Flagellum dei
- Enrique Montañez
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En 1698, Kristian Frantz Paullini publicó su tratado Flagellum salutis, cuyo contenido lo refiere el propio autor para completar el título a la más pura distinción barroca: “Curioso relato de cómo con azotes todo tipo de enfermedades graves, largas y casi incurables se curan frecuentemente, pronto y bien”.
Los casos recopilados por Paullini de la práctica de la flagelación permiten colegir, según sus palabras, “la obra maravillosa y misteriosa de Dios”. En éstos, además, el placer y el disfrute integran el acto curativo de la fisicoteología del látigo; es decir, la flagelación como ecuación de lo místico-religioso y lo erótico que deviene en cociente terapéutico.
Durante el periodo bajomedieval, prolijo en medidas resolutivas de una ortodoxia delirante, los médicos flagelófilos curaban la melancolía erótica a golpes y varazos; de igual manera, se “devolvía la razón al loco” mediante ese tratamiento. Incluso, Séneca aseguraba que la flagelación sanaba las fiebres cuartanas.
Johann Heinrich Meibom, en su compendio De usu flagrorum in Re Medica et Venerea (1670), efectuó un registro médico del efecto a la vez excitante de los golpes; en especial: “…el éxito de la flagelación de los genitales con ortigas frescas, porque llevan a esa región la sangre y el calor vital de los que carecían”. La erección, aseguraba el doctor de cámara del obispo de Lübeck, Alemania, se produce en correlación con el número y sonido de los azotes. Item: “Ciertas personas no pueden realizar el coito mientras no son estimuladas por golpes de vara. Esta extraña ceremonia desencadena en ellos el fuego de la voluptuosidad de tal modo, que los hace echar espuma por la boca y eleva rígidamente hacia el cielo el órgano que da fe de su virilidad”.
Niklaus Largier, en Lob Der Feitsche, advierte que los médicos citados no asumían la flagelación como práctica sexual o como una perversión intrínseca, “sino como estimulante que mantiene el equilibrio humoral y produce excitación cuando el temperamento es demasiado frío o se han perdido las fuerzas naturales”.
En la disyuntiva espiritual, las plegarias y el flagelo han sustentado una concernencia estrecha. El ritual de lo erótico y lo religioso se escenifica, de igual modo, en el cuerpo, donde el éxtasis tiene su drama verificatis. En la automortificación mística no bastan las palabras; se torna necesario el golpe, la fustigación. La expiación de pecados y el placer tienen su tableu vivant en la piel; el dolor, el disfrute, el grito y el éxtasis trascienden lo corporal hasta acceder a lo álmico.
Un manuscrito medieval de principios del siglo XV, que se atribuye a Katharina von Gebersweiler, resalta la vida dentro del convento de Unterlinden, Francia, de las monjas dominicas que lindaba con la de los santos: pobreza extrema y voluntaria, silencio severo y liturgia rigurosa. Empero, entre estos votos se encontraba la relevancia de la flagelación: “Al final de los maitines todas las hermanas permanecían de pie hasta que recibían una señal, después de la cual comenzaban con la adoración más abnegada. Unas martirizaban su carne maltratándola con la mayor violencia, unas con azotes de vara, otras con látigos y unas más con flagelos guarnecidos de espinas”.
A la manera del tormento sufrido por Cristo, las voluntades exaltadas a través de esta disciplina espiritual, testimonia von Gebersweiler [citada por Largier], eran iluminadas, sus pensamientos se tornaban puros, sus sentimientos ardían, su conciencia se aclaraba y su espíritu se elevaba a Dios.
El flagellum, entonces, como intersección de disertaciones disímbolas: las científico-médicas, ascético-espirituales y erótico-libertinas. En especial, la dicotomía humana del pecado-placer. Espiritualidad y carnalidad hermanadas por la sinestesia: embriaguez de los sentidos que se transfigura en acontecimiento geométrico de sanación [ergo, satisfacción] de mente, cuerpo y alma. 🂓
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[Foto: Eric Miralrío]




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