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  • Antonio Salinas

Porras y futbol llanero


“En dónde están, en dónde están, los del Coloso que nos iban a ganar, en dónde están, en dónde están, los del Coloso que nos iban a ganar”; cantaba a todo pulmón la porra de la colonia Morelos en el campo de la Unidad Deportiva Vicente Suárez desde algún lugar de la tribuna —abarrotada de jóvenes, adultos y alguno que otro niño de ambos equipos—, en la cual no cabía ni el balón cuando volaba de la cancha hacia las gradas. El equipo rival perdía a los pocos minutos de arrancar el partido, sin embargo, los aficionados no perdían el ánimo y respondían con tambores, cornetas, aplausos y hasta cohetes: “Yo si le voy le voy al Coloso, yo si le voy le voy al Coloso”. Se disputaba la final del Torneo de Barrios 2022, entre dos cuadros de tradición futbolera en el puerto.

Se cuenta que el surgimiento de las porras en el deporte dio inicio en Gran Bretaña en 1884. Al arranque sólo participaban hombres, es hasta 1923 cuando se integran las mujeres a los equipos de porristas, después de que la Segunda Guerra Mundial dejara sin hombres a varios grupos de animación, por lo que las mujeres tienen que entrar al quite.

A través de cánticos, rimas, frases y bailes, los aficionados juegan su propio encuentro, su propio partido. Elementos de la gimnasia y técnicas de baile, principalmente de ballet comenzaron a formar parte esencial en cada cotejo. Cómo olvidar la ola en la tribuna en el mundial de 1986. Cómo olvidar los gritos de los aficionados que atiborraron las tribunas y las inmediaciones de lo que ha sido el corazón en los torneos de barrios: la Vicente Suárez.

En el futbol, me refiero al futbol llanero, es muy común escuchar: Ese equipo trae buena porra. La porra de tal colonia le da vida al partido. A las porras en los torneos de barrios nadie les paga, ni las profesionaliza, ni las utiliza de carne de cañón; son familiares, amigos, seguidores o vecinos de los propios futbolistas: surgen de la tradición, la pasión y la algarabía por ver a su equipo ganar un partido, más si ese partido es la final, más si esa final es en contra de una colonia, barrio o poblado cercano.

Antes de la final del torneo de barrios entre La Morelos y El Coloso, habían jugado La Zapata contra La Morelos, rama femenil. Las primeras perderían en la tanda de penales luego de cerrar el tiempo regular y el tiempo extra con empate a dos goles. Esa tarde-noche había llegado con mi hijo para ver las dos finales, pero como la Vicente Suárez no se da abasto para cubrir el cupo de los aficionados, tuvimos que ver la final femenil, pegados a las vallas que dividen el campo de la avenida Ruiz Cortines. Lo bueno es que nos fuimos colando a través de los recovecos que se iban formando cada vez que alguien abandonaba su lugar. Lo malo, es que tenía a mi hijo sobre los hombros para que él alcanzara a ver, así que me perdí varias jugadas.

Se cuenta en las trincheras del futbol llanero que las mejores porras en los torneos de barrios son La Sabana, La Máquina, El Jardín, Renacimiento, Cayaco, La Zapata, La Cima, Las Cruces, entre otras. Incluso, se cuenta que hay equipos que no tienen afición y son equipos que, curiosamente, son eliminados en la primera fase. En las instancias finales no falta alguna de estas colonias o poblados de la periferia. Las porras garantizan que un partido de barrio sea más emocionante, siempre animan al equipo y le traen un significado que lo deja mejor parado ante el equipo contrario.

En el mundial de Catar las porras también transmiten el temperamento de sus países a los que apoyan y representan. En un estudio que dio a conocer la FIFA sobre la cantidad de decibeles que se alcanzaron en un estadio en la primera ronda fue de 131 durante el partido de Uruguay contra Corea del Sur, es un ruido paralelo o equiparable a los decibeles que se consigue en un concierto de rock en vivo. El ambiente provocado por las hinchadas de ambos equipos ha alcanzado un notable protagonismo. Fan atmosphere, es el título de este informe que tiene al público uruguayo ocupando el primer puesto con el encuentro que mayor nivel de decibeles alcanzó en las tribunas.

Las porras se encargan de dar otra clase de vida a sus equipos, sin ellas el futbol no tendría la pasión que contagia, sin ellas los que gozamos del futbol no conoceríamos el ruido del silencio. Sin ellas, el futbol, tal vez, carecería de sentido como lo dijo Borges: “Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”. Cuando las porras callan es que el partido está muerto o mínimo aburrido. Son las porras las que logran que el fénix resurja de las cenizas.

Después del silbatazo final de la rama femenil donde la Morelos quedó campeona, eliminando con esfuerzo a la Zapata, una camioneta de la Policía Preventiva Municipal se paró detrás de nosotros, en el filo de la banqueta y la calle; dos o tres policías vestidos de civil que estaban viendo el partido cerca de donde me encontraba se subieron para mirar el partido entre El Coloso y la Morelos.

Los policías habían notado que me estaba costando mucho trabajo seguir el partido detrás de las vallas. Me invitaron a subir. Todo estaba lleno, las casas que rodean el campo cobraban distintos precios y algunas no dejaban entrar niños, no podía perder el tiempo en busca de un mejor ángulo, el partido había comenzado. Por primera vez en la vida acepté, con gusto, treparme a una camioneta de la policía municipal.

Desde la patrulla ya no me perdí ninguna jugada, tenía una vista panorámica del encuentro. Lo malo que yo iba apoyando a los del Coloso, pero la colonia Morelos jugaba como local, así que no podía dejar que fluyera mi euforia cada vez que el Coloso anotaba un gol, porque casi todos en aquella camioneta de policías le iban a la Morelos. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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