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Un río que canta para romper una piedra

  • Ricardo del Carmen
  • hace 10 minutos
  • 2 min de lectura

En las trampas de la nostalgia, decía García Márquez, me llegan ciertas palabras que ya no escucho. Mi infancia son aquellas tormentas sin luz en una casita de adobe y tejas, de la masa cueite o payanque, apayanada. El changaite del café. El sabor tetelque de algunas frutas. Luciérnagas titilando al ritmo de un bosque bañado de lluvia. (Ahora titilar se considera un arcaísmo.) El petricor —esta es nueva— que permanece en la punta de la nariz. Cuando llegué a la ciudad, recuerdo que se rieron de mí cuando dije denenante —o endenantes— y sentí pena. En mi adolescencia, preparando el campo para la siembra, aprendí a uncir la yunta para poner el arado. El poder de dirigir a dos bueyes muchos kilos más grandes que tú es satisfactorio.

A veces sentía vergüenza de mis palabras. Hay un clasismo en la corrección del habla —excepto, creo, en la académica— que yo mismo tardé en comprender. Y terminé convenciéndome al leer. Hace tiempo, por ejemplo, me desagradaban las novelas de Anagrama por su español estándar de España; por ejemplo, el uso de la expresión “fue a por café a la cocina”. ¿? Recientemente leía una palabra en una novela de Pombó: sirimiri: una lluvia muy fina que parece no mojar, que empapa poco a poco. Es una palabra propia del euskera. Imagina una lluvia tan tenue y ligera que flota.

Hace tiempo comencé a leer el español en otras variantes: las novelas del chileno Zambra, el acento del caleño Andrés Caicedo, y mi primer choque con lo argentino fue con Un hombre sin suerte, de la portentísima Samanta Schweblin —quizás porque Cortázar, Borges, Pizarnik o Storni son más estándares—, primero con lo divertido —y esencial— que es la palabra bombacha en el cuento, y porque se tilda en argentino: sabés, conocés, podés, llamás, que mi cerebro detectó como nuevas y divertidas. (Schweblin se ha convertido en una de mis autoras favoritas: qué manera de narrar. Su mejor relato/novela corta para mí es La respiración cavernaria.)

Decidí abrirme al conocimiento, premisa elemental de la tolerancia. Preguntarme los porqués, comprender que el idioma es rico y diverso; que el haiga está más lleno de sabiduría, denenante es la voz de mi abuela; cueite, las manos de las mujeres de mi pueblo; huncir, el sudor de mi padre; titilar, las noches más hermosas que he visto en mi vida caminando por la orilla de un río que canta para romper una piedra. 🂓

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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