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Lenguaje y carne: el pulso de Mala resina

  • Diana Laura García
  • 15 abr
  • 3 Min. de lectura


Con esta reseña del libro de Paul Medrano (UANL-2025) inauguramos esta nueva sección donde incluiremos críticas y comentarios a libros de autores guerrerenses. ¡Buena lectura!



Pescado, mar, mangos, los karkis y Bertín y su Condesa: es lo primero que encuentras llegando a la costa de Guerrero; por ello, esta obra visualiza lo que es la vida a pie de mar. Medrano recopila palabras llamadas regionalismos que distinguen a los pueblos de Guerrero; estas palabras han sido catalogadas como algo desafortunado en nuestra lengua, cuando verdaderamente son nuestra esencia. En Mala resina, de Paul Medrano, el lenguaje no solo nombra el mundo: lo respira y lo deja adherido a la piel, como un calor que no se disipa. Cada palabra parece surgir desde un lugar hondo, cargada de una experiencia que no necesita explicarse porque se reconoce en su propio ritmo. No es un español que busque ordenarse, sino uno que fluye con cierta aspereza, que se quiebra apenas y vuelve a levantarse, como si en esa inestabilidad estuviera su fuerza. En esa forma de decir, el libro encuentra su centro: una lengua que no representa, sino que encarna.

Los cuentos que componen Mala resina avanzan con una calma engañosa. Todo parece desenvolverse en una cotidianidad casi inmóvil, pero debajo hay una tensión que no se nombra del todo. Los personajes habitan espacios, cerrados o abiertos, que, sin importar su forma, comparten una misma densidad: algo los contiene, algo los mantiene en un estado de espera. No ocurre necesariamente lo extraordinario; lo que se transforma es la mirada. Un gesto se prolonga más de lo habitual, una pausa pesa más de lo que debería, y ahí, en ese mínimo desplazamiento, el relato encuentra su intensidad. Y cito:

“Aquí la vida no es buena ni mala. Solo pasa y ya. Uno se acostumbra. O al menos eso crees. Por suerte ya no estaré vivo para cuando vuelva a pasar el cometa.”

Hay en estos cuentos una insistencia en lo corporal, pero no como exceso, sino como una presencia constante. El cuerpo aparece como un territorio donde se inscriben el deseo, el cansancio, la incomodidad. A veces es lo único que queda cuando las palabras no alcanzan. Por eso el lenguaje no describe, acompaña. Se mueve al ritmo de esa experiencia, se ajusta a su respiración, como si cada frase estuviera midiendo la distancia exacta entre lo que se siente y lo que puede decirse.

El entorno, especialmente la costa, no se presenta como paisaje, sino como una atmósfera que lo atraviesa todo. Hay una sensación persistente de calor, de lentitud, de algo que se acumula sin terminar de estallar. Esa presencia no interrumpe, pero modifica. Los personajes no reaccionan a ella de forma evidente; más bien, parecen formados por ella. Su manera de hablar, de moverse, incluso de callar, está atravesada por ese ritmo que impone el lugar. Y cito:

“En cuanto descendimos del autobús Flecha Roja, el calor nos cacheteó a mansalva. Volteó a verme con cara de ‘mejor hubiéramos ido a la huasteca’, porque esa fue la otra opción que le di, pero no dijo nada porque ella había escogido el mar: ‘quiero quitarme un poco lo pálida’, arguyó. Sin el embalaje romántico del primer viaje, ahora esa ciudad lucía tal cual es: sucia, vetusta y gris. Sin chiste. Un vil retrato de nuestra relación.”

En medio de esa contención, los cuentos encuentran su forma en pequeñas rupturas. No son giros dramáticos, sino desajustes casi imperceptibles que cambian la dirección de lo que se venía sosteniendo. Algo se dice de más, o algo no se dice a tiempo, y entonces el relato se abre hacia una zona más incierta. Ahí es donde el libro se vuelve más preciso: en ese instante en que lo cotidiano deja de ser suficiente para contener lo que ocurre.

Mala resina no busca resolver ni cerrar sus historias. Más bien, las deja en un punto donde siguen respirando, donde algo queda suspendido. Esa decisión le da al conjunto una continuidad particular, como si cada cuento fuera una variación de una misma sensación. No se trata de repetir, sino de insistir, de volver sobre una misma materia desde distintos ángulos hasta hacerla más densa, más compleja. En Mala resina se habla con la verdad, con un titipuchal de verdad; se habla de personas como el Neneke, quien es uno de los nadies, los ningunos.

Así, el libro se construye como una experiencia que no depende solo de lo que cuenta, sino de cómo lo sostiene. El lenguaje, los cuerpos, el entorno: todo parece moverse dentro de una misma lógica, una misma respiración. Leerlo es entrar en ese ritmo y dejarse llevar por él, aceptar que hay cosas que no se explican del todo, pero que aun así se sienten con claridad. Y es en esa claridad, discreta pero firme, donde Mala resina encuentra su permanencia. ⚅

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