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Doce dólares para ocho días

Alberto Rodríguez Castillo
hace 11 minutos
3 min de lectura

Había salido el sol. Días atrás sólo algunos rayos se asomaban sin fuerza. En la madrugada tuve un encuentro en la cocina con una rata del tamaño de un mapache. Husmeaba en una bolsa negra de basura y, al escuchar mis pasos, corrió hacia un hoyo entre la madera podrida y el piso. La muy obesa no cabía por el agujero. Batalló unos segundos para entrar, mientras yo me quedaba como pendejo mirando su tamaño en vez de destriparla. Dejó la basura regada por toda la cocina.

Los buenos días en la última ciudad del noroeste. Había escuchado que algún espiritista decía que las ratas eran augurio de problemas. Quizá tuviera razón. La ciudad estaba infestada de ellas. Tuve que poner una toalla y algunos tenis debajo de la puerta, por precaución. La resaca, fiel a las mañanas largas, me acompañaba desde que desperté. Para variar, no había luz en la casa donde rentaba; a la mujer que cobraba la renta le daba igual. Faltaban ocho días para el día de paga y tenía sólo doce dólares. No había mucho en el refri y lo que había era chatarra congelada.

En el trabajo me habían cambiado de lugar por castigo. Había soportado meses de sutil y educado racismo por parte de la white people. Hasta que fui un insolente con mi exjefe anglomamón. Mi grosería fue ignorar sus órdenes estúpidas y responderle: «No, puto, ¿cómo ves? Y hazle como quieras». Ese fue mi boleto directo a las calles siempre mojadas de Raincouver.

Por las noches, el patrón mandaba un mensaje con la ubicación de la obra. Había que levantarse a las 4:30 de la mañana y pelear por el baño compartido para darse una ducha antes que el otro. Cuidar de no olvidar cerrar con llave la habitación ni dejar el jabón, el champú o la toalla.

Después venía el ritual: poner la cafetera mientras me cambiaba, prender un gallo, tronarme el cuello, soltar dos jabs, una derecha y un upper, y sombrear antes de la lucha diaria. También debía tener todo en la mochila: llaves, impermeable, encendedor, pila portátil, cargador, la tarjeta sin crédito del metro, desodorante en aerosol, un libro de Fante, las gafas de sol y la bendición de Quetzalcóatl pa’ navegar en tierras de pueblos originarios masacrados y conquistados por güeros a los que se les hizo fácil llegar, robar, violar y matar.

Sobrevivir en aquella casucha era algo parecido a estar en la cárcel, pero sin custodios tan cerca. Vaya juego. Debía estar ready a las 5:00 de la mañana, con una bolsa de plástico amarillo canario donde cargaba casco, botas de casquillo, chaleco con franjas fosfo, máscara antipolvo, guantes y lentes de protección. Era un volado. Podía pasar cualquier cosa. Como la vez que, al subir al bus, descubrí que un homeless había defecado y todo el autobús olía a excremento fresco. Los que podían se bajaban en la siguiente parada. Pero yo no tenía el tiempo, los porros ni los centavos para esperar otro autobús. Así que terminé por aguantarme el olor durante todo el viaje y aceptar que nada iba a cambiar. A veces pensaba que la única salida era volar por unos segundos desde lo alto de un edificio en obra negra y ser uno con el asfalto.

El camino podía tomar dos horas hasta la última estación del metro y después otros dos autobuses; otras veces había que tomar el tren y el ferri para cruzar el río hacia North Vancouver, o viajar hasta Surrey Central y de ahí tomar un bus hacia las montañas. Lo jodido era el regreso, después de ocho o diez horas de trabajo. Me lavaba el coco para no colapsar. Me decía: «¡Yeah! A huevo, me pagan por conocer la ciudad y ayudar a reconstruirla. Soy alguien, no soy desechable». Pero otra parte me decía la neta: «Eres un don nadie en esta ciudad, menos indispensable que un clavo doblado que van a barrer y tirar a la basura. A nadie le importa una mierda tu mísera e insignificante existencia latina».

Destruíamos la naturaleza para construir encima de ella. Y claro, por un pago absurdo, denigrante. Se murmuraba que esa empresa, como muchas otras del mismo rubro, lavaba feria pa’ otra empresa dedicada a la exportación y transportación de hierbas, polvos y gomas de origen mexa. Uno queriendo huir de las chingaderas del rancho, pero las mañas nunca abandonan al bandido. Era el chalán de parias de todas las nacionalidades: veteranos de guerra, refugiados, exconvictos y jóvenes profesionistas desorientados por la falta de oportunidades en sus países de origen. Gente que cargaba con algo pesado, que había tenido que dejar atrás para no volver jamás. 🂓

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[Foto: Eric Miralrío]

 
 
 

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