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Humo

  • P. Víctor Hernández
  • 10 nov 2025
  • 1 Min. de lectura


La salita se llenaba de humo. Humo mezclado con el recuerdo de seres heridos. Tal vez de personas homicidas y adúlteras, y hasta algún suicida, seguramente. Alguna mujer con apetito sugerente en atracciones bellas. No sin aparecer muchos más varones con gozo y desorden de hijos engendrados y abandonados. También había personas de bondad que, montadas en ella, despreciaban a los demás y se sentían superiores. El rezo sereno de mamá Petrita sonaba a ternura pausada, de esa que distingue al amor verdadero; esa ternura repartida con dosis perfectas e iguales a todas las almas.

La imagen desesperada de almas en las llamas del infierno iba desapareciendo. La bondad del rezo y el rostro luminoso de la rezandera nublaban, junto con el humo del incienso clarividente, el castigo eterno. El tan mentado purgatorio se esfumaba. La infinita ternura de quien contemplaba al Amado era tan potente que en todo se revelaba un amor incondicional.

¡Qué ridículo se escucha el castigo eterno ante tanta ternura!

“Gracias, mamá Petrita.” ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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