No tienes lo que mereces
- Juan Mendoza
- hace 2 horas
- 6 min de lectura

Calculé que faltarían algunos minutos para el amanecer, aunque ya esclarecía un poco sobre la carretera México-Toluca. En el estacionamiento del Kiss Lounge, específicamente en la parte del copiloto de nuestro auto, Mi Wife dormía como si hubiera caído en coma. Baldo y Yolanda, el núbil matrimonio, hacían lo mismo en su propio carro. Por otra parte, la respiración de Lisbeth seguiría pausada en su cómoda posición fetal en la parte trasera del auto de Baldo. Ella sí parecía muerta. O recién nacida. Hasta hace una hora estábamos todos juntos en el auto de Baldo matando el tiempo con juegos inventados, esperando el amanecer para poder manejar de regreso al Detritus Hiederal con luz natural sin exponer tanto nuestra vida. El personal del Kiss Lounge nos había corrido del lugar a las 4 de la mañana. Todos, incluidos mis amigos y Mi Wife, ignoraron mis gritos encabronadísimos reclamando que el antro era un pinche mentiroso que echaba mano a publicidad engañosa ya que en la página de internet decía clarísimo que se mantenían abiertos “hasta morir”. Y en ese momento todavía no se moría nadie como para que ya fueran cerrando. Mi esposa se dio por vencida y me dejó discutiendo solo porque todo el personal del bar siguió su ejemplo y me ignoró. Nuestros amigos, Baldo y Yolanda, apenados me guiaron a la salida. Ya estaban dispuestos a retirarse cuando les anuncié que nosotros nos quedaríamos hasta el amanecer, porque tanto Mi Wife como yo estábamos bastante alcoholizados para sortear los más de 80 kilómetros de carretera en la madrugada. Baldo no se sorprendió de ese repentino ataque moralino de conductor que falló a ser el designado, ni siquiera porque cuando cursamos la universidad nos valía madre manejar coches de desconocidos por Insurgentes a las 3 de la mañana bien pedos y a más de 180 kilómetros por hora buscando dónde seguir la jarra. Pero en ese entonces teníamos 21 años, no existía el alcoholímetro, no estábamos casados y éramos inmortales. Unos chicos responsables, esos somos ahora. Lisbeth nos había acompañado en muchas de ésas madrugadas (que a veces nos enseñaban sus malas caras). Como el resto de los comensales se habían retirado a una hora prudente con menos alcohol en el cuerpo, los tres restantes decidieron quedarse con nosotros en nuestra espera de la luz del sol.
Habíamos llegado al bar alrededor de las diez de la noche. El pasado metalero de Mi Wife la orilló a escoger el Kiss Lounge como el sitio de celebración de nuestras bodas de madera. Invitamos a pocos amigos, sólo los más cercanos y aun así fueron un chingo. La neta es que Mi Wife es bastante querida y tiene mucho poder de convocatoria. Por unas horas nos la pasamos bien chido en una mesota donde llegamos a ser hasta 70 comensales. Poco a poco se fue vaciando hasta quedar sólo los cinco gonzos mencionados con una cuenta bastante elevada e imposible de liquidar con tarjeta de crédito porque no cuentan con terminal. Otra mentira de la página de internet. Lisbeth cooperó con casi todo el efectivo. Igualito que hacía muchos años atrás, cuando ambos éramos solteros y yo tenía cierta clavadez con ella. Nos tomamos nuestro tiempo para abandonar la mesa. Nos hicimos varias fotos de camino a la salida en el museo de los Kiss, el único en el mundo que cuenta con más de 5,550 piezas oficiales de colección. A Lisbeth, Yolanda, Mi Wife y a mí nos importa muy poco que aquí se haya celebrado la única boda católica dentro de un bar porque estábamos en ese estupor del alcohol que se traduce en una franca diversión. Cruzamos la puerta de salida, aquella que los miembros de los Kiss también cruzaron en el pasado, sin importarles cómo carajos iban a regresar a la civilización porque seguro llevaban chofer.
Subimos al auto de Yolanda buscando sortear el frío de la madrugada e inventar juegos para matar el tiempo. Mi Wife fue la primera en adormilarse. Comenzó a sentirse asqueada por el humo expedido por mi cigarro que parecía no terminar nunca. Cuando se aburrió de los juegos se fue a dormir a nuestro auto sin mediar palabra. Quedamos en silencio, yo junto a Lisbeth en el asiento de atrás. Se quedó dormida poco tiempo después. Se agarró a mi brazo y recargó medio cuerpo en el mío. Percibía su respiración. Roncaba como borracha, aunque quedito. Le acaricié suavemente la mano y ella, seguramente soñando con Brad Pitt, respondió entrelazando los dedos. Para mí esa fue una señal y la abracé. Se reacomodó. Sentí su aliento en mi cuello. Mi mano izquierda quedó muy cerca de su teta, la cual tomé con firmeza. Se me empezó a parar. Le di un beso silencioso en su frente. Cuántas veces quise hacer eso en la universidad. Al sentir la humedad de la boca en su piel, por reacción Lisbeth comenzó a besarme el cuello y posteriormente a levantar la cara para buscar los labios que para ella, seguramente, seguían siendo de Brad Pitt. Con la delicadeza del ebrio intenté desviarme hacia su boca olvidándome del mundo exterior y mi manita diestra se reposó en el muslo más cercano para iniciar el camino hacia el lugar sin límites. Baldo, al notar movimientos peligrosos en el asiento trasero de su auto, carraspeó escandalosamente, hizo petición de cigarro y la ridícula solicitud de fumarlo fuera, para no humear el auto. Insistió. Me encabroné, lo odié, pero descendimos. Una vez encendidos los cigarrillos confesó que no quería fumar, que en realidad estaba evitando que yo hiciera una pendejada. Y peor aún, que su esposa lo notara. No opiné nada. Solo fumé.
En nuestro Stratus gris Mi Wife dormía plácidamente, como niña, y sentí el mismo cargo de conciencia de los últimos meses. De los últimos años. Al cargo de conciencia le gana un sentimiento de incomodidad, de no saber ni qué pedo. Cerré los ojos sin poder dormir. O sin querer. Si al menos tuviéramos más alcohol. No solucionaría nada, pero habría más alcohol. Soy una red flag, para Lisbeth y para mi Amada Wife. Bajé del auto, me recibió un pinche frío de la chingada que calaba hasta lo más profundo de mis huesos. Aún estaba oscuro. Caminé lentamente haciendo mamones pasitos de baile, intentando emular a Christopher Walken en el video de Weapon of Choice de Fatboy Slim, hasta colocarme mero en medio de la autopista. La única manera en que tomas control de tu vida, pensé, es cuando juegas con la decisión de poder terminar con ella. Solo tengo que quedarme sentado aquí, en la oscuridad, y esperar a que pase un coche a 140 km por hora, velocidad suficiente para que sea demasiado tarde cuando me descubra y solo tenga dos opciones: acarrearme o evadirme. Llevarme de corbata o estrellarse contra los árboles del camellón a mi diestra, o contra uno de los dos autos estacionados a mi siniestra y que contienen los cuerpos dormidos de mis amigos o el de Mi Wife. Que me lleve la chingada o que se la lleve a la gente que más me importa en este mundo y a mí no me pase nada.
Eso sí es tirar las monedas y recibir lo que no puedes evitar.
Estuve un par de minutos en esa posición. Consideré muy en serio acostarme. Y esperar. Vi unas lucecitas a lo lejos.
El elegido.
Momento de arrojar el volado.
Cuatro segundos después me levanté y regresé a la barda. En cuanto posé las nalgas miré pasar el coche. Adiviné como un Mazda de color incierto. Cuando estaba ya del todo claro, Mi Wife abrió la puerta del auto, descendió, se puso a mi lado, me quitó mi cigarro para darle una calada y preguntó qué hacía en el pinche frío. Argumenté que la temperatura se sentía menos inclemente a la intemperie. Resultaba cierto, aunque yo no lo sabía. Despertamos a nuestros amigos para, por fin, regresar al DF. Sólo al darle al switch de la llave sentí que me dio el down. Manejé los primeros kilómetros con un sueño de la verga, pues en 22 horas no había dormido una chingada. Gracias a mi estado y la velocidad podíamos estrellarnos los tres y morir a su lado sería la forma más celestial de morir. Llegamos a la casa sin contratiempos. Descendimos del auto como zombis, Mi Wife improvisó una cama con una almohada y una colcha para que Lisbeth durmiera en el sillón unas horas más. Después subió a nuestra habitación a continuar su estado comatoso. Me acosté a su lado con una maldita ansiedad que me impedía dormir, aunque estaba hasta su pinche madre de cansado. Lisbeth estaba en mi casa, borracha, a menos de diez metros de distancia. Pasé el tiempo mirando al techo, pensando en esos tres hechos y midiendo cómo podría sortear la delgada línea entre quedarme quieto unas horas más o bajar a la sala a hacer la estupidez que Baldo evitó hace rato. Lisbeth ni cuenta se daría. O quizá sí. Y quizá no le hiciera mucha gracia. O quizá sí. También podría ser que Mi Wife se levantara al baño, por ejemplo, y, extrañada de no verme dormido a su lado, bajara las escaleras sólo para encontrarse con la escena un tanto necrófila de su marido violando a una inerte Lisbeth. Tenía que estudiar el terreno, medir la pesadez del sueño de ambas. Primero iría por una cerveza a la tienda, la tomaría viendo a Lisbeth dormir, me acercaría a ella, la comenzaría a tocar. Si en ese momento ninguna de las dos despertaba, entonces aventaría la moneda.
Y entonces recibiríamos lo que no podamos esquivar. ⚅
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[Foto: Paul Medrano]




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