La emperatriz
- Analí Lagunas
- 20 abr
- 3 Min. de lectura

Quien esto lea, poca noción tendrá del trabajo que requirió romper la barrera entre mis manos y la escritura. Quizá el periodo más largo que he pasado batallando contra el fluir de las ideas, empeñada en ir cerrando ventanas para evitar el ruido, las distracciones. Qué poco sorprendente resulta que este texto vaya sobre habitar un proceso creativo. El personaje –ése que prometí dejar caer– agotó la paciencia de la escritora, la empujó al borde de un acantilado y, por primera vez, la mujer no tuvo el impulso de saltar.
¿Cómo podría alejarme de la escritura referencial, de la incomodidad que surge cada vez que alguien afirma que eso que escribo carece de ficción?, me pregunté hace casi dos años, cuando comencé a trabajar en un proyecto sobre monstruos. Creí que la mejor manera –en realidad la única– de enfrentar el reto era poniendo bellezas en mi entendimiento. Sacudirme al personaje, mandarlo a la banca, intentar todos los rituales para regresar a la piel de la mujer que me mira desde el espejo. Tensionar la superficie para descubrir las vibraciones, saboreando con calma los recuerdos sonoros que se cuelan por las ventanas. Escribir es escuchar.
La tarde se alargaba cuando el algoritmo lanzó Somebody to Love –me parece innecesario anotar el dato, pero sí, la canción de QUEEN–. Detuve un momento la madeja de pensamientos que enrollaba con ansiedad para prestar atención al coro, a la deliciosa sonoridad de aquella súplica. Qué manera de cantarle a la imperiosa necesidad de sentirse amado, de amar con intención. Más que una plegaria desesperada, un himno a la divinidad encarnada. El proceso creativo como un trance, el sitio de excepción donde suceden los milagros. La música siempre tiene ese efecto en mí: me cuesta mucho respirar fuera de la emoción, me viene la necesidad de atrapar el hallazgo para tratar de entenderlo. La música es la divinidad al servicio de la razón.
(Creer) encontrar una pista, permitirse la experiencia, habitarla lúdicamente con la expectativa de quien va descubriendo(se) a la otredad. Jugar y crear son gemelos.
Dejar respirar el proceso, como la masa que reposa en la mesa de la cocina. Cocinar y crear, como lo hacía Sor Juana –segundo strike; el primero fue esa correspondencia que reconozco entre la poeta y yo: aprender.
El proceso es rizoma, nutrido de tantos puntos, como de estrellas el cielo. Mapear sentires en los paisajes soñados. El proceso nunca es solitario, de alguna forma hay compañía en el silencio de la casa. La casa es el ancla a tierra, el tótem que profetiza la realidad. Estás aquí, me recuerdan las plantas que tienen sed, la ropa limpia que busca su sitio, la voz de Lucio que, a veces, parece lejana.
Hace poco Samanta Schweblin y las preguntas: ¿cuánto cuesta el tiempo para escribir? ¿Una mujer lo puede costear? Y de pronto la lista de lo que me cuesta a mí, este oficio que para Truman Capote era un implacable amo. Busqué la cita en el prefacio de mi ejemplar de Música para camaleones y me resultó tan divertido imaginar cómo lo habría comentado con el círculo más cercano a su intimidad. Truman fuera del personaje, el hombre en pijama, fumando, seguramente despeinado, el hombre vulnerable que, como Freddie, también deseaba ser amado.
Bailar durante el proceso, convocar a la Diosa dueña de la luna y el tejido del destino. Pero aferrarse a la silla, con los pies densudos sembrados en el piso. Recibir el pensamiento: como lo hizo Lee Holloway en The Secretary. Sumergirse en la oleada del recuerdo. Cerrar los ojos y entregarse al placer de conjurar en voz alta el nombre: E. Edward Grey, un hombre construido para generar tensión.
El proceso creativo es como una laguna apacible a la que un par de niños le lanzan guijarros.
Veinte momentos que atraviesan mi escritura y un soundtrack desesperado. 1: el sopor de la rutina. 2: la urgencia de encontrar un pretexto para lo que sea. 3: More Than This, de Roxy Music, que siempre me devuelve al mar, a mi condición amniótica. 4: un encendedor, el que sea, el que pueda encontrar mientras mis pensamientos se agolpan contra el pecho. 5: la prodigiosa diversidad de escenarios que puedo construir apenas mirar por el ventanal. 6: el placer de la soledad. 7: el silencio de una casa que finge estar ordenada. 8: las ganas de ser feliz. 9: creer que todos los días son sábado. 10: el silbido de la tetera a punto de reventar.
11: la voz de un cantante recién descubierto. 12: el desconcierto del proceso interrumpido.
13: perderse en laberintos ajenos. 14: volver sobre la madeja. 15: un poema de Elizabeth Bishop. 16: La abuela. 17: la raíz. 18: la certeza de estar en presencia de algo superior. 19: anotar un nuevo ítem en mi bucket list. 20: Canela Pura, con Sonia López y la Sonora Santanera. ⚅
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[Foto: Gonzalo Pérez]




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