top of page

El castillo

  • Karla Donají
  • hace 21 horas
  • 2 Min. de lectura


El primer comentario es que tenga cuidado de ponerme a bailar: nos miran, dice y me guiña un ojo. Estoy segura de que no fue advertencia.

Muros de piedra y cielo tejado. Un espacio opresivo a pesar de su altura.

Abro la puerta, ahí está. Atravieso la sala y me acompaña.

Leo y tengo un recuerdo. La sensación de estar en primero de primaria, la maestra escuchando sílaba por sílaba.

Ellos sabrán si me distraigo. No soy la única aquí. Los hombros se clavan al suelo porque la torre nos vigila.

Estás aquí y lo saben, como tú sabes de ellos: es el peso de ser observada.

Adivino comentarios audaces. Ellos saben cuántas veces voy al baño, saben si compré una golosina y no compartí, hasta saben si platico con una compañera fuera de mi área. Ahora reconozco los puntos ciegos; en ellos mi nuca se relaja.

Volteo la silla y veo la protuberancia en el rincón: no es una araña, es una pequeña esfera con iris azulado que gira, empotrada en la pared blanca. Soy voluntaria y, sin embargo, me siento al acecho. No soy bienvenida.

Escucho, en el pasillo, un comentario aislado: “La torre tiene mala memoria, no sabe qué día es y, si un celular se pierde, lo olvida.”

¿Los ojos recuerdan? ¿Quién habita la mirada?

La torre comienza el día, silenciosa. Acomodo el escritorio, prendo la computadora, y así hasta que lleguen los demás. Cuarenta y ocho horas de trabajo y un día de descanso, pero para mí no se incluyen los fines de semana.

El día de descanso siento que nadie me ve y la soledad me hace sentir extraña.

Tal vez Dios habita en esa torre. ⚅

_________

[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

Comentarios


bottom of page