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Libros y desamor

  • Juan Luis Nutte
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Me acerqué a los libros motivado por dos mujeres: por amor a una y por la imposición de otra. Mi madre, profesora de primaria, fue quien me inició en el alfabeto y educó mi mano para la escritura. Me exigía leer un libro cada tres semanas, obligándome a sacrificar las tardes que antes, como un feliz analfabeto, dedicaba al juego con mis hermanos. Gracias a ella comprendí pronto que no bastaba con las historias de espanto que contaba mi abuelo o las radionovelas de la XEW; existía un mundo en los libros y, para acceder a él, debía descifrar el signo alfabético.

Al ingresar a la primaria, mi vida dejó de ser puramente lúdica. En algún momento, la sonoridad y la rareza de las palabras escritas me hicieron intuir que poseían una cualidad mágica y misteriosa. Como bien dice Irene Vallejo, el alfabeto es mágico porque descifra el mundo y revela los pensamientos. Los antiguos griegos ya sentían ese hechizo: usaban las letras para representar palabras, números y música, vinculando sus siete vocales con los planetas y los ángeles. Eran, en esencia, instrumentos para el embrujo.

Pronto aprendí a manipular esas letras para realizar mis propios hechizos: recados ingenuos y tiernos dirigidos a mis hermanos o compañeros de clase. Para lograr mi cometido, echaba mano del vocabulario cosechado en mis lecturas obligatorias, empleando palabras solo por su musicalidad. Esos términos fueron el toque maestro en mis cartas a los Reyes Magos; estoy seguro de que mis padres se conmovían al leer las promesas de buen comportamiento de su hijo, redactadas con un estilo tan atildado para pedir los obsequios.

Incluso los letreros y eslóganes que veía desde el auto, en los paseos familiares, se convirtieron en una forma de comprender el lenguaje, donde la imagen se fundía con el sonido. En esa urgencia expresiva, mis sentimientos florecían en frases rítmicas y disparatadas que, sin saberlo, se convertían en “cadáveres exquisitos” creados al vuelo del viaje. Esos juegos me enseñaron que ciertas palabras estimulaban algo profundo en mí que clamaba ser compartido. Curiosamente, esa sed solo se aplacaba cuando tomaba un libro entre las manos.

En la adolescencia padecí mi primer amor por una chica mayor. Fue un sentimiento tan intenso y frustrante que no hallé más consuelo que la poesía. Necesitaba traducir el deseo de lo inalcanzable, ese desasosiego que los griegos llamaban póthos: la obsesión por lo ausente que hace sufrir porque es imposible de calmar. Para conquistar ese amor, redacté cartas en las que tuve que recurrir al plagio; ante la falta de un acervo propio, contaminaba mis burdas palabras con versos ajenos. Sin embargo, aquel acto me abrió las puertas al mundo adulto. La chica, con la intención de ridiculizarme, exhibió mis cartas entre sus conocidos, pero el plan le salió al revés: lejos de burlarse, los demás comenzaron a buscarme para que les escribiera cartas largas y apasionadas, plagadas de versos oscuros. La literatura se convirtió en mi alcahueta. En nombre del amor, robé estrofas de Darío, Nervo y Juan de Dios Peza, seleccionadas de mi libro de cabecera, el Declamador sin maestro.

Como un enamorado necio, quise emular a Marco Antonio, quien regaló a Cleopatra doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca de Alejandría, convirtiendo los libros en combustible para las pasiones. En mi caso, mis cientos de cartas cargadas de palabras florecidas solo provocaron en aquella joven miradas de desprecio.

Los libros transforman la vida de quienes los adoptan y, en mi caso, fueron la respuesta a una derrota. Mi experiencia amorosa me dejó una marca de timidez que cargué por años, pero a cambio descubrí una forma distinta de amar: la de leer para sustraerme de un mundo donde el afecto me era esquivo. Al final, los libros me ofrecieron ese espacio donde la palabra sí obtiene lo imposible, permitiéndome habitar el amor, aunque solo fuera a través de las páginas. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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