Recuerdo intocado

Se avecina, lo sé, un dolor que no se irá pronto. Un dolor que anidará en tu cuerpo y, luego, fortificado, soberbio, se ramificará en nosotros. Un dolor que no te salvará de nada, ni te redimirá de nada, ni te hará saldar ninguna deuda. Un dolor que nada más ataca a las criaturas humanas y que, por más que se haga, se torna insoportable, ingobernable. No hay dolor más lacerante que ése, y lo tendremos en casa por un tiempo; ya hemos comenzado a acondicionarle una habitación porque llegará pronto.
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La ley de la probabilidad. La matemática también tiene su parte en lo que está pasando y en lo que está por suceder. Porque, en adelante, hay dos posibilidades: que pase lo que va a pasar (lo que se espera que pase) o que no pase. Y pase lo que pase contigo, con tu cuerpo a merced de esa mancha negra del cáncer, mancha que te abriga y que irá haciéndose de más y más territorio en tus extremidades y esqueleto, de cualquier modo habrá que pensar en la probabilidad, o, dicho de otro modo, todo se reduce a probabilidad: cuánto porcentaje de certeza, por ejemplo, había de que tú, y no otra persona, contrajera el cáncer. Cuánto porcentaje de sobrevida se aplica al tipo cancerígeno que te brotó. Cuánto porcentaje si decides operarte, si optas por quimioterapia, si tiras la toalla o si dejas que Dios, como lo dices confiada, sea quien decida qué habrá de pasar. La espiral del tiempo y el espacio. La ley de la probabilidad es diabólica, sobre todo cuando uno se sujeta a sus porcentajes azarosos y causales y esa sujeción implica que alguien a quien uno quiere transita por la cuerda floja, sin red de protección, sin viga de equilibrio, con los ojos vendados y a merced de los ventarrones de las alturas.
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Ha sido un domingo sin sol. Tal vez recuerde en adelante este domingo más que otros porque hoy, me lo repito para marcarlo en mis adentros como hacen con un hierro candente en los animales, por primera vez sentí que entré en contacto con tu cáncer, si es que eso es medianamente posible. Eres una mujer frágil. Endeble. Sentí tus huesos, tu más honda raíz al aferrar tu cuerpo para caminar por los pasillos del hospital. En tu fácilmente quebradizo cuerpo, en tu cuarteada piel te pareces cada vez más a mi abuela. “Hoy cumple nueve años de que murió mi mamá”, me dijiste cuando volvíamos del hospital.
Y entonces me lo dije yo en la cabeza, al verte: Mi madre está, cada vez más, en el cuerpo de mi abuela, en esa cama en que pasó sus últimos días y en que parecía una rama de un árbol seco. Hermosa. Petrificada. Luminosa.
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Cáncer de piel. Melanoma. La piel cuarteada. Ella cuarteada. La vida, cuarteada toda. La suya. La nuestra. Piel cancerosa, arenosa, volátil, que se desprende de la coyuntura con peligrosa facilidad.
Ayer entré en contacto verdaderamente con tu cáncer. No es que antes no supiera la noticia, el hecho. Pero ayer por vez primera —serán muchas más, lo sé— pude sentir la presencia del cáncer en ti —si es que eso es posible, insisto. Te acompañé a que te hicieran unos análisis. Sonríes, ríes, cuentas anécdotas que tienen su dosis de chiste, de risa franca. Hablas de tus hijos, te quedan fuerzas para eso. Tienes planes, a pesar de todo.
En el Instituto de Cancerología, ahí estabas, ahí tu cáncer en los otros, en los pacientes que esperaban entrar a la sesión de quimioterapia, en los pasillos y, después, en el miedo en tus ojos, en el fondo de lo que sientes, de lo que quieres. Luchas. Tienes miedos. Eres valiente. Sigues mirando el mundo. Lo ves como antes. Lo ves y con tus palabras lo moldeas, lo cambias, lo entregas. Me lo entregas. Nos lo entregas. Y así nos lo vas a dejar.
En ese pasillo, ayer domingo, este primer domingo sin sol de tu cáncer, mientras te esperaba a que salieras del electrocardiograma —hemos iniciado ese periplo de análisis para una posible operación—, pensé que resultaba curioso que un diagnóstico positivo dijera que se tratara de un cáncer maligno. Quizá, pienso, debería ser al revés. Si hubiera salido negativo, paradójicamente, no habría maldad (maligno), pienso. Pero es un pensamiento errático, que se aferra a subvertir una realidad que nos acecha con todo su peso.
Al salir del instituto quisiste caminar por esas calles del barrio de El Retiro, el primer punto de anclaje que tuviste en esta ciudad. En tus ojos había la infancia con la que correteaste por esos rumbos y conociste la ciudad de primera mano tras dejar el rancho para siempre. 🂓
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[Foto: Eric Miralrío]




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