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Por qué sigo los mundiales de futbol

  • Geovani de la Rosa
  • hace 1 hora
  • 7 min de lectura

El primer recuerdo que tengo de un Mundial es viendo a Jorge Campos atajando penales en el 94 en la televisión que alguien puso en el corredor de la casa de mi abuela paterna; y también Brasil ganando esa copa en penales y después me fui a jugar futbol a solas.

Para el siguiente, Francia 98, el profe de sexto de primaria llevó una televisión al salón y ahí vimos los cuatro partidos de México, eliminado donde los futboleros ya sabemos. No me gusta ver futbol por televisión, a mí me gusta jugar, pero estar ahí, en esos últimos días de primaria, junto a compañeras y compañeros, celebrando goles es algo que queda enclavado en los recuerdos. Fue el mundial que más disfruté antes de tener chamacos.

Para 2002, esas madrugadas, ese gol de Jared a Italia muy de mañana en el auditorio de la prepa, ese reunirnos en la casa de mi familia para ver a la selección perder como siempre en el mismo lugar, es una experiencia de vida que para personas futboleras cala hondo. La impotencia de aquel partido frente a Estados Unidos que parecía romper con el techo para aspirar a victorias históricas.

Los recuerdos que tengo de los mundiales están ligados a la Selección Mexicana. Nunca presté atención a Romario, Ronaldo, Kaká, Ronaldinho, Zidane, Buffon y Pirlo cuando fueron campeones del mundo. Para 2006 el único partido al que le presté atención fue el Argentina-México, donde se jugó como nunca y se perdió como siempre. Era mi etapa de andar jugando por todo Acapulco todos los días.

Puedo decir que, de los mundiales a los que menos les presté atención, el más aburrido para mí fue el de 2010. Ahí empezó esa tontería ñoña del futbol arte y demás perogrulladas de lo políticamente correcto que han llevado al futbol a la situación elitista y capitalista en la que ha derivado radicalmente hoy en día. Yo, experto en apuestas, esperaba que Holanda ganara y por poco le atino. A partir de entonces me di cuenta de que, posiblemente, nunca veré convertirse a México en una selección de primer nivel.

En Brasil 2014 venía de camino mi primer chamaco y ahí sí me eché muchos partidos, con mi compañera embarazada, que no le gusta el futbol y se vuelve futbolera sólo en los mundiales. Ver al Piojo Herrera como director técnico fue todo un espectáculo y no vi la aburrida final en la cual un europeo por primera vez ganó la copa en suelo americano.

Para 2018 lo viví con más intensidad, más porque con unos compas apostamos quién sería campeón. Fui con Francia, exceso de talento pero con un director técnico parco, pragmático, cuadrado a lo bestia y que aún sigue en el puesto. Ahora sí le atiné y gané unos cuantos pesos. Además, por vez primera compré un álbum Panini que medio llenamos con mi hijo mayor.

Desde el mundial del 98 no había vivido con tal intensidad uno como el de 2022, con mis hijos y mi esposa vimos muchos partidos y la final, en la que apoyamos a Francia, y gritamos cada gol de Mbappé y su pandilla y terminamos aborreciendo a Argentina.

Pero en este Mundial siento algo raro, una decepción por eso en lo que han convertido al futbol. El futbolista mexicano está en crisis por los tejemanejes de los dirigentes. La FIFA le ha quitado el espíritu popular a un deporte que nació en el barrio y sólo le importa el capital, el capital y más capital. No se habla mucho de Canadá, Estados Unidos ya sabemos en qué lío está metido, pero por lo menos en México, país apasionado por este deporte, la FIFA pudo haberlo convertido en una fiesta popular. Más allá de las aglomeraciones en algunos puntos y que hasta algunos antifutbol se sientan a ver un partido de la selección, este Mundial es tremendamente elitista y clasista, deja en claro que la FIFA está en contra de cualquier mensaje sociopolítico y, aunque Infantino, su presidente, diga que no son los dueños del mundo, sí presionan a los gobiernos, como al de izquierda mexicano, para no permitir protestas pacíficas en sus lugares de entretenimiento. Tampoco se permiten expresiones reivindicativas de ningún tipo —como lo hicieron con la playera de Haití donde llevaba impreso un mensaje en torno a su independencia—, además de no proteger a sus propios deportistas, árbitros y trabajadores ante la xenofobia violenta de Trump, que se prevé que haga cacería de migrantes en los estadios. La FIFA ni pío dice, mientras el capital siga llenando sus arcas. No en vano el 75% de los partidos se harán en territorio gringo y desde cuartos de final chao chao a Canadá y a México, muchas gracias por maquillar el negocio real.

Sin embargo, dejar de seguir el Mundial y no disfrutar partidos, desde mi punto de vista, es entregarle por completo el futbol a la FIFA, cuando no es dueña del Mundial, de los futbolistas, de las historias y emociones. ¡La FIFA no es dueña del futbol! Qué paradoja: ver un partido es darle más poder a este ente transnacional.

Disfruto ver jugar a Francia o Portugal. Qué divertido será si Colombia y Marruecos se vuelven protagonistas o si Ecuador —precisamente castigada por los dueños del futbol— llega más allá de lo que se espera. De México puedo decir que tiene jugadores normales, se ha dejado de apostar por la cantera y por el juego en equipo, y tiene un director técnico que se pasma y tiene miedo de cambiar sus reglas, aunque el equipo rival juegue con dos jugadores menos, como lo mostró en el partido inaugural. En el siguiente partido se verá si México será capaz de jugar esos octavos de final en el Azteca, probablemente contra Inglaterra o un equipo duro. Lo que se vio hoy no augura nada bueno.

Y alrededor del futbol hay un ruido que deja en claro que para que se transforme para bien la vida pública de este país faltan algunos lustros. Nadie quiere escuchar y todos luchan por el capital.


Julián Quiñones, la cuestión negra y la cuestión racista

Tras el gol en el partido inaugural del Mundial 2026 de Julián Quiñones, las redes sociales se llenaron de publicaciones donde la gente lo felicitaba y lo presumía como talento costachiquense, principalmente de Cuajinicuilapa. Cada quien tomará como quiera esas alusiones, pero qué orgullo sería si Quiñones fuera de la Costa Chica de Guerrero y de Oaxaca, donde hay talento y falta superar una barrera extraña para convertirte en un deportista profesional. Conozco a muchos que les ha costado superar esa barrera, quizá se deba a cuestiones multifactoriales. En algún momento debe romperse, aunque los dueños del futbol en México, en lugar de ir al llano a buscar talento y pulirlo, prefieren ir por el talento ya formado, como los mexicoamericanos que pronto serán mayoría en la “Selección Nacional”, quienes también son evaluados con un lente más severo que a los nacidos en territorio mexicano.

Quiñones nació en una localidad llamada Magüí Payán, en el Pacífico colombiano, una franja habitada principalmente por población negra. Apenas tenía 17 años cuando llegó a México en 2015 y tras algunos torneos irregulares se asentó y se convirtió en figura de la liga local. Cuando Colombia lo buscó para representar a su selección, el mismo Quiñones rechazó la oferta y dijo que quería jugar con la camiseta de México. Su integración a la Selección Mexicana no fue nada sencilla, principalmente por su color de piel, hasta el propio entrenador actual —que se siente europeo de cepa pura, ‘Vasco’ lo apodan por su ascendencia— dudaba en llamarlo a pesar de la trayectoria que ya tenía. Quiñones juega en la liga árabe y terminó como líder goleador de esa liga por encima de figuras globales, como Cristiano Ronaldo, pero se le exigió aún más trabajo para que el entrenador lo tomara en cuenta y pues resulta que fue la figura en un partido muy flojo de este Mundial inflado con cuarenta y ocho equipos.

Sin embargo, la xenofobia y el racismo continúan. Se le recuerda que no es mexicano de nacimiento y eso, para algunos nacionalistas y conservadores, obliga a que Quiñones juegue siempre bajo presión, ser el mejor de todos, cuando, según la ley, es un mexicano más y se le exige como si no lo fuera: ¿que no todas las personas de este país tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones? Discriminación se le llama a eso y qué hipocresía en el país donde a cada rato se repite que “un mexicano nace donde se le da su chingada gana”, una frase que a veces vale y otras no. Cada quien.

Retomando la Costa Chica, hay que decir que la cuestión racista y, sobre todo, asumirse como negro no es fácil, es muy compleja resolverla, más tras siglos de discursos colonizadores para que muchas personas aspiren a tantas cosas, menos a asumir su identidad.

Sobre Guerrero y el futbol, se puede decir que hay talento para jugar este deporte, sin embargo, el aprovechamiento está focalizado en Tierra Caliente, que quizá sea la región de donde han salido más futbolistas profesionales. En la lista de convocados a este mundial está uno, Orbelín Pineda, guerrerense y calentano.

Y me sorprende que el futbol, un deporte denostado por muchos de alta cultura, desate este tipo de discusiones mostrando que el deporte también es espejo de la realidad que se vive. Por eso Sócrates, aquel habilidoso futbolista brasileño, siempre será un ejemplo de lucha social desde las canchas al usar el futbol como plataforma de protesta contra la dictadura brasileña en las décadas de los 70 y 80, cuando la FIFA aún no prohibía los mensajes políticos desde una cancha y ahora viola, al amparo de los Estados, el intrínseco derecho de la libertad de expresión.

En fin, más futbol y menos racismo y que se vaya la FIFA. ⚅

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Foto: Nin Solís

 
 
 

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