De lecturas y su desmemoria
- Juan Fernando Covarrubias
- hace 20 minutos
- 3 Min. de lectura

En un rancho de Florencia, Zacatecas, mi tía abuela Rafaela sobrevivía al paso del tiempo con una serie de trucos que le impedían el olvido total de lo que conocía, de las cosas a su alcance o de sus querencias. Por ejemplo, conservaba en un sobre blanco todos los nombres de sus parientes muertos y cuyos rostros se le iban difuminando. El sobre lo colgaba en el polvoso alambre que sostenía el foco de su cocina. Cada que sufría una nueva muerte, trepaba a una silla, bajaba el sobre, introducía el papelito del nombre del recién fallecido y lo volvía a colocar en su sitio. Así de sencilla era su lucha contra la desmemoria. Esa desmemoria que da la erosión de los recuerdos o el inequívoco envejecimiento que arrasa con todo aquello que reviste brillo y lozanía.
I
Pero yo abogo en que habría que hacer una clasificación especial para el siguiente tipo de desmemoria, de un tema más superficial, si se quiere: me sucedió con el narrador polaco Kazimierz Brandys. Su novela Madre de reyes la leí, en una edición de Era, sin tener noción de que ya la había leído años atrás. Lo realmente curioso es que, mientras hacía esa segunda lectura, lo que estaba pasando en la novela me parecía del todo nuevo: en ningún momento, a lo largo de sus muchas páginas, encontré un indicio, frase o escena que me diera la mínima certeza de que se trataba en el fondo de una relectura y no de una lectura primera.
¿Cómo me di cuenta al fin? En uno de mis libreros, en una segunda fila, sin buscarla, encontré la traducción que hizo Sergio Pitol para la Universidad Veracruzana, esa bonita colección de diversos autores de variadas lenguas que el autor veracruzano tradujo. Al hojearlo, con franca estupefacción, descubrí que estaba subrayado por mí. Y en los días subsecuentes me pregunté muchas veces: ¿para qué leo, entonces, si no recuerdo gran cosa?
II
Ahí no acabó todo: durante mucho tiempo viví convencido de que había leído cierta frase en los Diarios de Alejandra Pizarnik; sin embargo, dicha frase pertenecía al libro de memorias de Elias Canetti, La lengua absuelta. La búsqueda, larga e infructuosa, en el libro de la poeta argentina, me produjo al fin una especie de tristeza que no había sentido en otros campos. No se parecía a ninguna otra tristeza que hubiera experimentado porque se sumaba a lo sucedido con el libro de Brandys: dónde podía guardar eso, cómo clasificarlo. Y otra vez me pregunté: ¿para qué leo, pues?
La frase aludida se refería a la visión de un muerto, a que aquel cuerpo que tenía delante quien escribía había sido el primer muerto que había visto en su vida. La cuestión es que quería usar la frase como epígrafe o como detonante de un relato, ya no lo recuerdo, por eso la loca búsqueda.
III
“No sé si fue un sabio de la historia o yo el que dijo que…”. A menudo recurro a esta sobada y mamona frase para subrayar el colofón en alguna discusión literaria o en medio de la sesión de un taller. A veces, incluso, como remate de una discusión que no tira para ningún sitio y entonces, emulando a Vicente Fatone, suelto ese mazazo para que aquello acabe de un modo bizarro y humorístico o, por lo menos, no sesudo; cosa que a veces necesita la literatura.
Esa intervención lo que en el fondo encubre es la incapacidad de que, de momento, no recuerdo quién mencionó lo citado, o en cuál libro o revista lo leí, o si lo estoy inventando para salir del paso. O alguna cosa peor. Se abre entonces otro vacío que me conduce a tratar de convencerme, de forma insistente, de que cada uno tenemos un caudal de datos inservibles en algún rincón de la cabeza y que éste merecería ponerle un poco de orden cualquier día de éstos, para que no saltaran en todas direcciones como esquirlas y acaben dañando a terceros.
Pero de nueva cuenta, ¿para qué leo?
IV
Lo he dicho en otros espacios (y también lo han dicho muchos, muchísimos, incontables), pero lo vuelvo a traer aquí a colación: la lectura antecede a la escritura. O dicho de otro modo, para escribir hay que leer. O, si se quiere, la lectura es otro modo de escritura, como afirmaba Susan Sontag. Me quedo con esto último como una especie de fútil consuelo de que para eso leo. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]







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