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Otis

Ricardo del Carmen
hace 12 minutos
2 min de lectura

Sobre la película del Otis (Contra el huracán, Netflix, 2026), he de decir que la realidad siempre supera (superó) a la ficción. Pensaba, por ejemplo, en cómo el yate en medio del mar y del huracán mantiene el orden de los cajones y de las cosas. En casa todos los cajones de la alacena se abrieron y los trastes, y hasta el refrigerador, salieron volando. Si las casas se cimbraron por la fuerza del viento y del agua, no quiero imaginar lo que pudo pasar en el mar a disposición de toda la naturaleza. Algo sucede con las casas de la película: en Acapulco, las casas no suelen tener el techo de palma como antes, porque los techos de palapa son más caros que el cartón o la lámina con un poco más de dinerito: las casas de cartón se convirtieron en el símbolo más representativo de la marginación. Los refrigeradores que aparecen son más bien de colección, porque hace años que dejaron de funcionar y de venderse. Por alguna razón, sentí que el acento que intentaron recrear es más el costeño de Veracruz. Qué bueno que el actor que interpreta a Cándido lo recuperó después de medio sonar chilango/norteño. Entiendo que es una película, no un documental, pero hay cosas que nos pasaron a todos, sin excepción, por ejemplo, la imposibilidad de comunicarnos, quedarnos sin electricidad y sin comida, eso aquí se resuelve muy rápido. O la sucesión del huracán en el tiempo; por ejemplo, que los de Protección Civil pasan con su megáfono, en medio del sol, mientras los protagonistas comen tacos al pastor. Aunque la lluvia comenzó tarde, el martes 24 estuvo nublado. Y que todo sucede en Costera, porque en el imaginario Acapulco es Costera. Ese cliché reduccionista del centro-periferia que obvia y olvida lo que ocurre en las zonas marginadas: sabemos, por la historia, que se lleva la casa de una de las mamás, pero nunca sabemos por qué la de ella sí y la otra no, si están juntas. Yo pensaba en Luces del Mar. Con sus anacronismos, la historia funciona. Sin embargo, lo peor de todo es que nunca, nunca escuché los sonidos penetrantes del viento. 🂓

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[Foto: Eric Miralrío]

 
 
 

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