Las cuentas pendientes de Gabriel Trujillo

En el actual panorama editorial, que privilegia a menudo la conveniencia sobre la convicción, pocos son los escritores que abordan la violencia y el crimen con la honestidad necesaria para desvelar la oscura condición humana. La mayoría se conforma con un tratamiento ligero y superficial, ofreciendo una literatura policiaca facilona que solo apuesta a la sordidez. Así, sacrifican cualquier búsqueda literaria y relegan la profundidad que el género podría brindar para alinearse con las exigencias del mercado y dar paso a productos editoriales que lucran de forma efectista, casi amarillista, con la violencia. Sus novelas y cuentos, plagados de clichés y con un lenguaje que solo replica lo coloquial, no ofrecen más que literatura desechable: un espejo sin alma que solo refleja la superficie del camino, sin atreverse a mostrar la complejidad del alma humana detrás del horror.
Distante de esta horda de publicaciones, Cuentas pendientes (FCE, 2025), de Gabriel Trujillo Muñoz (Baja California, 1958), pertenece a la estirpe de obras que indagan de verdad en la condición humana. Trujillo Muñoz es de esos autores, ahora infrecuentes, que miran de cerca a sus personajes, desvelando no solo su lado oscuro, sino también su capacidad para el bien. Sin embargo, esta capacidad moral es pervertida por la violencia que permea sus entornos. Así, la libertad de sus personajes para vivir en paz se ve obstaculizada y la violencia se convierte en la única opción para sobrevivir. Aunque tienen alternativas, un sino trágico los inclina irremediablemente hacia ella, que, paradójicamente, es su única esperanza. Jamás salen indemnes, aunque sobrevivan. Esta perspectiva eleva a los personajes de estos relatos a una condición que trasciende lo puramente literario, dejando en el lector una desazón por haber sido testigo de actos criminales que, acaso, pueden ser legítimos según las circunstancias.
Trujillo Muñoz presenta a sus personajes con cierta piedad al revelarlos tal cual son: con sus pasiones y sus actos criminales. No los condena ni los enjuicia, simplemente los expone en la crudeza de su realidad. Sus elecciones, casi siempre criminales, lejos de causar repulsa, provocan un contradictorio sentimiento de repudio y compasión, a veces hasta de empatía. Esto se debe a que, en el mundo que habitan, no tienen otra opción. En este sentido, la honestidad del autor se refleja en su libertad para mostrar a los personajes con toda su ambigüedad, sin juzgarlos para complacer al lector o a la crítica.
Un ejemplo perfecto es el cuento "Viudez", donde la memoria ambigua de un hombre senil y su relato de un amor turbio nos sumergen en una personalidad oscura. El lector, conmovido, queda con la duda: ¿cometió un asesinato pasional?
Por otro lado, el cuento "Lucky Strike" es otro gran ejemplo. Aquí, Trujillo Muñoz usa la elipsis de forma magistral —un recurso que, por cierto, permea casi todo el libro— para obligar al lector a deducir las motivaciones de un personaje que llega a Mexicali para un ajuste de cuentas. El autor crea una atmósfera de tensión donde el personaje parece estar al límite, a punto de estallar en actos violentos. Sin embargo, estos actos solo se sugieren, y es precisamente esta omisión lo que hace que la anécdota trascienda el simple acto criminal, dando paso a un carácter humano bien perfilado. Los personajes de esta colección no son planos, sino seres complejos con motivaciones, conflictos internos y un arco de transformación que resulta convincente.
Este libro es el marco perfecto para exhibir la discriminación, el racismo, el crimen y la corrupción. En cada relato, la violencia normalizada es un personaje más. El sino trágico es que no hay escapatoria: la única forma de sobrevivir es abandonarse a ella, ser parte de ella, ejercerla. Esta es la ley del ecosistema donde los personajes viven, matan y mueren, una condición que denuncia la fealdad humana que se manifiesta, a la menor provocación, en víctimas, victimarios y cómplices.
El humor negro y la intertextualidad son catalizadores indispensables. Con figuras como Revueltas, Hitchcock, Marlowe o Bela Lugosi, el autor evita que las situaciones crueles se tornen morbosas sin diluir su carga funesta. En "Hollywood at be(a)st", por ejemplo, el cuento de vampiros se reconfigura y se traslada a un entorno sórdido donde Bela Lugosi, a la manera de un justiciero, impone el orden, exponiendo así la carcoma social que lo sustenta.
Una muestra destacable de este humor, intertextualidad y crueldad se encuentra en cuentos como "El hombre gordo", "Bienestar para tu familia", "La bala mágica", "Los muertos no me preocupan", "Hollywood at be(a)st" y "Un regalo del cielo". Este último, irónico desde el título, narra la historia de un condenado a muerte que, por un hecho fortuito, salva su vida de un ataque de bomba justo antes de ser fusilado. Aunque remite al clásico "La tortura por la esperanza", de Villiers de Isle-Adam, donde un condenado vislumbra un atisbo de salvación, el cuento de Trujillo Muñoz va más allá: no solo juega con la esperanza, sino que también involucra la venganza y la envidia, ya que sus compañeros de celda, que también sobrevivieron, se transforman en sus verdugos al acusarlo falsamente de traidor. ¿La razón? Que, antes de ser fusilado, le ofrecieron un generoso trago de mezcal a él y a ellos no.
La eficacia narrativa es el sello de Trujillo Muñoz. Él no se limita a urdir tramas interesantes; usa cada herramienta a su disposición —desde la estructura hasta el ritmo y el lenguaje— para contarlas y desarrollarlas de formas únicas. Su narrativa va directo al asunto, logrando una conexión profunda con el lector. Es esa velocidad lo que lo mantiene enganchado y provoca una respuesta, ya sea emocional o intelectual.
Una frase del cuento "Los muertos no me preocupan" resume el libro entero: "Aquí el futuro es el destino que cada quien se forja, la muerte que cada uno labra para sí… Un lugar donde puedes cazar y ser cazado, impunemente, a plena luz del día."
En conclusión, este libro es un afortunado recuento de historias terribles. Demuestra que el oficio narrativo de Trujillo Muñoz se ha ido decantando y perfeccionando, confirmándolo como uno de los exponentes más sólidos del cuento mexicano contemporáneo. Un autor para leer con placer y, sobre todo, con más atención. 🂓




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