Olores
- Adriana Alvarado Lozada
- hace 59 minutos
- 4 min de lectura

Fue una tarde, después del calor del mediodía, cuando una brisa de viento le llevó a Sandra un olor pestilente. Invadida de ese aroma, dejó a un lado la lectura de su libro favorito. El olor estaba por todas partes. Su nariz lo juzgaba todo de una manera impiadosa; parecía adiestrada de manera natural para conocer el mundo a través del olfato y ese aroma horrible e inconfundible era de carne descompuesta.
Por la coincidencia entre los olores y los lugares, Sandra llegó a la conclusión de que aquel olor desagradable provenía de ella. No era posible que ese aroma estuviera por ahí persiguiéndola. Recordó las palabras de su fiel amiga Salomé, quien le contó que, cuando estuvo embrujada en una ocasión, lo primero que empezó a percibir fueron olores espantosos en su entorno. También recordó el cáncer que había sufrido Alicia, la amiga de su madre. Alicia murió apenas tres meses después de que le detectaran una metástasis producto de un cáncer de colon. Su madre le contó que, cuando fue a visitarla, le llegó el olor apestoso hasta el jardín. A Sandra le aterraba morir como Alicia.
Desde muy joven Sandra aprendió a reconocer el olor de cada parte de su cuerpo. No le era extraño su aliento en distintos horarios del día. El sudor avinagrado de sus pies al llegar del trabajo; exploraba el flujo que salía de su vagina, que comparaba con la esencia endulzada de un coco tierno; olfateaba cada día la braga que se quitaba para meterse a bañar; repasaba, con una aspiración, cada prenda que aventaba a la lavadora y se recreaba en el sudor acalorado de su cuerpo; olía el cepillo de su cabello y la piel de sus brazos después de exponerse al sol.
Los cuencos de su cuerpo y las humedades que secretaba le revelaban su personalidad. Decidió estar atenta para descubrir lo que percibía. Al día siguiente, aún no abría bien los ojos al despertar cuando recibió una descarga de aquel apestoso olor. No tenía duda: algo se estaba pudriendo en su cuerpo.
Se levantó para ir al baño y tomar una ducha. Se quitó la playera de dormir y la acercó hasta su cara haciendo una profunda inhalación; sin embargo, no halló aroma extraño. Se quitó las pantaletas y con cuidado rozó el índice entre los labios de su vulva, retirando parte de la humedad de su zona íntima. No detectó nada. Un poco atemorizada, revisó la prenda íntima para ver si tenía algún residuo por la parte que cubre el culo; olfateó detenidamente sin encontrar nada que fuera extraño al aroma natural que dejan los gases o una mala limpieza después de defecar.
De la regadera salía agua caliente; el vapor recogía la esencia del jabón herbal y la llevaba hasta su respiración. Empezó a sentir tranquilidad. No encontró en su cuerpo la causa del pestilente olor. Se miró al espejo y notó un desvanecimiento de su cuerpo. La enorme cabellera rizada enmarcaba su cara, mucho más pálida que otros días, y parecía esfumarse entre el color grisáceo del vapor.
Era domingo. Decidió dormir un par de horas más para relajarse. Dos semanas antes había recibido un diagnóstico médico poco alentador: trastorno por depresión y ansiedad. Pensó que eso podría estar ocasionando un desequilibrio en el olfato, de manera que reposar le ayudaría mucho.
Desnuda, como acostumbraba salir del baño, se hundió en la cama. Buscó el teléfono celular para programar una alarma; sin embargo, no lo encontró. Jaló la sábana afelpada que le ayudaría a conservar la tibieza de su cuerpo y se dispuso a dormir hasta donde su conciencia le permitiera.
Cuando despertó, el sol ya le declaraba la guerra. Frunció la nariz, arrugó el ceño y apretó los ojos. El hedor era ya insoportable; se coló por su nariz casi hasta saborearlo en la agudeza de su lengua. Sintió una resequedad nauseabunda en la boca y, con un escalofrío, se dobló al lado de su cama para expulsar un sonido que intentó ser un vómito repentino.
La zozobra se convirtió en miedo. Incorporándose poco a poco, se alejó de sus sábanas; puso los pies descalzos sobre el piso, sorprendida por la nula sensación fresca de los mosaicos. El primer paso la alejó de la cama; unos cuantos más la hicieron doblar la esquina de la habitación y salir al pasillo. Con las manos sobre la boca y apretando la nariz, Sandra llegó a la sala.
Inmóvil, frente al sillón más cómodo de la estancia, observó aquel cuerpo contenido por el mueble que, sumiso ante su destino de mortaja, daba dignidad a lo que en vida ya era un organismo insostenible. El rostro consumido por la tristeza dirigía las pupilas mórbidas hacia un celular que tenía entre los dedos de la mano derecha, mientras brillaba en la pantalla un mensaje en borrador que decía: “Auxilio, estoy muriendo”. El destinatario del mensaje que nunca salió era el mismo personaje por quien había olvidado sonreír, comer y, por último, vivir.
Se acercó a su cuerpo inerte. Hincada frente a frente, le habló en el idioma de los espíritus. Con un vaho perfumado agradeció a la funda que la encarnó por haberle permitido los placeres del mundo. Libre, abandonó el interior de la casa por la abertura de una ventana, por la cual también se escapaban los olores que llegaban a la nariz de curiosos vecinos amontonados frente al vidrio. ⚅
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[Foto: Paul Medrano]




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