En el aniversario luctuoso de Jorge Cuesta
- René Rueda
- hace 9 horas
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Porque me pareció poco suicidarme una sola vez.
Una sola vez no era, no ha sido suficiente.
Jorge Cuesta

El mago Jorge Mateo Cuesta Porte Petit tuvo su último ataque de lucidez al promediar las tres de la mañana de aquel 13 de agosto de 1946, mientras su vista se poblaba de alas de murciélagos que se batían en retirada contra el tenebroso amanecer. Era una fecha significativa para el mago, mas, como casi todos los aspectos valiosos para sí mismo, la guardaba muy dentro, acaso donde habitaba la clave de su alma a la que nadie pudo acceder y ni siquiera vislumbrar.
La puerta definitiva de Jorge Cuesta estaba cerrada y nunca intentó conciliar su profunda verdad con el mundo exterior; por ello, quienes lo conocieron y quienes vinieron después, una caterva de hombres que pretendieron ofrecer a la posteridad un retrato absoluto, repitieron que se trataba del fundador de la crítica literaria en México, que era una inteligencia privilegiada y que, más que poeta, era maestro de poetas.
La única presencia que estuvo con él en casi todas sus horas fue la del maelstrom del pensamiento. Si tan sólo otros hubieran sido los acompañantes, acaso Cuesta Porte Petit habría tenido un tranquilo final, pero en aquel tiempo nadie se atrevía a mirar ni al exterior ni al interior y todo se concentraba en una pasarela de frivolidades, cobería y petulancia. "¿Cuántos siglos han de pasar para que algo primordial cambie?", se preguntó, sentado en la cama, con un drogado dolor en la entrepierna, y concluyó que no habría modo de ser verdadero en un mundo así, afincado en hondas creencias.
En la historia de los grandes magos, no existía uno solo que hubiese cambiado a su época mediante el empleo de sus saberes, y cada uno acabó por transformarse a sí mismo para distintos fines. Estaba cansado de experimentar. La habitación dentro de su cabeza era más grande, fría y elevada que la celda en la que se encontraba en la parte oriente del Sanatorio Mental Rafael Lavista, y en las altas vigas flotaban figuraciones que poco a poco adquirían las formas de una biblioteca monstruosa: el libro del padre aleteaba, de robusto lomo y cabeza de león, capaz de morder a diestra y siniestra. Otros más revoloteaban, incitándolo al odio contra los estamentos de la vida correcta: el cuervo de la educación, el lobo de la poesía y la libido de cabeza, bien sujeta con un corsé psiquiátrico, gritándole a los oídos lo que todo el mundo pensaba de su identidad sexual.
De la boca de un rostro en negro que infinitamente se hería, vino una voz: "Te han dejado una sábana. Úsala antes de que te pongan a vivir dentro de una crujía acojinada, desnudo como un idiota". Entonces, el poeta pensó en el 13 de agosto, una fecha maldita, y se dijo que el cumpleaños de aquella ciudad siniestra también sería, de ahí en adelante, el cumpleaños de su gran Muerte.
Fue así que se colocó la corbata definitiva, blanca y poderosa como una boa, y abandonó aquel cuerpo que tantos dolores le había causado. 🂓
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[Foto: Eric Miralrío]




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