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  • Pepe Rojo

Que si estoy loco, preguntan

En el último mes dos personas me han preguntado si estoy loco en presentaciones de mi último libro, Deshuesaderos, una de ellas mi madre (en su defensa, preguntó “loquito”). Les agradezco de mil amores su preocupación y no las culpo. Hacía mucho que no me preguntaban eso, así que hasta a gusto se sintió. También fue raro que hacía mucho tiempo que no vendía ni un libro en una presentación; décadas, calcula mi ego. Así que yo también me lo pregunto.

Sin embargo, estuvo bien rico poder platicar con Manuel Noctis sobre el libro, así como ha estado riquísimo platicarlo con Bef en el EXDF y con les Caradura en su Cafeteoría. Es un monstruo extraño, Deshuesaderos, del cual me siento muy orgulloso. Me dice un editor que es poco usual que un escritor diga que está muy contento con el libro que le publicó un editor, pero es que el trabajo de Ediciones Periféricas está bien chido (y mi crónica sobre Ayotzinapa en 2016 saldrá con ellos el año que entra).

La pregunta común en las tres presentaciones del libro (y en la reseña de Rubén Bonet) es qué chingados es. Entre crónica y memoria, y lleno de fotos, es también un recuento de la violencia que me ha rodeado toda la vida solo por habitar en este país. Es un libro que se caracteriza por que, de una manera u otra, aparezco en todos los textos que recopilo, desde crónicas de junkets de prensa para el estreno de Big Fish en Nueva York (un texto que logró que varios de los lugares en los que escribía en el DF, entre ellos El Ángel del Reforma, dejaran de pedirme y pagarme textos lo que aceleró mi exilio en Tijuana), hasta las fotos que mis hijos me tomaron, a sus 7 y 10 años respectivamente, y para las cuales también me maquillaron, cuando un Jalogüin hace más de una década decidimos jugar al juego de cómo asesinarían a su papá.

Agradezco muchísimo a la gente que ha ido a las presentaciones: normalmente es gente que conozco y quiero mucho. No puedo dejar de pensar, después de presentaciones como la del domingo, que necesito o nuevos lectores o conocer más gente por que en las tres presentaciones que he tenido conozco a casi todas las personas que han ido, lo que me da mucho gusto: se siente bonito.

Quizás mi problema es de auto-estima. Hace unos meses me mandaron una tesis para licenciatura sobre uno de mis cuentos cyberpunkosos de los 90 (Yoni Rei). Se siente bien rico que alguien le dedique tiempo a las cosas que he escrito. Y da curiosidad. Así que me asomé para averiguar que “es oportuno señalar que el autor y sus trabajos son prácticamente desconocidos” y que, aunque para una “pequeñísima facción” soy un “autor de culto”, estoy “condenado al anonimato en el ambiente literario, académico y publicitario.”  Mi auto-estima, deviniendo depresión, sigue leyendo. “Tan poca acogida ha conseguido el escritor que algunas de sus escasas producciones ha tenido que publicarlas en proyectos editoriales que él mismo ha creado,” insiste el tesista. En un intento de rescatar la dignidad de su objeto de estudio, el texto especula sobre las ventajas del anonimato: “las manifestaciones más exquisitas del acontecer literario suelen estar vedadas para el vulgo.” La salida que me queda es paranoica: todo es culpa de los nacos. No sean vulgo, compren mi libro.

El estatus de mi salud mental, en la que no creo (ni en la mía ni en la salud mental como manera útil de hablar de lo que pasa en nuestras vidas), se ve particularmente afectado por varios factores en uno de los años más extraños de mi vida. Mi padre murió en marzo de este año. Siempre se resistió a tener que ser cuidado por otros, valuaba su auto-suficiencia más que otra cosa, y la mantuvo casi hasta el final. Murió abrazado por sus hijos y su esposa, nuestra mamá. Su herencia es un laberinto de Hot Wheels. EPOC más coronavirus para un adorable adicto a la nicotina y al azúcar de sus coca-colas. Lo extraño un chingo. Yo nomás no he podido dejar de fumar. Y sigo mamando cocas. El primer mensaje electrónico que recibí el día de mi cumpleaños fue la noticia de la muerte de un querido amigo de secundaria, Joey Duarte. Un mes después de la muerte de mi papá, me operaron. El procedimiento, una “dilatación anal,” —y si saben de mis debilidades psicoanalíticas podrán imaginar la fuente inagotable de dolorosas (y dolorosamente cómicas) interpretaciones que una cosa así produce— fue para aliviar las muy penosas seis horas que pasaba en dolor cada vez que iba al baño. Me pasé la convalecencia de mi padre drogado en altas dosis de painkillers. Ni la morfina que teníamos para él me quitaba el dolor.  Mi hija me dijo con una certeza brutal que estaba llorando por el ano. Mi bruja de cabecera sospecha que estoy/estaba pasando por un devenir-mujer y menstruando. Ahorita estoy mucho mejor, gracias por preguntar.

Llevo nueve años viviendo como refugiado académico en la UCSD, trabajando para la universidad como estudiante, pero viviendo en Tijuana. A mis compañeros de maestría y doctorado apenas si les alcanza para vivir del otro lado del muro, pero con el mismo dinero yo me las he arreglado bien acá en Tijuas. Habrá que ver que tan viable me hace eso de hacerme doctor. Escribo esto a mediados de noviembre y no sé si en enero tendré trabajo. Espero que sí. Me resuelven en dos semanas, pero ya me batearon en dos chambas. La UCSD ya no me quiere seguir empleando: dice que he alcanzado mi límite. Estoy acabando mi disertación, que no ha sido fácil de escribir (en algún momento, mi asesor me dijo que con lo que estoy haciendo no iba a conseguir ni trabajo ni título). Por lo pronto, me estoy volviendo loco con ella. Se trata de “epistemologías lisiadas,” “abstracciones aberrantes,” “perturbaciones del pensamiento,” y “enfermedades del lenguaje,” que son distintas manera de nombrar al fenómeno que estoy estudiando: la literalización del lenguaje figurado. Estoy rastreando esta “aberración” como dispositivo clave de la ciencia ficción y las literaturas especulativas, de las teorías de conspiración y el fundamentalismo (religioso o no), de las “ontologías indígenas” y la magia según la antropología, de la locura según el psicoanálisis. Estoy estudiando tomarse las metáforas en serio (y no abstraer su significado) como una estrategia de resistencia a la realidad y a las maneras en las que la “realidad” materializa abstracciones, como el muro fronterizo cerca del cual vivo, como la manera en la que la policía, el ejército y el narco (de ambos lados del muro) imponen la propiedad privada, realizando una puesta-en-fuerza de la realidad, que va desde la colonización hasta el muro fronterizo, desde el extractivismo hasta la imposición de parámetros de realidad que ve con malas ojos prácticas como platicar con los árboles. La manera correcta de leer, de abordar las metáforas, impone la realidad de las abstracciones y relega la realidad de nuestros cuerpo. Mantener las categorías lingüísticas que corresponden a la “realidad” es la manera correcta de leer. Sostengo que hay que aprender a leer de maneras incorrectas.

Así que pues bueno, estoy escribiendo sobre cómo volverse loco, sobre delirios que se hacen realidad, y sobre las artes divinatorias, y las artes propiciatorias, como la ciencia ficción, como el delirio, como el mito y la magia. Sobre cómo hacentendemos la realidad, cómo la penshacemos y la producimos con nuestros actos.

Asi que la pregunta sobre mi salud mental, aunque inexistente, no es asunto banal. Hay mucha presión. Ha sido un año único. He tenido experiencias maravillosas, hermosas e intensísimas con mis hijos, mi pareja, mis hermanos y sobrinos y mi mamá, y con muchos amigos. Volví al DF después de dos años de encierro y viajé a Chilpancingo a ver a mi abuela de noventaytantos años, con mis hijos, después de pandemia. Por un momento pensé que ya no la alcanzaríamos, y que se nos adelantaría. Fue un año muy productivo. Además de publicar Deshuesaderos, produje este video con Viviana mi novia, Daniel mi hermano y Jhonnatan mi amigo, a partir de su Free 99, y del cual me siento muy orgulloso. Pura apropiación y robo descarado de propiedad intelectual. Recorrí 2,500 kilómetros de desierto en carro, la mayor parte con Grant Leuning pero el último tramo con Chris Brown, de Tijuana a Austin, Texas, para colgar un par de banderas de Tierra y Libertad en el antiguo fuerte de Marfa, hoy sede de la Fundación de Donald Judd y platicar con los magonistas —marfanistas les dice Chris— que allá articulan la lucha por la tierra y el derecho de existir y vivir dignamente. Visitamos Práxedis Guerrero, Chihuahua, para darnos cuenta que casi ninguno de sus habitantes sabe que Práxedis era uno de los guerrilleros mártires del Partido Liberal Mexicano organizado alrededor del periódico Regeneración y los hermanos Flores Magón, anarquistas transfronterizos que echaron a andar una revolución que se los acabó comiendo. Los habitantes de Práxedis Guerrero, que antes se llamaba San Ignacio, no saben quién era Práxedis pero viven más o menos tranquilos ahí, acotados por retenes militares mexicanos y puestos fronterizos gringos.

Mientras tanto, me preparo para resucitar el culto de Santa Ste-La conjurando nuevas apariciones. Santa Ste-La es una santa del futuro a la que se le reza para solucionar accidentes y agradecer milagros provocados por la tecnología. Santa Ste-La se nos apareció hace 11 años, cuando estábamos haciendo, mis alumnos y yo, una serie de intervenciones de ciencia ficción en la frontera más transitada de este planeta. Y habrá que revivirla por que Ediciones Odo, un experimento editorial en CDMX lidereado por Libia Brenda Castro, va a publicar electrónicamente “Desde Aquí Se ve el Futuro,” un libro sobre dichas intervenciones de ciencia ficción, y pasaré una temporada como escritor residente reviviendo el culto a Santa Ste-La con los que se apunten para ayudar a provocar sus apariciones.

No me queda muy claro si estoy loco o no, pero si me queda claro que estoy pasando por uno de los momentos más creativos y lúcidos de mi vida. Me negaron el Fonca y es una lástima, por que estaba muy emocionado con el proyecto que metí. Tengo tanto trabajo y estoy tan ocupado que me temo que no tengo tiempo para ganarme la vida (ni ganas: pura nece(si)dad). Además, va a empezar el Mundial, que sigo religiosamente, y que probablemente me obligue a cambiar radicalmente mi horario, mandar a la chingada mis obligaciones y extrañar más a mi papá. Y tengo que acabar mi tesis. Y quiero dejar de fumar. Y van a llegar mis hermanos (a acabar de ver el Mundial) y voy a hacer una fiesta antes de Navidad (a la que están todos ustedes invitados aunque no vayan a mis presentaciones y no compren mi libro).

Le tengo pavor a enero, no solamente por que no sé si tendré trabajo o no, sino por que siempre me deprimo con el pinche frio que hace por acá, y que me deja bien claro que yo soy criatura tropical, y que en realidad no tengo ganas de tener más trabajo que hacer lo que me gusta, y seguir provocando “fluctuaciones en la maquinaria sintáctica de la realidad” como decía el buen Terence McKenna, que aseguraba que la conciencia es producto de primates ingiriendo hongos alucinógenos, que, como es más que plausible, vienen del espacio exterior (los hongos, no los primates).

Asi que mi preocupación no es tanto lo loco que estoy, sino cómo hacer mi locura viable, cómo profesionalizar mi charlatanería, por que cuando me sale, normalmente me la paso muy bien, y quiero seguir haciéndolo, en un mundo que parece empecinado en impedir que la mayor parte de nosotros, con nuestra distintas intensidades de locura, lo logremos.

Cuídense —cuidémonos, pues— y abrácense sabroso este fin de año. Besos a tod@s.

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