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  • Noé Israel Borja

Un poeta


En una ciudad, no hace mucho, vivía un poeta pobre y desconocido. Sus días eran un verso y su vida eran palabras. Sus mejores horas y su luz las aprovechaba para leer poetas antiguos. Y releía lo que él hubiera querido escribir. De tanto a tanto, también escribía sus cosas; por ahí guardaba sus carpetas, sus manuscritos, que él llamaba: “Obras”, no por presunción, si usted lo hubiera conocido, era el hombre más verdadero, con los pies bien puestos sobre la tierra. Pero de una forma tenía que llamar esos manuscritos dispersos, y desde un principio los llamó su “obra”.

No hay que negarlo: también sentía el desconsuelo de todos los poetas ignorados. Tanto revelarse a las palabras para que no mereciera ninguna reseña, ningún dinero. Para no caer en la amargura, se refugiaba en la lectura silenciosa y en la reflexión delirante. Y esperaba la visita de las musas… el golpe de buena suerte: alguien lo sacaría de la sombra, un editor lo publicaría; y luego, ahí estaría el momento, lo inefable, el misterio, el milagro: los lectores que lo estaban esperando lo leerían, lo releerían, lo recomendarían, lo celebrarían. Aparecerían los críticos y le darían un lugar en el estante de las letras. En las treguas del desconsuelo, nuestro poeta pobre y desconocido, aún soñaba con la corona de laurel.

En una noche de suaves sueños cambió la vida del poeta. Era tan suave su sueño que lo despertó el primer respiro de la madrugada. No bien distinguió lo que lo hizo recordar, cuando, sentado a la mitad de su lecho, oyó el tañido de una campana. Siguió la claridad de un silencio, y luego, una voz con resonancias de revelación: “Poeta, ¿qué haces aquí?; sal, y ve al encuentro del hombre”. De nuevo, adentro de su aposento, el retiñe de la campana. Se hizo pruebas convincentes de que estaba vivo y despierto. Escribió las palabras que oyó con la premura de quien salva un verso de la orilla resbaladiza del olvido. Y ahí empezó la mortificación del poeta. Descifrar aquellas palabras. Las interpretaciones sobraron. Pero él eligió una, la primera en que pensó: comprometerse con el destino del hombre. La asumió pero no sin reticencias; en todo caso ¿qué tenía que ver él con aquello de ir al encuentro del hombre? Él no era ningún ideólogo ni tampoco un revolucionario. Pero las resonancias de aquel sueño, que siguieron retiñe y retiñe en su memoria, lo hicieron tomar aquello como una revelación cuyo designio habría que cumplir. Dejó su aposento de poeta pobre. Guardó sus libros de poetas antiguos en una caja de madera, y antes de clavarle la tapa, también echó ahí sus obrillas, en espera de alguien que las sacara de las sombras, en espera de la corona de laurel. Como un errante, el poeta partió al encuentro del hombre.

Llegó a un pueblo de realidades no menos verosímiles, ni más fantasiosas, que la Literatura. En un primer cuadro encontró a gente jubilosa y de carcajada armoniosa; gente de convites y trajes suntuosos; gente que parecía vivir arriba de una bola de pobres y descarriados. En un segundo cuadro encontró a gente de días lúgubres y sueños flacos; gente que también reía con sus dientes chuecos y desportillados; gente que en apariencia no tenía ninguna herida pero que cuando salían de sus casas, dejaban ver sus brazos tullidos, sus pies tuncos, sus rostros sin orejas, sus piernas con gangrena. Pero vivían tranquilos. También bebían y comían. Sabían de los pisotones que de vez en cuando venían de arriba, pero no hacían nada para evitarlos.

Nuestro poeta interactuó con todos. A la gente de arriba, le dijo: “El presente se vive con el color dorado de las alas del porvenir, y el futuro se espera con el color de los buenos recuerdos. El hombre está de fiesta. Las aves bajan a las fuentes y hacen revolotear sus trinos que se escuchan más allá del atardecer. El río va con su sonido rojo del mejor vino que llega a las bocas y se pierde en una lejanía de estruendo y escándalo…”. La gente celebró al poeta, lo invitó a sus comilones y a sus carcajadas armoniosas. A la de abajo, le dijo: “Para el día de las lamentaciones tengo guardada mi noche más triste. ¡Miren!, si no tengo nada para ayudarles, me pondré a llorar al parejo de los vientos de la pena. Y si se trata de ir a la plaza a mostrar sus piernas con gangrena, ahí estaré a lado de ustedes, sumido en la espera como un guardián que no deja de caminar el trecho de una puerta. La tristeza es del color de la tarde que va desapareciendo. Nosotros la sabemos de hace tiempo. Tanto, que ya aprendimos a regodearnos en ella. Y no tenemos más que decir”. El poeta calló, y la multitud lo aplaudió. Lo hicieron que inventara dichos y acomodara palabras para buenas moralejas. El poeta, en la apoteosis, sintió que en su cabeza una corona de laurel levemente le ceñía.

El mucho trato y diálogo hizo la confianza, y el poeta, que no olvidaba las palabras con resonancias de revelación que cambiaron su vida: “…al encuentro del hombre”, alzó la voz: llamó a ser un hombre. Acabar con los hombres de arriba y de abajo para refundar uno solo. Con la compresión y solidaridad de los primeros, y el ánimo de la potencia de los segundos, bien se podía comenzar el camino. La gente que lo oyó lo tomó como una ocurrencia de poeta. Una retórica de poeta. Sin embargo, él dejó de hacer versos y de proferir blandas palabras para llamar a la refundación con duras sentencias. Gritó, increpó, maldijo la simulación de los ricos y pobres. Hubo hombres que de verdad creyeron, pero como eran dados a no meterse en problemas y temían perder el tiempo, se metieron a sus casas. El poeta andaba todo el día arrastrando sus palabras de profeta cansado e importunaba el silencio de las noches. Al poco tiempo, se volvió odioso para los pobladores.

Un día, aprovechando una trifulca, los hombres corrieron a pedradas al poeta. Todos, los primeros con sus carcajadas y vestidos suntuosos; los segundos, con sus piernas gangrenadas, todos le aventaron piedras de a filo para que por fin se callara y no perturbara más la tranquilidad de sus vidas. El poeta huyó, acorralado del zumbido de odio de las piedras que pasaban cerca de sus orejas.

A la mitad del camino el poeta pudo descansar de aquellas piedras pesadas de odio. Se detuvo un rato para descansar un poco. El tañido de una campana lo hizo retomar el camino. Iría a otro pueblo para llamar a ser un solo hombre. “…al encuentro del hombre”, escuchó y apresuró el paso para llegar a un nuevo hombre. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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