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  • Enrique Montañez

Tabula rasa


“El sonido es, finalmente, un fenómeno tan poderoso, tan influyente, que tiene incluso el poder de matar. La música es capaz de hacer lo opuesto, dar vida”. A estas aserciones del compositor estonio Arvo Pärt se adicionan sus axiomas espirituales sobre que en su música se advierten dos rectas paralelas: una que simboliza los pecados personales y otra que manifiesta el perdón de éstos.

Pärt ha transmutado el conflicto interno entre el bien y el mal, resultado de sus orígenes religiosos cristianos ortodoxos y musicales, como la polifonía renacentista y la escuela de Nôtre Dame, en un método de composición original, es decir, el tintinabulli, dos líneas musicales entrelazadas y privadas de cualquier elemento suplementario; “una gramática sonora inconfundible que presenta células repetitivas de cierta contención, acordes que se superponen uno encima del otro”, esclarece García de Gomar.

Después de su periplo creativo dodecafónico, el cual asumió que representaba ya una forma crepuscular, Arvo arrastró varios lustros de crisis creativa y existencial; optó por la nulidad compositiva e, incluso, por el silencio absoluto, el terror más ancestral. En la metafísica taoísta, el alma es contemplada en ascenso desde las toscas trabas de lo material hacia un silencio cada vez más profundo; y el más alto y puro acto contemplativo, a juicio de George Steiner, es aquel que ha dejado detrás de sí al lenguaje [sonido].

Con el abandono del habla, Pärt sobrepasó las murallas de la palabra [lo sonoro] y se interna en el mundo del entendimiento total; a manera de los estilitas o padres del desierto, desgarró el velo del lenguaje tosco, el que nos divide de la vida animal y nos restringe a un vulgar zoon phonanta, para encumbrarse en la verdad última, experiencia transracional del silencio, el cual los citados taoístas afirman transmite la tranquilidad y la inminencia de Dios, la cual materializó en otra fuerza comunicativa: las notas musicales, sus composiciones posteriores, como Tabula rasa.

Esta pieza, integrada sólo por dos movimientos (un vibrante ludus y un dramático silentium) se constituye como su opus en que trasiega todo su talento y revela un nuevo discurso sonoro, cuya heurística subsume a tendencias que después serían catalogadas como minimalistas; por fin, Arvo accede al gran misterio de la música, “esa luz [lo divino, lo sacro] que pasa por un prisma [la conciencia]”, como lo describe el propio compositor.

Aristóteles, en Del alma, refiere que la mente humana es antes de cualquier experiencia “como una tablilla en la que no hay nada escrito”, es decir, una tabula rasa, concepto que también se le asigna a Alejandro de Afrodisia. Para los empiristas ingleses queda negada cualquier posibilidad de ideas innatas, ergo, el conocimiento taxativamente empieza por los sentidos.

Arvo Pärt acogió del silencio, ese alfabeto oscuro, la magnificencia lumínica de sus potestades sensoriales, con las cuales ha podido erigir su locus amoenus, la obra etaria donde habita, y no al contrario; logos [mente-razón] personalísimo en que, como punto de fuga, convergen las dos líneas equidistantes citadas al principio, aquellas de la lid interna cuasiagustiniana que ha de resolverse mediante la música, ese arbitrio espiritual de algunos pocos. ⚅

[Foto: Mau Abarca]

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