Es la cultura dominante
- David Espino
- 22 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Antes de sentarme a escribir este texto, tenía claro lo que quería decir sobre la vacuidad de la Navidad. Sobre por qué para mí —y supongo que para millones más— no representa nada. Sólo que cuando me senté frente a la pantalla se me olvidó todo. Supongo que es la edad. Emiliano y Charlie dicen que les pasa lo mismo. Los años pesan. En cualquier caso, pensé en abrir este texto diciendo que cuando Martín Caparrós escribió El hambre, aquella crónica monumental sobre el fenómeno en el planeta, le preguntó a una mujer en un pueblo remoto de África que, si se encontrara una lámpara mágica y al tallarla emergiera un genio, qué le pediría, sabiendo que podría pedir cualquier cosa.
—Una vaca —respondió la mujer—, para tener leche todos los días.
Martín dice que se quedó perplejo por la simplicidad de la respuesta y se la volvió a formular.
—Cualquier cosa, le podés pedir cualquier cosa —le insistió.
—Dos vacas —dijo la mujer—, para así también poder hacer queso y venderlo y comprar algo más para comer con mis hijos que no sea sólo arroz.
Martín dice que el fondo de la pregunta era comprobar, ver hasta dónde esta gente, de un pueblo remoto de África, estaba atravesada por la cultura dominante. No lo dice de forma expresa: pienso que por cultura dominante se refiere al consumismo voraz que nos ocupa todos los días.
Después de escribir esta entrada —pensé— escribiría que no es que para mí la Navidad no “signifique” nada. Fueron 300 años de colonialismo español, de catolicismo impuesto a espada, hoguera y látigo, sino, más bien, de cómo mi cuerpo se resiste a “festejarla”, aunque mi mente, la construcción cultural que se nos forjó desde pequeños, “la extraña”. Y eso que, cuando era niño, no tuvimos televisión en la casa de mi abuelo, donde vivimos con mi madre y mi hermana hasta ya entrada mi adolescencia.
Agradezco ahora no haberla tenido. Mis juegos eran en la tierra, con vaqueros, caballos e indios. Y como no veía los comerciales de Mattel ni esas marcas de juguetes, tampoco deseé regalos esa noche. Sólo que después crecí y resultó que las mujeres que he tenido sí festejaban la Navidad. ¿Cómo decirle a la mujer que estás queriendo que esas son pamplinas, una construcción religiosa, colonialista, capitalista, etcétera? Naaa. Me dejé llevar. Y todo era risas, vino, cena. Regalos. Después ellas se fueron yendo y me quedó su ausencia.
La primera Navidad que estuve solo fue en Acapulco, en 2006. Venía de un rompimiento de una relación de cinco años. Es decir, de cinco Navidades con la mujer que quería. Me dije que sí podría estar así, sin nadie. Lo más fácil hubiera sido tomar un autobús y visitar a mi madre en Chilpancingo, aunque tampoco festejaba nada. Pero dije: “sí, sí puedo y, en cualquier caso, adonde sea que me vaya no podré escapar de mí mismo”. Para no darle más vueltas: aquella noche de 2006 me recuerdo como Bridget Jones, viendo una comedia romántica en DVD, con una botella de vino, cacahuates remojados en lágrimas beodas y un hueco existencial abierto desde quién sabe dónde.
Pensé que no tendría por qué estar así, que aquella no era una noche diferente a otras. Traté de convencerme de que no es que extrañara “la Navidad” tanto como a la persona con la que solía estar; que extrañaba aquella sensación de “felicidad”, el espejismo pleno que me producía su presencia. No voy a decir más sobre el remoto festejo del nuevo sol, o del nacimiento del sol que tenían culturas antiguas en el solsticio de invierno, ocurrido el 21 o 22 de diciembre en el hemisferio norte, el antecedente más lejano de este rito adoptado después por el cristianismo dominante para imponernos la fecha como el nacimiento de “la luz del mundo”. Jesus Christ, pues. No. Nada de eso.
Les decía sobre el vacío existencial que me provocaba la ausencia de la mujer amada y cómo se acentuaba en estas fechas. Recuerdo a mi hermana llorando la noche del 24, sentada a la orilla de la cama, sintiendo una soledad que yo, siendo apenas un niño y ella una adolescente, no me explicaba. No sabía por qué. Aún sigo sin explicarme del todo por qué estas fechas nos llenan de nostalgia vacua y queremos, en el fondo, recibir regalos, o darlos, y recibir abrazos. O darlos. Contemplar una mesa llena de comida, vino, luces y sonrisas. El espejismo perfecto de la felicidad impuesta.
Quería decir todo esto cuando pensé en este texto. Y por eso —ya recordé— pensé en Martín Caparrós, El hambre, y la mujer de un remoto pueblo de África conformándose con una vaca cuando podría pedir una finca. No es la fecha, no es la persona con la que estemos. Mucho menos es Jesus Christ. Tampoco la mesa llena de comida, luces y sonrisas. Es la cultura dominante que nos ha atravesado durante siglos. Nos hemos vuelto predecibles, convencionales, aburridos. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]
P.D. 2006 fue la única noche a lo Bridget Jones. Cada vez me fue importando menos o, mejor dicho, me fui volviendo más caradura, o más cínico o, si lo prefieren, cada vez fui viendo con mayor claridad de dónde provenía ese vacío.







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