¿En serio no les parece brillante?
- Carlos R. Trujillo
- hace 1 día
- 4 min de lectura

¿Jóvenes perdidos? Qué sé yo. Adultos insatisfechos, seguro.
Soy de ir adonde me llaman a hablar. Hago un poco la de Borges: voy y hablo de eso, aunque generalmente lo doy vuelta. ¿Dificultades en los lazos amorosos? Sí, claro. Pero terminaremos hablando de femicidios, nuevas derechas y hombres que parecen no sostenerse en nada.
Porque el hombre, vieron, tiene que estar erguido. El ras del piso parece insoportable: ¡gusano!, ¡lamebotas!, ¡arrodillado! Todo un diccionario de insultos para decir que un hombre cayó de la vertical.
Y resulta que ahora se encorvó la tradición, se curvó el poder adquisitivo, se voló la mujer sumisa que garantizaba desde afuera cierta consistencia de la virilidad. Entonces el varón tiene que erguirse solo. Y como no puede andar blanducho por la vida, se pone rígido como un capullo. Duro pero frágil como una crisálida.
Decime si no va a costar así.
Pero este escrito era por otra cosa.
Que los jóvenes, que los jóvenes y que los jóvenes.
Hay un texto brevísimo de Lacan, Nota sobre el niño, dirigido a Jenny Aubry, que en cierta mitología del psicoanálisis parisino dicen que fue escrito en una servilleta. Allí aparece una indicación extraordinaria para pensar la familia. En vez de imaginarla como esa célula originaria, pequeña maqueta desde la cual después se construye la sociedad, Lacan habla de la familia conyugal como residuo.
A mí me gusta esa palabra: residuo. Habría que decirla como la dice el de Mala Fama.
La familia como el techo de chapa donde golpea todo lo que llovió afuera. Como el resumidero donde desembocan aguas que vienen de bastante más lejos. Como el depósito municipal al que van a parar los muebles que nadie sabe dónde meter. Como el placard donde una sociedad guarda rápido aquello que después quiere presentar como un problema doméstico.
Un quilombo.
Ahí aterrizan los fracasos pretéritos y futuros de sus miembros. El desempleo se vuelve “un padre deprimido”; la precarización, “un adolescente sin proyectos”; la transformación de las relaciones entre los sexos, “una pareja que ya no se entiende”; la violencia, una madre que toma clonazepam porque está fundida, “familia disfuncional”; la imposibilidad de acceder a una vivienda, “jóvenes que no se independizan”.
Una época fabrica determinadas imposibilidades y después las manda a casa para preguntarles a las familias qué hicieron mal. Y se culpa al teatrito familiar.
Y entonces: los jóvenes.
Los jóvenes están perdidos. Los jóvenes no se comprometen. Los jóvenes no salen. Los jóvenes están todo el día con el teléfono. Los jóvenes ya no saben conversar. Los jóvenes esto. Los jóvenes aquello.
Mientras nosotros los miramos con esa moral de consorcio paquete de barrio fino con la que queremos vernos pitucos, pero entramos por la puerta de servicio, eh. Ojo, Madelaine, que su apellido es Gómez y carece de segundo.
Mientras tanto, los pibes se organizan.
Arman un grupo. Se ponen de acuerdo sobre quién lleva el JBL —o su copia suficientemente digna—, quién consigue el lugar, quién lleva el cuadernito para anotar los puntos, y andá a saber si ya tienen comisión organizadora, tribunal de disciplina y premio para el ganador del torneo de farmear aura.
Farmear viene del lenguaje de los videojuegos: repetir acciones para acumular un recurso. Oro, experiencia, objetos, puntos. Aura, en el slang contemporáneo de internet, es presencia, prestigio, eso que uno gana o pierde según cómo se planta frente a los otros.
Bourdieu estaría encantado.
Enrique Dussel también tendría algo para decir: estos pibes están creando valor mediante el baile. Y hasta ahí, tampoco vamos a arruinarles el torneo.
La cosa es bastante más sencilla y bastante más rara. Uno baila, hace una pirueta, pone cara de Chad y los otros deciden que ahí pasó algo: ganó aura. Un incorporal, un efecto a ojos de entendidos, una plusvalía, algo que se escapa y cuya única medida posible es la sorpresa o el abucheo del coro.
Sí, un coro griego: no hay nada más clásico que una batalla con coro griego. Nada nuevo bajo el sol: siempre hizo falta alguien mirando para que la pirueta valiera algo.
Farmeo de aura en Grecia, ca. siglo V a. C. Chorós, Dioniso, cuerpos acompasados, y ese mismo algoritmo de siempre: la mirada de los otros.
Y el aura tiene una propiedad maravillosa: el padre no puede legarla. No hay escritura, apellido ni plazo fijo que garantice aura. Se puede farmear aura, pero quién sabe si eso queda. Parece que no.
Se puede estar sin un mango en una plaza y cotizar altísimo. Nadie tiene un papá que pueda firmarle un certificado de aura.
Y claro, escribiendo entiendo algo más: esto va a molestar porque están haciendo valor que no es monetizable.
Estos pibes son unos genios.
El aura no cotiza en bolsa. No hace falta tener plata para ir a competir. El estatuto pasa por tu cara de Chad o tu dedito en la mejilla.
Los pibes están transpirando y tramitando algo en un ritual autogestionado, con mucha garra, riéndose, pasándola bien, ocupando las plazas. Una pequeña economía cuyo producto dura lo que dura una mirada, una pirueta, una cara de Chad, la carcajada de los demás.
Excede las ganas de este ardido escritor hacer una genealogía del farmeo de aura, pero les dejo algunas históricas.
Farmeo de aura en el Bronx. Breaking, cypher, batalla y estilo. Entrar al círculo era poner el cuerpo a cotizar frente a los otros. Bourdieu hubiera tomado apuntes.
Y entonces aparecen los adultos, malcogidos —disculpen, no es un insulto, es un síntoma de época: la gente coge mal o ya no coge— y dicen:
¡Qué pavada!
Qué chiquitos son los grandes, ¿no?
No pueden organizar un paro nacional, la gorda dirigencia peronista, y se burlan de los que vienen organizándose en cada plaza desde hace un tiempo.
Qué chiquitos son los grandes.
Decime, mordisquito, ¿qué le estás enseñando a tu pibe cuando le decís “qué pavada eso”? ¿Pavada? ¿La organización? ¿La amistad? ¿Divertirse sin dinero? ¿Transmutar el movimiento en riqueza?
Pensá bien antes de bardear, porque capaz lo que tenés es envidia, chiquito grande.
Ojalá podamos farmear aura.
Ojalá podamos farmear algo. Cuando todas las vaquitas sean ajenas. 🂓
_______
[Foto: Eric Miralrío]




Comentarios