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  • Alejandro Badillo

La guerra y el mal menor


Hace unos días vi un par de videos en la red. En el primero un turista —desconozco su nacionalidad— visita Kiev, la capital de Ucrania. El segundo es de un argentino que viajó, recientemente, a Moscú. A pesar de la guerra y la propaganda, hay grandes coincidencias en ambos videos: la gente parece vivir su día a día en una absoluta normalidad. En una escena, el primer turista graba un cruce lleno de gente e, incluso, visita una tienda de recuerdos especializada en artículos nacionalistas ucranianos y, por supuesto, imágenes de apoyo a su ejército. El segundo turista menciona que, gracias al boicot internacional, los rusos ahora pueden ver YouTube sin comerciales, pues las marcas tienen prohibido anunciarse en el país. Después, visita un antiguo McDonald’s ahora convertido en su versión rusa: “Vkusno i Tochka” (Delicioso y punto). Las cosas, por lo demás, siguen igual, al menos para las expectativas de un turista. Hay problemas para hacer compras en línea, pero no es el fin del mundo para un extranjero.

Mientras los turistas graban sus videos, una carnicería se lleva a cabo en la zona fronteriza. Más allá de la escasez de algunos productos en Rusia o el sonido de las sirenas en Kiev, la gente se esfuerza por aceptar la normalidad que es vendida tras los escaparates de las tiendas y en los menús de los restaurantes. En otras grabaciones, hechas casi en el frente de batalla, los soldados ucranianos muestran cómo la gente de un pueblo camina entre calles destrozadas y restos de casas destruidas por la guerra. No se explican cómo mantienen cierta cordura en un escenario que los puede matar en cualquier momento. Tomamos como normalidad un escenario alterado y, por esto, no se pueden imaginar otras opciones. Cuando la normalidad está a punto de colapsar sólo queda el asombro. Mientras eso ocurre, en Rusia y Ucrania florece el ultranacionalismo y muchos intelectuales dicen que sólo la guerra puede poner fin a la guerra. Esta consigna, repetida desde hace mucho, nos lleva al dilema del mal menor: estamos dispuestos a eliminar al otro para preservar nuestra existencia. Siempre se parte, como premisa incuestionable, de la demonización del enemigo. Lo que ocurra después, caldo de cultivo para que se renueve el ciclo de la violencia, no importa. También, por supuesto, se niega la historia, pues su conocimiento a menudo hace tambalear las visiones maniqueas de los eventos actuales.

Las víctimas de la guerra —la gente que ha probado en carne propia sus desastres— son la última frontera de la normalidad. En épocas de emergencia se invocan valores abstractos, esgrimidos desde tribunas privilegiadas. La realidad la prueban los que no pudieron decidir o no tuvieron suficiente poder. Los habitantes de Moscú o de Kiev están rodeados de un discurso que no es consciente de su responsabilidad al proponer un mundo sin salida. La filósofa Donatella di Cesare refiere que, una vez que se decide violentar al otro por razones de fuerza superior, sólo nos queda nuestra propia virtud y nuestra responsabilidad personal como salvamento. Di Cesare plantea esta mirada desde el torturador y su víctima. La causa justa esgrimida para actuar violentamente no debería ser normalizada, pues una vez hecho esto se legitima un estado de excepción permanente. ¿En qué virtud se podrán refugiar los artífices de la guerra y los propagandistas de ambos bandos? Parecería que la guerra, agotadas las promesas de la sociedad creada por la ideología liberal, es la purificación última, el consenso radical que une a la gente por un miedo real o una fantasmagoría fabricada. Karl Kraus, en uno de sus textos críticos contra la prensa liberal que promovió la I Guerra Mundial, dice que, en cada aniversario de la conflagración, los intelectuales que normalizaron y promovieron la guerra deberían escucharlo leer los artículos que escribieron y, así, enfrentados a la humanidad que entonces representaban —todos sus altos valores— asumir su vergüenza. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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