Actividades de alcoba
- Federico Vite
- 10 nov 2025
- 4 Min. de lectura

Durante algunas de las incontables noches de insomnio suelo pensar en lo que considero actividades de alcoba; formulo preguntas usuales para quien se dedica a escribir y a leer en una ciudad violenta. Se trata de inquietudes que tienen una respuesta germinal. Ayer reflexionaba sobre algo simple: ¿los cursos, talleres literarios y diplomados de escritura de verdad enseñan a escribir? Sé la respuesta, pero tengo tiempo para desarrollar otra idea mientras respiro a profundidad y dejo que la brisa del ventilador mitigue los treinta grados de temperatura.
El celular está lejos de mi alcance; hay una lámpara y ocho libros cerca, por si requiero de lectura para volver al sueño. Pero hoy rememoro a oscuras. No abro los ojos porque así me concentro un poco más. Quiero pensamientos intensos. El zumbido de las aspas del ventilador me acompaña. Estoy sin camisa, en la oscuridad total, porque no hay faros en mi calle ni en la siguiente; sólo se oyen los motores de las motos y eventuales detonaciones de armas cortas. Pienso en la enseñanza de la escritura como una entelequia, y es normal a estas horas de la vida. Pero, como una deriva —tal vez un pretexto para repasar mi paso por la Tierra—, vienen a mí otros asuntos.
Durante el último año del siglo XX acudí una vez por semana a un taller literario con Rolando de la Mora, en la Universidad Loyola. Generoso él, siempre me dio la tarea de ser más exigente con lo que leía y con lo que escribía. Me pedía desarrollar mi universo interno, pero no acaté la instrucción, me fui por las ramas. En el 2000 fui al taller del dramaturgo Jaime Chabaud en el Centro Cultural Carrizo; después estuve con el también dramaturgo Felipe Galván, en la Casa de Cultura de Acapulco. Años después trabajé en la Fundación para las Letras Mexicanas con mi maestro Bernardo Ruiz. Aprendí muchísimo. Él me dio la tarea de ser yo mismo, y es complejo, muy rudo, muy difícil. No hubo senderos, sino pistas, y sobre ellas analicé la exploración vital de la literatura. Me habló de una máxima de Hansel y Gretel: “Hay lugares a los que es mejor nunca entrar”. Pensaba en eso y en las visitas que tuve al taller de poesía con Jaime Augusto Shelley, un lúcido, sabio y culto poeta que laceraba todo poema en aras de encontrar el corazón del texto.
En algún punto, ya no sé si fue el ensayista Sigifredo Marín o si fui yo, pero presentamos en el taller un poema. Y le fue muy mal. Shelley dijo que era una cursilería marxista. Yo le pregunté —¿o fue Sigifredo? ya no me acuerdo—, pero el asunto era más o menos así:
—¿No reconoce estos versos, maestro?
—No —respondió.
Le dije que era un poema suyo. Se puso muy mal, acabó el taller antes de tiempo y no sé si el buen Sigifredo —a quien Shelley le decía Sigfrido en honor al tercer drama de la tetralogía de Richard Wagner, El anillo del nibelungo— o alguno de los poetas que asistían me dijo que me había pasado de listo. Era cierto.
En los talleres yo solía fragmentar los textos ajenos y criticarlos. Aprendí a desmenuzarlos con frialdad y asumí, siempre, que faltaba mucho trabajo. Mucho. Cosa cierta, por supuesto.
Asistí también al taller de Orlando Ortiz, en la Fundación para las Letras Mexicanas, y me llevé varios sobresaltos, porque entendí algo importante: lo que yo escribía era una impostura; sólo a veces contaba algo significativo. Ortiz fue amable; me dijo que mis textos no eran malos, pero estaban en el promedio. Uní los cabos y entendí lo que quiso decirme, cuatro años antes, Rolando de la Mora: “Trabaja tu universo interno para no ser del montón”. Orlando me daba muchas lecturas, muy buenos cuentos de libros que ya no se conseguían; él se tomaba la delicadeza de engargolar una serie de textos y de darme un ejemplar con la intención de que yo pudiera —así dijo— encontrar mi propio tono, mi propia voz y mi propia meta.
En aquel tiempo tenía material de sobra para ir a la tutoría con Bernardo y al taller con Ortiz; después asistía con el entrañable Shelley. Vivía para escribir, leer y beber. Fue una época intensa.
Como reportero fui a otros lugares. La Universidad de las Américas Puebla me permitió entrar a una serie de clases que impartió Ignacio Padilla. Oí de primera mano la manera en la que él preparaba la escritura de un cuento. En suma, aprendí de esa cátedra un proceso creativo singular; me nutrí de algunas opiniones ortodoxas sobre los autores que él consideraba esenciales en la escritura actual del cuento y, sobre todo, puse atención a la manera en que corregía un texto de narrativa breve.
Después de esos talleres me tomé el tiempo para responder inquietudes: ¿por qué me empeño en aprender por mi cuenta? ¿Por qué tengo tanta hambre de mí? La respuesta está en la clave que me mostró Bernardo años atrás, cuando habló de Hansel y Gretel; es decir, para ceñirme a mi proceso creativo debo plegarme a mi sombra y más tarde exponerme a la luz. Ergo: propiciar el equilibrio, aunque no nos guste lo que somos.
Las válvulas de la escritura están relacionadas con la libertad interior, con esa verdad emocional que está ahí, pidiendo que uno la tome para ejercer con dignidad este oficio. Lo sé hoy que no he podido dormir, cuando convoco ciertos aspectos de mi vida y entiendo que en la cúpula celeste, que observo a través de mi ventana, hay algo mío: un resplandor iluso, una oscuridad soberbia, algo que se gesta cuando respiro a profundidad e intento, de nueva cuenta, dormir. Pero asumo que no es el insomnio lo que me impide soñar, sino esta serie de hallazgos que voy encontrando en mis ideas, porque son frutos maduros que decanto en la memoria. También he creído que se trata de velas, de claridades enhiestas en la anchura del presente, donde deposito estas palabras. Pero no duermo.
Supongo que esto sentía Prometeo cuando le devoraban el hígado: el águila punzante que yo llamo insomnio me recuerda la gracia que me han dado. Y sé entonces que no duermo porque llevo en mí el fuego. Vuelvo a jalar aire. Excitado por todo eso que hallo en mi interior, me levanto de la cama. Aunque no enciendo la lámpara, puedo ver en la oscuridad. Repito esa frase: ¡Puedo ver en la oscuridad! Agrego otra certeza: así entiendo yo la literatura. ⚅
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[Foto: David Espino]







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