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El clima, qué barbaridad y los mosquitos

  • Karla Donají
  • 10min
  • 4 min de lectura

Te escribo a ti, calor. No te hagas. Mira cómo me tienes sudada y casi sopa, me recuerdas los rincones de mi cuerpo cubiertos con ropa. Te muestras insolente y criminal mientras espero el cambio de luz en el semáforo. Me obligas a usar bloqueador cada dos horas, a cargar sombrilla, a usar lentes oscuros protegidos con una capa UV. Me obligas a pensar en todos los agujeros que hay en la atmósfera. El contacto del sol, el pretexto del cáncer.

Quisiera ir al mar pero no tengo vacaciones ni dinero. Me imagino refugiada en la sombra hasta muy tarde en espera de la arena y el agua salada. Qué bonito es el reflejo del sol en el mar. Siempre lejos, en una foto que llevo resguardada en mi celular. Me gusta el mar porque me dan miedo las albercas, sopa de gérmenes y bacterias cocinadas con cloro. Además de esa inseguridad que aparece gracias a mi barriga expuesta por el traje de baño. Mejor untarse otra capa de crema bloqueadora por si acaso… aunque por ahí suene esa canción que habla de la mayonesa y el movimiento del bum bum.

El lugar común de una plática sirve para surcar el silencio: qué tal el calor. A veces es preferible esconderse en el reflejo del celular, para recordar lo evidente en la notificación del clima. No hay mensajes nuevos, sólo el “buenos días” en el chat familiar, el recordatorio del puente en el chat del trabajo, el saber que no hay dinero para ir al mar. También me aparece el menú de la fonda de la esquina.

Encorvada en el asiento de nailon, busco el pretexto para estar en silencio, el ruido también entra por los ojos.

Evita saludar a ese otro cuerpo presente en el mismo espacio. Hola, cómo estás, es el rey de los lugares comunes. Cómo se puede estar si habitamos este clima en el que todos hervimos al mismo tiempo. Para algunos el calor es una prueba de resistencia, un motivo más para tocar el claxon, para enseñar la carne, para vender la carne. La carne también es un lugar común.

Este calor es un recordatorio de que todos navegamos en un mismo barco.

Tal vez en el silencio el calor no te alcance, me digo, y guardo silencio y busco la sombra de un silencio mental quebrado por el manifiesto de los mosquitos.

Entonces aparecen los pensamientos sangrientos en el aire. Atacada de rabia por mal dormir, me tardé horas en extender la sábana, primero revisé que no hubiera alacranes ni arañas entre tela y tela. Además de cerrar las cortinas hay que cerrar la puerta. Los mosquitos vuelan su hambre, vuelan la atmósfera de mi sudor y mi desesperación.

Y ahora comienza la cacería: prendo la luz con el hábitat controlado y quedo atenta a cualquier movimiento minúsculo en el aire. Voy por zonas, por cuadrantes, por secciones. Los zancudos vuelan alrededor de los zapatos, vuelan a ras del suelo para camuflarse en el azulejo o la tierra, se meten bajo las cortinas, se posan en la oscuridad de la televisión apagada. Son listos; me parece una grosería pensar que su única gracia sea la reproducción de miles de huevecillos eclosionando en la tina abandonada del patio. No, estos bichos se hacen a la idea de vivir a toda costa para saciar su hambre con nosotros.

Miro mis piernas, mis piernas son la parte del cuerpo que más me cuesta mostrar a pesar del clima: la cantidad de fracasos está marcada en mi piel. Pierdo la batalla y me rasco sin parar. Elijo las ronchas en las comisuras del músculo, es ahí donde más me molesta, rasco, rasco hasta sacar ese veneno que inflama y sale, escandalosa, la sangre como elixir. Los moscos conquistaron parte de mi piel.

Continúo cuidando el aire que me rodea, hay días que uso pantalón y zapatos cerrados a pesar del clima, sin embargo, los moscos logran taladrar la tela. Traspasan la tela de la blusa.

Se posan sigilosos sobre un lunar y aligeran el zumbido. He pensado que se comunican, que se burlan. La humillación más grande es cuando me han picado en la cara y me dejan los cachetes como rubor de muñeca. Cuánta comezón me da junto a la boca.

Los insectos habitan el aire como recordándome que el mundo lo hacen ellos a través de sus zumbidos, persiguiendo, tal vez, los gritos contenidos que vienen de lo profundo de la sangre. Los mosquitos son inteligentes, liberan verdades a partir de la incomodidad. A veces he pensado que el miedo llama a las enfermedades que ellos transmiten, tal vez sean lamentos que nos vuelven al cuerpo. Yo tuve chikunguña.

Trabajaba en una casona alta de adobe, con poco movimiento. Colgaba unos cuadros y comencé a marearme, tomé agua y fui al baño. Pipí caliente. En mi pecho, puntos rojos y diminutos. Mi médico dijo que es uno de los síntomas definitivos de la enfermedad. Dormí dos días seguidos, sin ideas claras, solo delirios entre agua, frutas y personas que no conocía. Solo el zumbido de los zancudos dinamitando el aire, el desespero, la incomodidad, el calor… ⚅

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[Foto: Paul Medrano]

 
 
 

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