Somnus et bestialitas
- Enrique Montañez
- hace 5 horas
- 3 Min. de lectura

En los seres humanos pulsa un trasfondo de deseos bestiales, y éstos se manifiestan de manera distintiva en los sueños. Sólo el sabio, por obra de su vigor moral, logra contenerlos. Tales deseos, explica Platón en La República, se liberan en el sueño y saltan fieros en busca de su satisfacción cuando la parte racional reposa, y en tanto la bestial reverbera en vino, amén de otros excesos, y procede en consecuencia.
Exenta de vergüenza y de sensatez, esa parte humana, demasiado humana, no duda en perpetrar relaciones sexuales de cualquier tipo, incluso con “dios o animal”, o en asesinar a mansalva. La emancipación de esas turbaciones sólo se obtiene mediante la continencia y, en especial, la felicidad.
Aristóteles intercede en el asunto de la bestialitas platónica y, en su Protérpico, erige a la filosofía, “madre de las demostraciones”, como el único agente dador de la felicidad; exhorta a que se filosofe, pues filosofar equivale a vivir perfectamente bien, es la representación de la excelencia o de la virtud del alma.
Análogamente, induce a la contemplación de los primeros principios, a saber: el fundamento ontológico y gnoseológico de lo que existe, por medio de la investigación, la indagación y el cuestionamiento, y a que se utilicen en acciones virtuosas. La búsqueda del saber primigenio y supremo que debieron emprender los hombres para sobrevivir, y a través de éste se cumple de la forma más perfecta y totalitaria su función propia como entidad.
El uso de la razón es crucial, así como la virtud, para la toma de decisiones éticas, las cuales conducirían al individuo a la eudaimonía, es decir, el concepto aristotélico de felicidad integral: el bien supremo y el fin último de la humanidad, cuyos elementos esenciales son la templanza, la prudencia y la justicia.
Ahora bien, a juicio de Aristóteles, la bestialidad, con la taxativa de sus deseos y placeres, vicios e incontinencias, es una condición indiscutible del ser, pese a su calidad de rara, debida a una posible imperfección biológica, que no está desprovista del empleo de la razón. La naturaleza perversa de seres humanos específicos es la etiología de las conductas bestiales.
La intemperancia a la que somos tan proclives demuestra que bestialidad y razón no se disocian entre sí. Aoiz afirma que algunos teóricos sostienen que la carencia de razón es constitutiva del individuo bestial, “interpretación que resulta contraintuitiva”, pues se niega la “presencia de la razón en algunos de los casos más atroces de bestialidad que Aristóteles refiere”. Y los tiranos son el summum de que no todos los casos de bestialidad consustancial traslucen falencia de razón.
La imputabilidad de los actos bestiales es el progreso moral nulo; entonces surge la intemperancia en el individuo, su razón entregada en favor de la bestialitas, cuyas acciones volitivas son incorregibles e incurables; ergo, carentes de virtud.
Luchar o no contra la naturaleza propia, ése es el camino entonces. La identificación entre bien y mal resulta, en principio, una acción deliberativa de la filosofía. Para el Estagirita, la plenitud y buena disposición del alma corresponden a la verdadera finalidad del hombre.
No obstante, las virtudes dianoéticas, es decir, las disposiciones del intelecto [sabiduría, inteligencia y prudencia], están a merced del somnus, cuando yace, como ha quedado dicho, nuestra endeble partición racional. “La vigilia del tirano es el sueño de muchos”, sentencia Platón. ⚅
_________
[Foto: Carlos Ortiz]







Comentarios