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La novela que no quiero contar

  • Juan Fernando Covarrubias
  • hace 13 minutos
  • 2 min de lectura

Tengo seis años, empujado por el aburrimiento y atraído por el silencio, los escombros, los muros sin techo y un pasillo que acaba en un túnel oscuro, exploro en solitario un terreno donde están construyendo una casa. El lugar está en obra negra todavía. Entro en lo que me imagino va a ser un cuarto, donde hay una vena abierta a un lado del hueco donde será colocada la puerta. Por lo oscuro tropiezo y mi brazo derecho acaba ensartado en la saliente de una filosa alcayata que quedó olvidada en lo que da la impresión de ser un bordo, o algo parecido. El corte va del hombro hasta el codo y atraviesa el brazo, cortando nervios y articulación. Me veo solo, detenido en un grito que no logro escuchar y una soledad que va amplificándose cada vez más. Salgo de ahí como puedo y corro a mi casa, que dista media cuadra.

Me practicaron una operación de urgencia y, negligencia médica de por medio, a la altura del codo, cortaron los nervios que permiten que el brazo pueda desdoblarse, o doblarse. Desde que tengo uso de razón, esa zona está apeñuscada, como encogida y fija en un eterno movimiento retráctil que no acaba de suceder. Me queda una larga cicatriz que va del codo al hombro y en el reverso una hondura que, si se presiona, se siente el hueso. Dada la blandura del lugar exacto de esa cicatriz, cuyo fin es el promontorio de un hueso, a menudo hurgo ahí y me queda una sensación de estar tocando algodón, o una especie de viscosidad. A lo largo de mi vida me han endilgado una larga nómina de apodos por tener un brazo más corto.

Sin embargo, esto que acabo de escribir no es verdad. Y es que no falta nunca, en una reunión íntima con amigos o ya avanzada una fiesta con suficiente cantidad de alcohol ingerida, que por hacer tiempo, por llamar la atención o por llenar un hueco en una conversación que de pronto se atasca o se torna fatídica, no falta, reitero, quien se ponga de pronto nostálgico y pregunte al que tenga más cerca en el ruedo: ¿tienes idea de cuál es tu primer recuerdo? ¿Lo tienes presente? ¿Recuerdas cuál es esa imagen primera que se te quedó grabada y cuál ha sido su repercusión en tu vida? ¿Cuántos años tenías?

Con toda sinceridad, debo anotar que mi memoria blandengue, acuosa y llena de agujeros como red de pesca, no tiene idea de cuál sea mi primer recuerdo. No lo tengo claro. Esta carencia me ha llevado a inventar este primer recuerdo descrito en el primer párrafo, porque ya se sabe que la ficción es un ingrediente valioso al momento de armar historias si se quiere interesar al interlocutor. Por eso he inventado esta historia y porque efectivamente tengo el brazo derecho de esa forma, encogido; pero contar la verdad de por qué lo tengo así sería tanto como escribir una novela y esa novela no tengo ganas de contarla. ⚅

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Foto: Nin Solís

 
 
 

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