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  • Efraim Medina Reyes

Fragmentos de movimiento




Cada ser y elemento, cada partícula es su propia técnica, basta solo sentir. No hay más técnica de la vida que la vida misma, el resto es solo expresión y consecuencia. Al moverte eres la técnica absoluta del movimiento. Así puedes imaginarte a ti mismo a través de una leve caricia sin recurrir al gesto ni al pensamiento del gesto. Te amo, siempre y en cualquier lugar. Y esta es la caricia que me hago a mí mismo: amarte.


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Toda inteligencia es artificial, se trata precisamente de eso: un truco/artificio. Las hojas caen de los árboles y los pájaros vuelan. Solo quien es muy estúpido se siente real.


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El odio une a las personas en torno a un enemigo común con más fuerza y determinación que cualquier amor y esto basta para retratar la condición humana. Las personas son lo que odian y nunca, aunque se engañen a sí mismas y lo juren mil veces, lo que aman.


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Nos han inculcado el pudor como celda del deseo, el pudor retórico. Mi pudor es algo más íntimo, es vivir lo que siento y entregarme a mis pasiones. Me gusta pensar que mi alma comunica algo más profundo que las consabidas frases y las estrategias de seducción y amor. Quisiera excitar tus sentidos, hacerme inolvidable al menos por un instante, sentir que te estremeces e imaginas como mi sexo despierta al contacto de tu piel y mi carne se hunde en la tuya, que la sientes invadir tus entrañas y una mezcla de temor y placer se apodera de ti. Tu boca entreabierta espera mis labios, tus pezones se hunden en mi pecho, tus piernas se abren ligeramente y me hundo en ti... Escucha mis palabras, siente las caricias invisibles, mis manos aferradas a tus nalgas. El deseo destruye el pudor, es esa su insolencia. Te poseo sin tocarte, mi mente atraviesa la tuya. Eres bella, la chica que he soñado, una cálida mujer sin dueño. Te perteneces y me entrego a ti y me aferro a tu carne, me gustas nena, podría estar mil años con mi verga clavada en tu delicioso sexo, besarte hasta que no quede un fragmento de tu cuerpo por descubrir y volver a empezar. Tu placer es mi delirio, tu voz que se apaga bajo mi voz, tu culo que lamo y describo con la punta de mi lengua. Tus forma se ajustan a las mías, eres perfecta cuando mis manos te dibujan. Te alzo y giro con mi verga hundida en ti, el deseo nos inunda, es más fuerte que la muerte, que los pactos y las fidelidades. Somos criaturas salvajes. Devoro la evidencia, los miedos inútiles, me hundo más y más en tu mojado sexo, te lamo, te enciendo a verga, te beso, te adoro, no hay un final, tu placer se extiende en el mío. No tengo poder ni control, no aspiro al dominio, me dejo ir en ti, eres el elemento profundo, mi única religión. Te amo de una forma desconocida. Un amor sin antecedentes, sin bordes, pleno de misterio y ensoñaciones.


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Escribir es algo muy natural, un ejercicio que todos, más o menos, alguna vez realizan. Lo raro, lo excepcional es leer. Quienes tienen el vicio como lectura pertenecen a una especie fuera del común. Y cuando digo lectores me refiero a quienes, como es mi caso, no pueden resistir un día sin aventurarse en las páginas de algún libro que, por supuesto, no están obligados a leer. Si existe obligación no hay lectura. Siempre han pululado quienes escriban libros y en la actualidad cualquiera puede hacerlo y no contentos con eso, lo hacen. Los pilotos de Fórmula 1, los cazadores de pájaros, la putas con o sin licencia, incluso gente tan limitada como Mendoza, la tía Abad, etcétera, etcétera... logran escribirlos. Leer es otro asunto, siempre fue cosa de pocos y siempre lo será. Quienes leemos somos parte de una pequeña secta. Ni el cine, ni la televisión y mucho menos el teléfono o los celulares, video juegos y todo tipo de cachivaches electrónicos o la llamada Realidad Virtual le han robado jamás lectores al libro. Así que ver dichas cosas como enemigos del libro es estúpido. Por el contrario, deberíamos agradecer que existan tales artefactos y que la gente sea adicta a ellos porque, dada la naturaleza humana, sería peor, mucho peor, sin ellos. La verdad es que los lectores de hoy en dimensión y proporción son los mismos de siempre. La industria editorial y su mercado han logrado, por desgracia, que se escriban y en ocasiones se vendan más y más libros sin que esto signifique más lectores. Los libros comprados, en su mayoría, van directo a la basura sin haber sido abiertos. Quien lee es en sí mismo una religión sin dios alguno y una especie siempre en vías de extinción y a la vez inmortal. Escribir es casi siempre inútil y baladí, la acción, la única acción es leer. ⚅

[Foto: David Espino]

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