Toda palabra fue primero una piedra
- Jacinto Arriaga
- hace 29 minutos
- 5 min de lectura

Una de las cosas que el poeta debería aprender tarde o temprano sobre su oficio es que las palabras vienen de algún lugar, traen encima el polvo de los caminos, la memoria de quienes las pronunciaron antes y las marcas del territorio donde crecieron. Sobre estas piedras levantaré mi vida de Giovanni Rodríguez Cuevas (Reverberante, 2025) parte de ahí, sostenido por preguntas antiguas: ¿qué ocurre cuando una palabra toca el mundo? ¿Qué sucede entre la piedra que alguien levanta del suelo y la piedra que termina convertida en imagen, símbolo, metáfora o poema? A lo largo de este libro, el poeta acapulqueño vuelve una y otra vez sobre esa pregunta, como quien rodea una roca para mirarla desde distintos lados. Y en ese recorrido encuentra una constelación donde se enlazan el lenguaje, la historia, el mito, la escritura y la experiencia.
La piedra sostiene el libro de principio a fin. Es su materia, su pregunta y su manera de mirar. Cada sección toma ese objeto aparentemente simple y lo lleva por distintos caminos. Piedra es monumento, tumba, herramienta, arma, reliquia, paisaje, memoria, construcción, ruina y palabra. Desde las primeras páginas, con “Stonehenge” como punto de partida, el poeta muestra que toda piedra colocada por una mano humana es también una forma de pensamiento. Por eso escribe:
“palabras le crecen al mundo, nos crecen piedras en el poema pliegos estamos en la excavación por la nostalgia en la ausencia del sentido en las preguntas con respuesta en la usura de lo sagrado”.
Las piedras crecen en el poema como las palabras crecen en el mundo. Ambas participan de un mismo impulso de construcción. Ambas buscan permanecer cuando el tiempo sigue avanzando.
A lo largo del libro, la poesía aparece ligada al trabajo material. La escritura se relaciona constantemente con acciones concretas, como tallar, golpear, mover, levantar, encajar, construir. El poema se parece más a una obra hecha con las manos que a una revelación caída del cielo o nacida de una iluminación psicomental. Esa idea reaparece una y otra vez hasta llegar a estos versos:
“El poeta corta y hace agua de sus propias palabras acercarse a la palabra correcta requiere esfuerzo son muchas, y es abrumador pensar que para cada cosa hay una(s) palabra(s) levanta una piedra y encontrarás un jardín”.
En la vida, como en la escritura, debajo de las superficies más duras siempre existe algo que persiste. Debajo de la piedra está el jardín, así como debajo de la palabra están las historias, las memorias y las experiencias que la sostienen.
El poema “Me gusta pensar que la poesía” desplaza momentáneamente la mirada hacia el propio acto de escribir. Allí aparece una reflexión que atraviesa todo el libro:
“Me gusta pensar que la poesía en lugar de hablar de nosotros hace: —shi–shi, y nos acompaña”.
La observación tiene algo de declaración poética. Frente a la tentación de explicar el mundo y el oficio propio, Rodríguez Cuevas imagina la poesía como una presencia que acompaña, una forma de caminar junto a las cosas. El libro piensa, sí, pero piensa mientras anda. Piensa mientras recoge piedras, mientras observa monumentos antiguos, mientras revisa archivos digitales o recuerda juegos infantiles.
El diálogo con distintas tradiciones culturales es amplio. Stonehenge, Lascaux, Rongorongo, Newton, Sófocles, Windows XP, la liturgia católica y los mitos griegos conviven dentro de un mismo espacio verbal. Lo interesante es que ninguna de esas referencias aparece como adorno ni como demostración de erudición. Cada una encuentra su lugar dentro de la arquitectura del poema. Lo que importa es la relación que establece con las demás piezas.
El libro avanza como quien escarba un terreno baldío buscando señales. Cada piedra removida deja ver otra capa de historia, otra pregunta, otra forma de entender la relación entre las palabras y las cosas. De ahí que la arqueología, la memoria y la escritura terminen cruzándose constantemente.
Hay una tradición latinoamericana que ha mirado los objetos como si guardaran una historia más larga que nosotros mismos. Este libro se acerca a esa corriente desde su propio lugar. Su atención a la materia, a los vestigios y a las marcas que el tiempo deja sobre las cosas recuerda algunas zonas de la obra de Jorge Teillier y Jorge Eduardo Eielson. Pero Rodríguez Cuevas camina por cuenta propia, atento a la manera en que las palabras juntan experiencia, memoria y sentido.
Quizá donde el libro encuentra una de sus zonas más intensas es en el poema “A piedra y lodo”. Después de varias páginas dedicadas a las dimensiones históricas y simbólicas de la piedra, aparece la figura de Antígona. La tragedia entra al poema como una herida antigua que sigue abierta. La piedra deja de ser monumento para convertirse en castigo, tumba y encierro. La escena se concentra entonces en el cuerpo y en la violencia ejercida sobre él:
“a ti, que el honor toca Guardiana de un cuerpo expuesta a todo impunemente una capa de tierra por una de piedra morir a piedra y lodo”.
La incorporación de este episodio amplía el alcance del libro. La piedra conserva memoria, pero también puede ejercer poder, imponer silencio y producir muerte. Descalabra vidas y sueños. Esa tensión le da profundidad al símbolo y evita que se agote en un solo significado.
Otro poema, “Bandeja de reciclaje”, provoca un desplazamiento inesperado. El texto entra al territorio de la corrección, los archivos digitales y el trabajo de escritura. Allí el poema se observa a sí mismo mientras se construye. El autor compara la revisión de un texto con la reconstrucción de un muro de piedra seca:
“para reconstruir el muro en seco / volví al lugar de los hechos se trata de colocar las piedras en cierto sentido que represente unidad / sonido volví al lugar de los hechos donde la piedra sonó”.
Escribir consiste precisamente en encontrar la posición justa para cada fragmento, reconocer qué piedra sostiene a las demás y cuáles deben retirarse para evitar el derrumbe.
El libro concluye con esta imagen:
“un poema empieza al entrar al agua un poema termina al salir de”.
La frase queda suspendida, abierta. Como el propio libro. Y la piedra sigue girando entre las manos del lector, ofreciendo nuevas preguntas y posibilidades de lectura.
Sobre estas piedras levantaré mi vida construye una reflexión parada en la materia, el lenguaje y las formas en que la vida humana deja señales de su paso por el mundo. Piedra, monumento, tumba, herramienta, mito, archivo y palabra terminan sentándose frente al mismo mar. Al final, uno entiende que el libro habla de piedras, y de aquello que los seres humanos levantamos para resistir al tiempo, ya sea una casa, una memoria, una historia, un archivo digital, un poema. ⚅




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