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  • Emiliano Aréstegui

Sapos, serpientes y armadillos dentro de mi oído


Empieza como un zumbido, como si una telaraña cubriera los sonidos, luego se extiende, una cápsula de silencio que ensordece el ambiente y se expande. Se extiende. Lo primero que muerde son los derredores, luego, el dolor, tinta en el agua, se derrama hacia la parte baja del cuello. Para entonces ya se escuchan las sístoles y diástoles del corazón. Veinticuatro horas después, el cuello se envara, y el dolor muerde las muelas, el debajo de las muelas. El cuello es una varilla y el conducto auditivo deja de ser un conducto y se torna un pasillo, un pasillo que lleva a una cámara, una cámara que crece, presiona. El dolor no cabe ahí dentro, entume la cara. Clavar el dedo índice y masajear frenéticamente causa alivio sólo las primeras horas, luego el dolor es tanto y la oreja está tan endurecida que no tolera el contacto. El dolor se dibuja cuatro, cinco veces más grande que la oreja que lo abriga, por eso pesa. El dolor vuelve la oreja un animal extraño, ajeno, tenso. La inmovilidad y rigidez la vuelven artificial. Siento la oreja derecha como un cono de papel metido en la sien, como un vaso encerado metido en los temporales. Duele.

Creo que estoy capacitado para hablar del dolor de oído. La primera vez que me reventó tenía unos 20 años. Salí de la alberca y sentí el agua cuajada en el fondo del oído, eran, quizá, las once de la mañana. Mi gusto por el agua era tanto que me metí antes de acomodar las cosas y salir del hotel. Salí, decía, y sentí el agua alagunando sus miasmas en lo profundo de mi oído. Cuando el dolor empezó, ya íbamos saliendo de Acapulco.

Las ideas más estúpidas surgen de la impotencia. Abrí la ventana para que el aire secara mi oído, pero todo madura más rápido en el calor, cuantimás las infecciones. A las nueve de la noche el dolor era mucho, casi insoportable. Me tomé dos paracetamoles de 500 miligramos y me tiré a dormir. Dormir cura todo, la gripa, el dolor de barriga, el cansancio, la frustración, el amor, el desamor. Dormir cura todo menos el dolor de oído, menos las infecciones, menos las infecciones que están en el oído. A las 12:30 de la noche el dolor era tanto que me di dos tres madrazos en la sien. Para entonces, un líquido derramó cristales verdes. Se me reventó el tímpano, pensé. Y salí con rumbo de la única clínica abierta 24 horas. No me dio tiempo de ponerme zapatos o no los encontré. Caminé descalzo y cada paso era un tamborazo metido en la cabeza. Las cinco o seis cuadras que me separaban de clínica me parecieron kilómetros. Cinco seis kilómetros cuando menos.

La enfermera no me quería abrir. Seguro porque me veía sumamente alterado. El verde que salió de mi oreja me tenía apanicado. No, no estoy drogado, señorita. Estoy alterado porque tengo miedo de perder el oído, dije a la enfermera y le rogué que me revisara. Luego de sopesar mis palabras me dio entrada. Me lavó con suero salinizado, me inyectó antibiótico y desinflamante y me dijo: Se te reventó el oído. ¿Cómo que se reventó el oído? Ella alzó los hombros. Agradecí el dictamen y la curación y me fui pensando que seguro había perdido entre el 25 y 35 por ciento de audición. Seguí tomando medicamento y luego de esa primera vez, el fantasma del dolor de oído se apersonó. Poco a poco fue migando mi gusto por nadar, poco a poco me fue dando muestras de que una vez que el agua se estanca en mi oído ya no saldrá. Si esa primera vez no fui al otorrino, se debió, supongo, a las cantidades ingentes de antibiótico suministradas por la malhumorada enfermera.

Ahora el otorrino me sangra cada que se requiere. Si hiciera cuentas sumaría ciento cincuenta mil pesos. Quizá más. Hubo años en que no me pasó y pude nadar y pararme de manos en el mar, pero con los años las infecciones se hicieron constantes. Este 2023 he ido tres veces al otorrino, el chiste, con todo y medicinas y fungicidas, me salé en mil 500-dos mil pesos. En consulta me hacen un raspado, y encuentran que la infección es causada por un hongo, un hongo que me devora el adentro del oído. Siento sus fauces, siento el algodoncillo, la candida, el hongo queriendo comerse mis tímpanos y llegar a mi cerebro. Siento su cuerpo extenderse en la parte alta de mi cuerpo y escucho su voz que crápula sugiere: quema un cucurucho de papel para sacar la humedad, ponte un poco de vinagre de manzana, la vinagre es fungicida, no seas güey. Unas cuantas gotitas de árbol de té seguro que te alivianan, ponte creolina, si mata los gusanos cuantimás un puta hongo. Receta: unas gotitas de cloro quizá puedan ayudarte. En la desesperación, me han dado ganas de clavarme un picahielos o de ponerme el soplete en el oído y darle candela a ese animal que, como un sapo, crece y se hincha sin darse cuenta del mínimo espacio que lo hospeda. Arquitecto absurdo. Construye castillos en mi caverna auditiva. Se enrosca y se endurece como un cusuco, me encaja las uñas, se niega a salir de mi oreja.

Ahora mismo suenan alarmas. Faltan una hora y cuarenta minutos para comience el eclipse. Moví la sesión de mi taller para ver el eclipse con Gloria e Ignamé, pero la verdad es que, en este momento, el eclipse me vale madres, puedo morir sin verlo. Lo que me urge, lo que en verdad necesito, es ir con la otorrinolaringóloga para que me meta una manguerita en el oído y raspe y absorba y me cobré 800 pesos por esos escasos 20 minutos de curación y consulta. Ya quiero verme salir de la clínica, con la satisfacción de haber arrancado al hongo. Y entonces vendrá la calma, el dolor se dispersará, el cusuco se irá y ya no habrá sapos ni voces ni dolor de cuello. ⚅

[Foto: DE]


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