De pelos
- Agosto D. Lombardo
- hace 2 días
- 7 Min. de lectura

Hay algo profundamente sintomático en la reacción colectiva de asco ante el vello corporal femenino. Este asco se expresa con una tranquilidad que se acerca a lo moral, una certeza que se presenta no como un gusto subjetivo sino como una verdad objetiva. Pareciera que no se trata de una emoción pacientemente aprendida y pulida a lo largo de siglos de convención visual, sino de un hecho biológico incuestionable, una ley natural de la atracción. El vello en las axilas, en el pubis, en los brazos, en las piernas o en el suave arco del labio superior emerge de pronto en la mirada pública no como un mero atributo, sino como una afrenta. Es una desobediencia visual que incomoda precisamente porque rompe de cuajo una norma que se ha naturalizado hasta volverse invisible. Esta norma se ha confundido con el orden mismo de las cosas, con la definición misma de lo limpio, lo apropiado, lo femenino.
No estamos ante una mera cuestión de gusto personal o de preferencia estética individual. Se trata de algo más profundo y más estructural. Es un régimen de sensibilidad, una economía política de la mirada que ha decidido, con minuciosidad casi cartográfica, qué cuerpos son legibles, aceptables, dignos de ser vistos. Y ha decidido, con la misma fuerza, cuáles deben ser corregidos, ocultados, sometidos a rituales de purificación o directamente desaparecer del campo visual común. Es una estética que funciona silenciosamente como una ética, disfrazando su profunda arbitrariedad histórica con el ropaje engañoso de lo natural, lo higiénico y lo evidente.
En este punto es crucial reconocer que la depilación voluntaria, adoptada como una estética personal, no existe en un vacío cultural. Es una elección que se ejerce dentro de un horizonte de posibilidades ya delineado, donde una opción ha sido marcada durante siglos como la norma, lo correcto, lo deseable. Decidir depilarse puede ser un acto de agencia, de cuidado propio o de simple placer táctil, pero también es inevitablemente un diálogo, consciente o no, con ese régimen visual hegemónico. La estética adquirida nunca es una creación ex nihilo; se toma de un repertorio cultural preexistente, cargado de valores y jerarquías. Así, el gesto individual de afeitarse oscila permanentemente entre la expresión personal y la reproducción de un mandato, entre el placer subjetivo y la performance de un género normativo. Esta ambigüedad no invalida la experiencia de quien elige hacerlo, pero sí exige que la leamos en su complejidad total, sin caer en la ingenuidad de considerarla un acto puramente libre ni en el simplismo de verla como mera sumisión. Es precisamente esta tensión irresoluble lo que hace del cuidado del cuerpo un territorio tan político.
Que una parte abrumadora de esos comentarios de censura provengan de hombres no es un dato anecdótico, pero tampoco agota el fenómeno. Es solo la manifestación más visible de una pedagogía del deseo mucho más extensa y arraigada. Es una didáctica visual que, durante generaciones, ha enseñado a mirar el cuerpo femenino como una superficie pulida, lisa, infantilizada, higienizada hasta el extremo de lo aséptico. Un cuerpo despojado de cualquier rastro orgánico que recuerde su condición animal, histórica, terrestre, cíclica, mortal. Se ha construido un ideal que es, en esencia, una negación. Es la negación de la madurez, de la potencia biológica, de la huella del tiempo.
El vello, en ese sentido, nunca es solo pelo. Es un signo sobrecargado de significado, un símbolo que opera en el lenguaje mudo pero elocuente de los cuerpos. Marca una frontera simbólica tan rígida como invisible entre lo que se considera aceptable dentro de la economía dominante del deseo y lo que se percibe como una amenaza sediciosa a su orden. Es un límite que, al traspasarse, desencadena el malestar. Incluso cuando son las propias mujeres las que replican y ejecutan ese asco, ya sea sobre sí mismas o sobre otras, el mecanismo profundo no cambia sustancialmente. Ese rechazo puede ser la voz internalizada de la norma. Es la expresión de una disciplina tan bien aprendida que ya se siente como propia. Es una forma de vigilancia horizontal que perpetúa el sistema sin necesidad de guardianes externos explícitos. Logra que el cuerpo se vigile y se corrija a sí mismo en un círculo sin fin.
Esta incomodidad visceral, este escalofrío de rechazo, remite inevitablemente a una vieja y persistente dicotomía que recorre como una columna vertebral la historia del pensamiento occidental. Es la escisión entre cuerpo y mente, cuerpo y alma, materia y forma, naturaleza y cultura, lo bajo y lo alto. Desde ciertas tradiciones filosóficas, religiosas y morales, el cuerpo —y muy en particular el cuerpo femenino—, visto como más próximo a la tierra, a la reproducción, a lo indeterminado, ha sido sistemáticamente designado como el lugar de lo inferior, de lo impuro. Es lo que debe ser dominado, trascendido, purificado y corregido para aspirar a lo superior, a lo espiritual, a lo racional.
El vello crece sin pedir permiso. No obedece a los dictados de la voluntad consciente. Es testigo mudo pero obstinado del tiempo, del metabolismo, de la fuerza hormonal. Encarna de manera perfecta esa resistencia mínima pero pertinaz de la materia frente al ideal abstracto. Es la prueba corporal de una autonomía biológica que se niega a ser completamente colonizada por la intención. En ese sentido, resulta lógica —casi esperable— la virulencia del rechazo que provoca. Nos recuerda de un modo demasiado concreto que no somos solo proyecto, intención pura, imagen curada o espíritu. Somos, ineludiblemente, carne que brota, que secreta, que cambia, que envejece.
Pensar en resonancias como El origen del mundo de Courbet no es, por tanto, una exageración retórica. Basta revisar con ojos críticos la larga historia del arte y la representación visual para constatar cuántas imágenes fundacionales de lo femenino, incluso aquellas que pretendían celebrar la fertilidad, la naturaleza o el nacimiento, han sido cuidadosamente depuradas de todo rastro de vello. La diosa, la ninfa, la Venus, aparecen con una lisura preadolescente, eternamente suspendidas antes de la maduración sexual plena. El cuerpo “natural” ha sido siempre, en realidad, una construcción selectiva y artificiosa.
Mostrar vello hoy, en una fotografía o una obra contemporánea, no es entonces un gesto ingenuo o meramente descriptivo. Es tocar una fibra cultural antigua, casi arqueológica, que confronta al espectador con aquello que su mirada ha aprendido a negar y a excluir, incluso mientras consume una idea sublimada y domesticada de lo corporal. Es restituir una materialidad que había sido borrada.
Desde el territorio del arte, esta estética no debería leerse como una provocación fácil o un gesto vacío, sino como una reapertura necesaria de preguntas incómodas y fundacionales. El arte, cuando funciona de verdad, no tranquiliza. Incomoda, desplaza los marcos de referencia, obliga a revisar los acuerdos tácitos y profundamente arraigados con los que organizamos el mundo visual que habitamos. El vello, en este contexto, actúa casi como un dispositivo crítico: un pequeño pero potente cortocircuito en la economía visual del deseo contemporáneo.
Lo grotesco, entonces, no reside en el cuerpo velludo, en su simple y antigua presencia. Reside en la violencia simbólica —y a veces literal— con la que se pretende corregirlo. Esa violencia no se dirige solo contra la persona concreta que habita ese cuerpo, sino contra la posibilidad misma de imaginar una existencia corporal que no necesite justificarse o modificarse constantemente para merecer un lugar en lo visible. Tal vez lo que perturba en el fondo no es el vello en sí, sino la caída de una ficción de control absoluto: la aparición de un cuerpo que no pide permiso para existir tal como es.
A esto se suma una definición de la masculinidad que históricamente ha operado más por negación que por afirmación. Lo masculino se ha construido como todo aquello que no es femenino. Es un territorio delimitado por exclusiones, por vacíos cuidadosamente custodiados. No es tanto una sustancia como una frontera siempre vigilada. En ese esquema, el cuerpo se vuelve un mapa simbólico donde ciertos signos deben permanecer de un solo lado para que el orden no se desmorone. El vello aparece ahí como uno de los pocos marcadores visibles, casi primitivos, de una virilidad entendida de manera estrecha. Es algo que crece, que se expande, que ocupa espacio sin pedir permiso. Es un atributo de ocupación territorial en el cuerpo mismo.
Esta lectura no es contemporánea. Tiene raíces profundas en una estética clásica que idealizó cuerpos depurados, cerrados sobre sí mismos, sin excesos ni desbordamientos. El canon griego, por ejemplo, produjo cuerpos masculinos musculados pero contenidos, y cuerpos femeninos suavizados, pulidos, apenas insinuados. La depuración no era solo formal. Era moral. Un cuerpo bello era un cuerpo que no mostraba demasiado de su condición orgánica, que parecía gobernado por la geometría y la razón antes que por los humores y los ciclos. En ese sentido, el vello resultaba incómodo. Era demasiado cercano a lo animal, demasiado explícito en su autonomía germinativa.
La paradoja se hace evidente cuando ese mismo signo, el vello, se convierte en atributo deseable e incluso exigido en el cuerpo masculino, mientras que en el cuerpo femenino es leído como error, descuido o amenaza directa. Lo que en un caso refuerza la virilidad, en el otro parece contaminar la feminidad. El vello femenino no se acepta como propio de ese cuerpo, sino que se reinterpreta como una invasión de lo masculino. Es como si la mujer que lo porta estuviera ocupando un espacio simbólico que no le corresponde.
Ahí se revela la fragilidad extrema de esa construcción binaria. Basta un rasgo biológico compartido, común a todos los humanos, para que la frontera imaginaria entre lo masculino y lo femenino se vuelva porosa, cuestionable, artificial. Esta contradicción es especialmente reveladora porque muestra con claridad que no estamos ante una cuestión de naturaleza, sino de significado impuesto. El vello no cambia. Lo que cambia es el relato que lo rodea, la narración cultural que lo enmarca. Se le carga de valores contradictorios. Se le asigna un lugar en una jerarquía visual y moral que varía según el género del cuerpo que lo sostiene.
Que una mujer tenga vello no debería decir nada sobre su identidad, su higiene o su valor. Pero en este sistema de significados dice demasiado. Se vuelve legible como desafío, como desorden, como anomalía que perturba.
Tal vez por eso genera una reacción tan intensa y cargada de afecto. No porque sea raro o exótico, sino porque es demasiado común, demasiado evidente en su capacidad de desmontar categorías que se quieren firmes y eternas. El cuerpo femenino con vello expone la arbitrariedad del reparto simbólico entre lo masculino y lo femenino. Y al hacerlo, deja al descubierto algo profundamente incómodo. Expone que muchas de nuestras ideas más queridas sobre virilidad, pureza, belleza y decoro descansan sobre acuerdos frágiles, sostenidos más por la repetición infinita y la vigilancia colectiva que por cualquier sentido necesario o natural.
En ese quiebre, en esa grieta que el cuerpo velludo abre en la superficie lisa de la norma, el asco funciona como un mecanismo de defensa. Es el último recurso emocional para no pensar demasiado, para no examinar de cerca lo que ese cuerpo —tan simple, tan antiguo, tan humano— viene a poner en cuestión. El asco busca restaurar, mediante una reacción visceral, el orden que la sola presencia del vello ha comenzado a deshacer. ⚅
_________
[Foto: David Espino]







Comentarios