La casa de la que no se puede huir

Con la frase «He vagado durante meses dentro de mi hogar», Juan Luis nos introduce en su historia, porque, claro, uno no puede no desear enterarse cómo es eso.
En la primera parte, me parece la voz de un niño-Adán que iniciara un diario. Aunque también sentí reminiscencias de Macario… en este juego lúdico que implica la espera, estar al acecho, aguardar a que salga eso que desconocemos o tal vez deseamos ver aparecerse.
Tal vez el hombre que, al sentirse acosado, comienza a refugiarse en su interior, en este caso en su propia cabeza y en su propio cuerpo. Por eso es ineludible volverse al cuerpo: Nutte nombra el hambre, evacuar, estar a solas, en silencio… estar alerta, volver: el hombre primitivo.
En la segunda parte, o mejor dicho más adelante, hay un cambio en la voz, mucho más madura. Quizá sea a partir del fragmento que se leyó en la página de La Tarántula, cuando habla de la infancia y, sobre todo, de su padre: «Dejó de ver, de hablar, cesó de ver, de dormir, dejó de comer, había noches que lo escuchaba toser y gimotear por la ausencia de su esposa, y un día, dejó de ser mi padre». Y luego, a la par de este episodio, sucede lo inesperado, o quizá lo que ya ha venido contando desde el inicio: la soledad, la privacidad, el ser uno mismo:
«No deseaba poblar mi soledad, ni modificar mis hábitos lectores para dedicarles tiempo a ellas, ni estremecer el plácido celibato de mi hogar. Pero decirles lo anterior a las mujeres era peor que si yo me hubiese confesado adúltero. No comprendieron que las podía amar con fúrica ternura sin compartir la intimidad diaria».
El autor nos revela, a través de un aforismo bellísimo, el sentimiento del personaje dentro de la misma narración, y que viene desglosándolo a lo largo de los breves párrafos: «Soy ajeno en mi casa». Frase en la que engloba, además, esa explicación que iremos siguiendo a través de la lectura de esta novela.
Amante de la poesía y de las comparaciones para referir los hechos del mundo: «El hielo, apenas toca el suelo caliente, se derrite como si cayera en sartén candente». Además, nos regala descripciones que podemos identificar inmediatamente, sentirlas como si recordáramos nuestra propia vida.
Conforme avanza la novela, leemos que se trata del mismo diario que se inició, a lo Robinson Crusoe: «La cueva es más amplia de lo que imaginé». La voz que en un principio parecía de un niño, ahora es la del personaje en su diario. «Regresé al bosque de eucaliptos, tal vez halle más plumas, algún libro, o cualquier objeto que pueda serme útil». El personaje nos involucra en su pequeño mundo de emociones: «Intuyo dónde estoy, en qué parte de la casa, sé qué ruta emprender para llegar a la salida». Pero no lo sabe. Porque a veces, sin uno siquiera proponérselo, no puede dejar de habitar esa casa tan suya, ese lugar que es y sigue siendo la memoria:
«Procuro consignar lo sucedido cada día para no enloquecer, para no rendirme y salir de mi guarida y ofrecerme acabado, hambriento y humillado ante Cordelia».
Cordelia es, en esta historia, la culpable de que el personaje sin nombre nos cuente su historia y el porqué va en busca de una salida. Cordelia es una mujer cuyas características sólo conoceremos a través de la óptica del personaje que narra, y solamente a través de él la veremos transformarse y ser. Cordelia es el nombre de la tercera hija fiel del rey Lear en la obra de Shakespeare. Según Google, la personalidad de Cordelia es muy trabajadora y no escatima en esfuerzos. Es ordenada y disciplinada. Tiene un gran sentido de la justicia y siempre intenta que la gente se sienta a gusto a su lado. Y, al parecer, en la novela de Nutte estas características atribuidas a su personaje sólo cobrarán forma después de terminar de leer la novela. Descripciones de Cordelia que parecen escenas de la vida real: «Ambos nos sobresaltamos cuando Cordelia nos llamó, lo hacía con desesperación, como si temiera perdernos. Bastó eso para que la perdonásemos. Se nos hizo tan querida y frágil, que el gato maulló para atraerla y yo le dije, aquí estamos mi amor».
En este Edén no hay tiempo. Sólo existe uno y es quizá la causa de que el personaje caiga en un aletargamiento de su ser. Con una descripción sublime dirá: «No logro ubicar el norte o el sur, no hay referencias. La luz siempre cae cenital, no hay rotación como suele suceder con el sol según la hora del día. Aquí solo se apaga el sol y la oscuridad lo abraza todo para luego hacerse la luz con brusquedad. No hay ocasos, ni puestas de sol, ni lunas llenas».
Un aspecto a resaltar en la novela y que a mí me pareció asombroso, novedoso, es la forma de ver el tiempo, porque es ver cómo envejece uno mismo: «Tal vez lo único fiel al transcurso del tiempo es mi cuerpo».
Rosario Castellanos dijo: «Matamos lo que amamos». Ahora bien, Nutte crea un personaje que nos muestra esa sensación de no saber por qué se huye del ser amado:
«Jamás dijo con claridad cómo sería su venganza. Es más, creo que ninguna vez amenazó. Yo, en mi afán de salir de casa y de huir de su lado comencé a pensar que se vengaría. Siempre a la zaga, incansable, oculta, pero delatando su presencia, como una sombra siniestra. Tampoco supe qué es lo que deseaba hacer de mí desde que me propuse huir. No creo que sea algo promisorio, no se revela ante mí, siento su acecho y escucho sus gritos e injurias. Quien persigue daña. Soy su presa».
Cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos, siempre llegamos al punto de querer buscar maneras de salir, buscamos eso que nos hace querer huir. Supongo que a más de uno nos ha sucedido. A veces llegamos a inventar excusas, crear pensamientos caóticos para adentrarnos en nosotros mismos y encontrar opciones de escape en caso de que algo de eso que inventamos resulte real.
Con esta novela, Juan Luis Nutte nos regala una prosa de «viento cálido y seco». Otras tantas, húmeda y fría. Nos regala también ganas de querer ayudar, de ser uno con el personaje cuyo nombre desconocemos. Ganas de cuidar al gato, de revivir discusiones de pareja, de amar a Cordelia, de querer comprender algo más, porque siempre hay más…
«Ella se iba casi todas las noches y retornaba al amanecer. Siempre olorosa a humus, como si hubiese estado enterrada en composta y tierra recién excavada. A veces traía en su cabellera ramitas y hojas secas. Su piel emanaba aroma a cedrón. Incluso su sexo exhalaba ese husmo vegetal, promesa de vida. Al retornar de sus correrías nocturnas sus deseos explotaban demandando ser poseída sin dilación, exigía que le mordiera los senos, que la nalgueara hasta enrojecerla, que la embistiera con lenta urgencia y hasta el fondo, pegados, casi fundidos; ella lloraba al sentir mi ímpetu menguado; solicitaba que jamás saliera de ella, que así permaneciera, sin moverme, que me protegería, que siempre estaría en ella y que jamás tendría que preocuparme de nada. Y entonces esa imposibilidad me hacía poseerla con desesperación y nuestra unión nos alejaba con la decepción de sabernos inconfundibles. Así, Cordelia me rechazaba con manotazos, reclamado que jamás conseguía complacerla, que yo jamás podría amarla como lo merecía. Y yo le decía que jamás la había amado, tan sólo la deseaba desde el fondo de mi sexo y mis vísceras. Sólo eso. Cordelia escuchaba mi respuesta y callaba durante semanas, sus atenciones se limitaban a la casa y su mascota».
A lo largo de la novela vamos acompañando esta búsqueda entrañable de uno mismo, tras la huella de la respuesta de eso que perdió y que día tras día agota, harta:
«No quiero ocultarme. Mis nervios, mis músculos, uno tras otro, tensos como cables, se rompen. Le grito, qué quieres, podríamos llegar a un acuerdo, qué es lo que sucedió realmente. El eco arremeda; luego otra vez esa risa, áspera primero, luego aguda y chirriante como daga se hunde en mí».
Y vuelve el extrañamiento por Cordelia al punto de dudar por qué se huye del amor:
«Hay días en los que una sensación de tranquilidad me arropa y entonces pienso en Cordelia con ternura, pienso que no desea nada malo contra mí. Y la pienso frágil y sola; abandonada y vulnerable en esta casa; hermosa y triste y la deseo nuevamente con demandante devoción; quiero verla, decirle que mi casa también es suya y que la habitemos sin acosos. También comienzo a dudar de que ella me haya amenazado alguna vez».
Alejarse del amor implica buscar el nuevo lenguaje que nos haga recordar lo bueno y malo de toda la relación. Desde aquí Nutte teje desde el inicio, comienza a narrar desde los malos momentos que vive y que se encuentra en la situación en la que está por culpa de Cordelia. Sin embargo, conforme la novela avanza, vamos descubriendo la forma de su amor, que no es diferente a todas las demás, a las nuestras, digo: junto a la pareja inventamos lenguajes del amor y en esta novela se refleja verdaderamente el rostro hasta llevarnos al paso último, que es el silencio: «Ahora su silencio es de un cruel empecinamiento, como el del cielorraso o el de las plantas… Todo el silencio que de aquí emana es la confirmación de su presencia».
Huir para regresar.
«la tensión persecutoria a la que me somete Cordelia».
«Me mantiene en vilo no escuchar a Cordelia lanzando amenazas que me advierten de las múltiples formas en que puede lastimarme. Su escandaloso acecho previene su proximidad. Ahora su silencio me desconcierta y estremece hasta las vísceras. Ni una señal que indique su cercanía».
«Cordelia juró vengarse. Y desde entonces no ha cesado de acecharme. No comprendo por qué se ofendió cuando le solté mi descontento por la forma en que trasformó mis hábitos, y sobre todo mi casa, en un jardín hogareño y luego en un vasto jardín del Edén».
«Ningún ser vivo puede soportar tanto silencio».
«El tiempo es lánguido como caracol en los días de lluvia». 🂓




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