El sushi, la incertidumbre y el espejo
- Yolohtli Vázquez Castañeda
- hace 2 días
- 3 min de lectura

Estaba ahí, sentado, jugando a hacer música. No sé cuántas horas llevaba en eso, pero de pronto me vi flaco y hambriento, así que me invité a cenar. Hoy no fue buen día para la venta de sushi, pero una de las ventajas de vender comida es que, si no la vendes, te la puedes comer. Me preparé dos rollos de sushi y una taza inmensa de té de jazmín. Me los ofrecí y puse cara de incredulidad. Hace tiempo que nadie me invitaba a cenar y, de pronto, ahí estaba esa cena que lucía deliciosa. Espero no pasarme la cuenta porque no tengo con qué pagar.
Delicioso, aunque fue un exceso, creo que un rollo y medio es la ración perfecta. Lo que faltó fue té, pero me dio flojerita preparar más. No sé por qué no vendo más. O sí, pasa que no mucha gente sabe y los pocos que saben, muy pocos lo han probado. Y la verdad es que el sushi no es algo que se antoje para todos los días, así como los tacos al pastor o los tamales oaxaqueños. Cuando comía carne, podría cenar todos los días tacos al pastor o tamales oaxaqueños. Y también desayunar y también comer, pero con el sushi no pasa así, es algo que se te antoja una vez al mes. Aunque tengo clientes repetidores. Los más atascados son los muchachos de una refaccionaria: cada semana piden sin falta y cada vez piden más; también está una chica, creo que estudiante de letras o algo así, ella llega a pedir cuatro rollos en una semana, luego deja pasar dos semanas sin pedir nada y, de repente, pide otros cuatro. Y hay otro que sospecho ahorra toda la semana para pedirse un rollo los viernes.
Y está la desesperadita. Ella me pregunta por el sushi todas las semanas, pero si tardo en contestarle más de tres minutos, me castiga yéndose a otro lado. Ellos cuatro son mis clientes más asiduos. Y la señora de la dulcería, que cuando tiene que salir volando y no le da tiempo de cocinar, me encarga un rollo para su hija.
Y también están mis detractores: el joven de la tienda de abajo, que el día que me tocó ir de compras me llamó para comprarme y, como no estaba, se enojó y sé que no volverá jamás. Y están las señoras del negocio de fotografía. Siempre pedían dos de surimi, todos los jueves. Un día me pidieron, pero no tenía surimi, así que fui a comprarlo al súper que está a dos cuadras, pero salió malísimo.
Habrá que salir a la calle a conquistar más clientes. Preparo dos de cada tipo, los meto en la hielera y salgo a las calles. Le ofrezco a los que van pasando, a los que están en los negocios. A veces me llevo muestras y las reparto. Es una buena estrategia, varios han llegado por las muestras.
Con toda esta plática aburrida me acuerdo por qué no me invito a cenar más seguido. Para no ser descortés, finjo escucharme, pero en realidad estoy pensando en si seguir viviendo aquí o irme a la Ciudad de México o a Guerrero o a algún lado desconocido. Me disculpo conmigo mismo y voy al baño.
Y entonces me encuentro, aquí, frente al espejo. Viejo, insípido, me digo. Pronto encontraré un pretexto para correrme de aquí e irme a dormir. ⚅
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[Foto: Eric Miralrío]




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