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  • Adriana Ventura

Soy una sentimental


Dicen que este mundial de futbol es el más desencantado, por el lugar en que está sucediendo: un desierto, donde no existe afición futbolera, donde se sabe a todas voces que se violentan derechos humanos al por menor. Es el más triste por la época, porque venimos saliendo de una pandemia y aunque queramos y nos esforcemos por volver a lo de antes, ya no se puede. Llevamos mucho desconsuelo encima. Es un mundial triste para México porque la selección no está en su mejor momento. Es triste porque gracias a la mini serie de Netflix en donde se destapa el nivel de corrupción que abraza a la FIFA nos deja sin aliento.

Es el mundial más triste para mí porque es el primero que mi papá no verá en su cuerpo terrenal. A mi papá le gustaba mucho el futbol. Hay una anécdota que mi mamá suele relatar: cuando yo era bebé, papá solía ir a jugar a los torneos locales de Chilpancingo. Entonces les pagaban si metían algún gol. Mi papá se veía obligado a meter goles porque de eso dependía que me compraran leche. Ya lo dije una vez: estoy viva un poco gracias al futbol llanero.

Recuerdo a papá jugando con mis hermanos y primos bajo los tamarindos y tecomates en el enorme patio que tienen sus padres en la costa. íbamos cada verano. Casi al filo de la carretera antes de llegar a Cruz Grande, mi papá sobresalía entre la mancha de niños, y unas cuantas niñas, mi hermana entre ellas. Todos persiguiendo al don que sonreía y se divertía como el niño grande que era.

A mí no me gustaba el futbol, de hecho no me gusta la actividad física. Camino porque entiendo que es saludable. Alguna vez corrí y fui a spinning pero lo hacía por vanidad, por miedo a verme gorda. No, yo nací para estar quieta, mirando el devenir. Mi devoción iba hacia la lectura.

Además era una adolescente inconforme que no quería pasar todos sus veranos en el calor, la playa estaba lejos todavía, los mosquitos... Las primas de mi edad se estaban casando, no tenía con quien hablar, no había redes sociales, ni siquiera había señal de teléfono fijo, así que me aburría terriblemente. Por eso me llevaba todos los libros que podía. Y me sentaba a la sombra de algún árbol a leer. Levantaba la vista y veía la cascarita familiar que mi papá ponía en marcha. Luego volvía a mi lectura y los gritos, los pidos, el piar de las gallinas, el berrinche que mi hermano Diego hacía por ir perdiendo se difuminaban con los ruidos del trópico, pero se quedaron bien grabados en mi subconsciente.

No soy tan aficionada. No recuerdo fechas, ni nombres, ni jugadas magistrales. Hubo un mundial en el que ya no pasaron los partidos por la televisión abierta. Mi hermano Willy me ha indicado esos datos, pero los olvido. No sé en qué país se jugó esa copa. Ni siquiera recuerdo el año. Mi papá consiguió que Don Emilio, un vecino, nos alojara para no perdernos los encuentros. No veo de noche, papá y mamá despertando a su familia de cuatro hijes para ir a casa de Don Emilio. Menos mal que no llovió. Cruzamos el cerro, porque vivíamos en la falda y la casa de don Emilio estaba en la cima, íbamos de madrugada, medio adormilados, envueltos en cobijas y chamarras para presenciar el partido de la selección, caminando a tientas por un senderito. Seguro México perdió porque no recuerdo celebraciones.

Mi papá me heredó la esperanza por el quinto partido, solía burlarse de una canción de Ricardo Arjona donde dice algo así como que los padres heredan hasta el equipo de futbol. Eso nos pasó. Él me heredó este sabor agridulce de creer que puede que alguna vez la selección de México gane, que juegue bien, que nos arrebate la sonrisa y dibuje en nuestros rostros el gesto del triunfo.

Pensaba esto justo ahora, en este año. Aún con los peores pronósticos. Me siento a ver los partidos de la selección. Mi hermano incluso organizó una carne asada el sábado pasado y yo me salté una clase para estar ahí, instalada ante la televisión esperando que México le ganara a Messi. Perdió como casi siempre, pero que no se diga que no creímos.

Me contó el padre de mis hijos que los cataríes abandonaron el partido al ver que su selección iba perdiendo. Eso no se hace, dije indignada, una apoya a su selección incluso cuando se sabe que lo tiene todo perdido antes de pisar el césped. ¿Qué no conocen a la banda del Cruz Azul?

Soy una sentimental, como Cristina Perri Rossi lo dijo en ese ensayo donde cuenta cómo le ganó a Maradona. En la vida como en el futbol se está con los oprimidos, con los últimos de la tabla, con los que pasan de panza, con los que tienen todo en contra y se agarran de manos y pies a la esperanza, esa cosa con alas. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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