Sobre libros, libreros y otros horrores
- Emiliano Aréstegui
- hace 2 días
- 5 Min. de lectura

Empezar el año hablando de un libro publicado el 16 de enero de 1986 quizá no es la mejor idea, de hecho, esa no era la idea, la idea era escribir un texto con seudónimo sobre otros horrores, errores y las intenciones de este año, pero una cosa lleva a otra y ahora me doy cuenta de que uno de mis errores más comunes es comprar libros y no leerlos, así pues, uno de mis propósitos del año es leer los libros que compré el año pasado y, sobre todo, los libros que compré cuando tuve la beca de maestría. Pero este texto no iba de eso, sino de un tipo de ojos dorados y de dos borrachitos que lo escuchaban azorados. Ahora diré que el horror del consumismo me consume y tengo un centenar de libros que me esperan en calidad de pendientes. Tengo, entre esos errores que se vuelven horrores a fuerza de repetirlos, una docena de Beuchots, tres Calebs Olvera, además de un Sloterdijk y otros más sobre oralidad y otros de historia, el horror de acumular libros se hace presente en cada mudanza. He dejado libros arronzados en Oaxaca, en Cuajinicuilapa, en la piel que frontera el Edomex y la CDMX. Tengo muchos libros y muchos están en calidad de pendientes. A veces veo a Charly o a Ulber y regreso a casa con más libros. Este jueves veré a Espino y quedamos en que me prestará Desde la trinchera.
Hace poco le compré a Ulber Memoria gustativa de Michelle Ruiz, aprovechamos que el libro no venía dedicado y que él lo había terminado y que, antes que después, vería a René y a Michelle y se haría de otro ejemplar. Quizá el título me llamó la atención o quizá algunas de las presentaciones a las que he asistido y en las cuales la Michelle se muestra como una lectora inteligente me hicieron leer el libro apenas unos días después de adquirido, lo empecé el 31 por la mañana y antes de las 23:00 ya lo había terminado. Lo empecé en la hamaca y lo terminé en la terminal de camiones. Memoria gustativa es un libro breve y bello, pero que a mi parecer abusa de los adverbios, aun con eso, es un libro que se goza y disfruta, es un libro delgadito pero memorioso, memorioso pero divertido. Una revisión más por parte del editor y sería un libro suculento, casi delicioso. El error más grande, si acaso es un error, es que está conformado por sólo seis crónicas. Cada sección es un platillo o, mejor, una receta, y cuando uno lo termina quiere reclamar la falta de otros platos, la brevedad y el gusto se hacen presentes, pero eso pasa con los buenos libros.
Memoria gustativa es un manjar sencillito, tanto que todavía recuerdo cada uno de los segmentos: Ceviche, Picaditas, Pozole, Pescadillas, Chilate, Relleno… lo recuerdo pues fue lo último que leí en 2025.
Este año empecé con Olegaroy, y hubiera seguido con Toscana pero algo pasó, los libros, a veces, nos gritan silentes desde el librero. Así me pasó con Museo Nacional de Horrores firmado con el seudónimo de Nikito Nipongo. Conocí a Nikito Nipongo gracias a mi madre, que alguna vez dejó sobre la mesa uno de sus libros, recuerdo haberlo leído con entusiasmo, recuerdo la portada anaranjada, pero no la imagen que se rectangulaba sobre el naranja, recuerdo que la editorial era Grijalbo, pero puede que ese recuerdo no sea de fiar. Recuerdo la crudeza de uno de los cuentos: un hombre que intenta deshacerse de un conocido pero que termina siendo torturado y asesinado por aquel que quería matar, recuerdo la crudeza de ese texto y recuerdo la molesta fruición que me causó leerlo, recuerdo la impronta. Estoy seguro de haberlo empezado y terminado esa misma tarde. Ahora, mientras reviso lo escrito, caigo en cuenta de que recuerdo otro, uno donde un comensal degustaba con sumo placer a uno de sus enemigos servido en finísimos platos. Y en el ejercicio de recordar me atrevo a decir que llevaba por título: La venganza es un plato que se come frío.
Tengo dos amigos libreros, dos compas con los que fumaba y bebía cuando era estudiante de licenciatura. Uno apodado El Chetos, que siempre andaba bien torcido, pero siempre andaba bien sonriente. El Chetos, de quien no recuerdo el nombre, aunque lo tengo en la aplicación de BBVA, hacía barras y le gustaba ver la UFC y, por lo tanto, pudo ver la gloria de Jon Jones. Mauricio, mejor conocido por el mal nombre de Mauvicio, era un chavito delgado y con rastas que ahora es un señor igual de delgado. Recuerdo que nunca fuimos grandes compas, pero más de una vez salimos fumigados del plantel Del Valle de la UACM en busca de algún ron barato para terminar de fumigarnos. Recuerdo que cuando era joven no le hacía el feo a vinos o licores siempre que vinieran contenidos en un envase de cristal…
Cada cierto tiempo busco sus entradas de Facebook. Su catálogo es diverso, ecléctico: recetarios, ufología, superación personal, filosofía, cartones, libros de arte, libros sobre la milicia, cidís, y discos de acetato. Venden casi todo lo que se pueda vender. Hace dos años estaba en busca de La insólita historia de la Santa de Cabora y encontré que la autora, Brianda Domecq, lo vendía en Amazon por la irrisoria cantidad de cinco mil pesos, supe que tarde o temprano uno de mis compas subiría alguno de los tres mil ejemplares tirados por Plantea en agosto de 1990. Los libros siempre llegan, es cosa de esperar, me dije y así fue, luego de un año lo encontré, lo subió El Chetos, pregunté el precio. Pagué los cien pesos que costaba y le dije que me mandara, lo más pronto posible, ese libro junto con otra docena que ya le había apartado, varios Rius para mi hijo llegaron escoltando a Teresita Urrea, la Santa de Cabora.
Y del mismo modo sabía que en algún momento, uno de ellos subiría algo de Nikito Nipongo y así me hice de Museo Nacional de Horrores, y de otro ejemplar, que no puedo mentar pues mi librero es un desmadre. Estos Nikitos me llegaron gracias a Mauricio, y viajaron escoltados por Afrika Korps, La guerra relámpago y Tanques de guerra, pues desde que mi hijo se volvió lector independiente sólo lee sobre armamento militar, la Segunda Guerra Mundial, libros de moneros y novelas gráficas. Guardé a Nikito Nipongo y dejé que pasara el tiempo y con ello llegó otro cambio de casa y el horror de otra mudanza.
Y ahora que recuerdo, recuerdo que en este texto hablaría de errores y horrores y que quizá por eso el canto verde de Museo Nacional de Horrores me cantó su prodigiosa crudeza, la sevicia retratada, la corrupción que reina y reinaba en el México de entonces, de antes de entonces y que hoy, en plena “transformación”, sigue reinando. Recuerdo que cuando prendí la máquina pretendía hacer una relación de horrores basándome en la actual administración de nuestro estado, pero ya no tiene caso, además ya estoy en las mil doscientas cincuenta y siete palabras y eso da por saldado el texto que me prometí entregar y que David me sugirió escribir hace una semana, en aquel texto hablaría de errores y horrores y de un hombre de ojos dorados que lloraba cristales de aguardiente y de dos borrachitos que lo escuchaban azorados. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]







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