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  • Lydiette Carrión

Protestar no sirve de nada

Eso dicen. Que no sirve de nada. Que las cosas nunca cambian. Sin embargo, si no sirviera de nada es sorprendente la cantidad de energía que se gasta para descalificar las manifestaciones a nivel mundial contra el genocidio en Palestina.

En Estados Unidos, por ejemplo, algunos empresarios amenazan con boletinar y no dar empleo a los estudiantes que han participado en manifestaciones contra el genocidio. Es decir, amenazan a estudiantes de no darles trabajo si siguen protestando.

Sin embargo, entre algunas personas en México, existe la idea de que una protesta no sirve para nada. Que poner un campamento en Rectoría no sirve de nada. Que las cosas nunca cambian. Esta idea de la imposibilidad del cambio suele enquistarse con otra igualmente nociva: todos son iguales.

Yo creo que hay una base para esta suposición que tiene cierto grado de verdad: la mayoría de los cambios que empujamos es probable que no los veamos. Algunos sí, pero muchos no. Extrañamente sin embargo, gozamos los cambios que impulsaron otras personas que no nos conocieron. Bueno, a veces también padecemos su inacción.

Pienso en el primer caso, en los movimientos feministas de finales del siglo XIX y el XX en Europa y Estados Unidos, primero, y luego en países como México. Mi abuela era una mujer joven cuando pudo votar por primera vez. Ella además logró divorciarse de mi abuelo. Ella no luchó por esos derechos, pero los utilizó.

Y muchos de nosotros usamos derechos que ya estaban cuando llegamos al mundo. (Digo muchos porque no todos tenemos los mismos derechos. Hace falta tanto por hacer.)

Pienso en la jornada de ocho horas de trabajo, que literalmente costó sangre y vidas a miles de trabajadores en el mundo. Antes de eso, las jornadas podían ser de hasta 16 horas diarias y la ley no penaba que las fábricas emplearan a niños pequeños.

Y ahora que hablamos de infancias, pienso en el derecho a ir a la escuela, a una educación. Para 1895, en México más del 80 por ciento de la población era analfabeta. Para el año 2000 era del 9 por ciento.

Es decir, las cosas sí cambian. Cambian para bien y a veces para mal.

A veces, por ejemplo, ocurren cambios regresivos. Pienso en la creación de las Afores privadas, que desmanteló el sistema de seguridad social público. Se alegó que eso daría “libertad” a los trabajadores, cuando en realidad ayudó a precarizar la jubilación.

Pienso también en la extinción de los camiones Ruta 100 en Ciudad de México, que estaban dirigidos por el Estado, muy baratos. Por supuesto el sistema era deficiente, sin embargo, la solución fue privatizar por medio de concesiones de rutas de peseros semi privados, semi tráfico de influencias. Hay más peseros, sí, pero con graves problemas de regulación.

En aquel entonces los trabajadores de Ruta 100 se quejaron, se organizaron y fueron a huelga. Pero se les dejó solos. Ni hablar, no todas las batallas se ganan. Pero los resultados los padecemos ahora.

Pienso en la instauración de la Guerra sucia en México, para combatir primero movimientos democratizadores y luego movimientos guerrilleros. La población tampoco supo cómo organizarse. Los resultados los vemos hasta ahora: la maquinaria que se instauró en aquellos tiempos ha nutrido hasta el narco y los zetas en la actualidad. Es decir, las consecuencias positivas o negativas nos alcanzan siempre, a nosotros, a nuestros hijas e hijos, a nuestros nietos.

El resultado de la historia no está en manos de una sola persona. Por supuesto hay muchas cosas que no podemos controlar. Pero la decisión de actuar, de protestar, de organizarnos, de discutir qué futuro queremos, de trabajar en ello, esa responsabilidad no la podemos eludir, y menos bajo el supuesto falso de que las cosas no cambian. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]


Este texto también fue publicado en Pie de Página.

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