólo nos había tocado la cola. Habíamos sido afortunados, si nos hubiera dado de frente seguro no estuviera escribiendo, y me estarían buscando bajo los escombros del hotel Playa Suite junto con mis compañeros y los 640 alumnos que mantuvo ahí la necedad de un director general imprudente y torpe.

Cuando llegó la calma buscamos en algunos pisos si no habían quedado jóvenes en las habitaciones. El destrozo era espeluznante. No había paredes. El techo estaba caído. Había cables por todos lados.

Decidimos con el Güero ir a la otra torre para buscar a nuestros compañeros. Teníamos que pasar por el lobby que se encontraba destrozado. Nos íbamos iluminando con la lámpara de mi celular, al fondo vi unas siluetas. Al acercarme vi las caras temerosas de unos indigentes. Me espanté y les quité la luz. Apuré a mi compañero, y nos fuimos a la otra torre. Todo había sido destrozado. El escenario era espantoso.

Un compañero, Axel, de intendencia, que trabaja en una ambulancia del Seguro Social, había improvisado en uno de los salones un área de primeros auxilios y estaba atendiendo a los estudiantes y a algunos huéspedes. Al llegar a las escaleras de la otra torre encontramos a nuestros compañeros. Alguien de recursos materiales nos comentó que tenían botellas de agua en la camioneta. Salimos por ellas. Éramos ocho personas. Afuera llovía de manera intensa.

Regresamos empapados con las aguas y las empezamos a repartir piso por piso. Muchos dormían en las escaleras. De ahí volvimos con el Güero a nuestra torre llevando el agua. Esperamos a que amaneciera para salir. Ya con la luz del día nos encontramos con el espectáculo de la destrucción. No había nada en pie. Todos los vidrios rotos.

Los bomberos habían llegado. Nos mandaban a un albergue en la escuela de La Salle. Fuimos una comisión a inspeccionar. Ya no había cupo, así que regresamos al hotel. Afuera nos dimos cuenta de la destrucción que había provocado Otis. Acapulco había cedido a la violencia del viento. No había ni un poste de luz en pie, árboles derrotados recostados en el suelo. Sólo las palmeras sin sus hojas estaban aún erguidas. Con una tristeza infinita.

En un momento, al verme de pronto parado en medio de la devastación me di cuenta que estaba ahí, vivo. No sé si era un milagro, un poco de suerte o ambas cosas, pero estaba ahí observando la destrucción provocada por el huracán Otis categoría 5. ⚅

[Foto: René HG]

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1 Comment


Alfonso Ortiz
Alfonso Ortiz
Oct 30, 2023

Hay quienes dicen que hay que ver al miedo a la cara para sentirse vivo, pero quien eso dice no sabe lo que se está deseando para si o para los demás.

Mis mejores deseos tío, esperando de todo corazón que se encuentren bien y que vengan tiempos mejores. Un abrazo desde Querétaro.

Poncho.


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