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Meditaciones sobre el lector ideal

  • Federico Vite
  • hace 49 minutos
  • 5 Min. de lectura

Cuando voy a la presentación de un libro me pregunto si los que están ahí reunidos forman parte del enigma que, para efectos prácticos, denominamos “público lector”. La cosa se enrarece si agrego algunos aspectos, pues los asistentes a estos convites literarios suelen ser familiares o amigos del autor, pero ese vínculo no los convierte en lectores. Ahí están, no sé si lean al escritor, pero lo acompañan y eso, a estas alturas de la vida, ya es bastante. Al presenciar esas faenas, me inquietan otras cosas: ¿qué es un lector para un autor del sur del país? La respuesta no es obvia, porque los lectores tienen puntos de encuentro, asisten a librerías de manera regular y suelen conversar sobre sus lecturas (por lo menos donde yo vivo las cosas son distintas e incluso apocalípticas en esta materia).

Quizá el rasgo más atractivo de los lectores es que opinan sobre sus lecturas; gracias a esas conversaciones se afina el criterio para valorar un libro. Suelen ser francos en cuanto a los textos que conocen de primera mano y critican con furor. Si están en una presentación de libro, por tanto, pueden ser lectores del autor, pero insisto en la primera idea: acompañan al escritor en un acto público que también puede entenderse como un ritual de paso; pero de todos esos acompañantes que están ahí, de verdad, ¿hay lectores de ese autor? Yo soy optimista. Por tanto, me atribula otra interrogante: ¿qué esperan del autor los lectores? Dicho de una forma mucho más clara, ¿qué esperan los lectores de un autor que les gusta? ¿Que repita eso que a ellos les satisface?

Hace treinta años, cuando el Centro Internacional de Convenciones no era un hospital de facha militar y ejercía magnetismo como epicentro cultural de gran convocatoria, fui a una presentación del libro La contracultura en México, de José Agustín (1996). Asistí como espectador y puse atención al tinglado entre intelectuales porteños, periodistas, escritores en ciernes, escritores laureados del puerto, lectores y aduladores de José Agustín (que eran bastantes por aquellos años), pero, en especial, atendí eso que ahora me pregunto con insistencia: ¿qué esperaban los lectores de él?

Puse atención a los comentarios de los presentadores, a los señalamientos de la moderadora y, sobre todo, a lo que dijo José Agustín, cuya esencia estaba relacionada con algo que él, de manera genuina, definía como un elemento de vital importancia para cualquier joven de los años noventa: conocer la historia contracultural de México. La moderadora miró al público y preguntó si alguien quería tomar la palabra para hacer algún comentario. Levanté el brazo y, desenfadado, como siempre he sido, le pregunté algo que iba más o menos en este tono: “¿No cree que ya se ha repetido bastante en sus libros? Utiliza el mismo recurso de la voz jovial para ganar lectores y me parece que ya es algo manido”.

Escuché un zumbido —eso que sacude a la gente cuando reprueba un comentario— en la sala del teatro Nezahualcóyotl. Después, la mirada de los presentadores cayó sobre mí. José Agustín tomó el micrófono y respondió, sin molestia en el tono de voz: “Sí, puede ser que sí”. La conversación tomó otro giro; de inmediato pidieron la palabra algunos promotores culturales para decir que a ellos les gustaba mucho cómo escribía José Agustín y lamentaban que la misma gente de Acapulco criticara a los autores acapulqueños (¿cuántas veces no se ha oído ese mismo berrinche? ¿Cuántas veces me han dicho que no soy de Acapulco y por eso hablo de más?).

No fue la última vez que yo conversé con José Agustín; le dediqué varios artículos en sus diversas facetas: guionista cinematográfico, comentarista musical, narrador y dramaturgo. De hecho, yo era reportero cultural en Puebla cuando él tuvo el accidente en el Teatro de la Ciudad y lo visité en el Sanatorio Español. ¿Por qué seguí opinando sobre él? Bueno, la respuesta es obvia: soy su lector; lo fui desde antes.

Asistí a esa presentación en el Centro de Convenciones, cuando yo era joven, porque quería oírlo y lo logré. Tuve algunas desavenencias después por ese incidente, pero eso ya no importa: nunca importó. Al final me sentí recompensado, porque escuché de primera mano al autor y asumí la lección de aquel momento: “Los lectores somos exigentes y cuando queremos ver a un autor cuya obra nos agrada deseamos que sea, por lo menos, honesto en las respuestas”.

Hay más preguntas que bordean lo que pasa en el mundo ilustrado cuando se pone en perspectiva el ritual de paso de una presentación de libro. ¿Vale la pena para un autor acercarse a la gente que lo lee? Claro, hay una experiencia irrepetible en cada presentación, pero el motivo por el que se siguen realizando estas actividades es simple: ampliar las posibilidades de que el público conozca al autor y, por supuesto, al libro. Dicho de una manera más simple, la gente que va a las presentaciones de libros tiene como única meta atender al autor; en segundo plano, a la obra. Y lo curioso es que a veces la obra no la lee ni el presentador —pero eso es harina de otro costal—.

El libro siempre requiere de apoyo —un esfuerzo mayor aparte de haber sido escrito—, ya sea con un acto protocolario muy parecido al trámite del INE antes de las votaciones o, en el mejor de los casos, protagonizar una ceremonia idéntica al bautismo. Yo entiendo así las presentaciones de libros, como un bautizo. Pero nunca me he hecho la pregunta más común de todas: ¿quiénes son mis lectores? No lo sé y, aunque suene a perogrullo, también refiero que no tengo en la mente una imagen de mi lector ideal, pero sí una anécdota ilustrativa.

Hace algunos años di una lectura en el Cereso de Acapulco y, como no tenía otro libro a la mano, me llevé Bajo el cielo de Ak-pulco (ya sabe, una historia de policías, delincuentes y muchas armas) al Cereso. Una vez que pasamos los filtros de seguridad —que a mí me recordaron por muchas razones la aduana de Cuba— empezaron a llegar los reclusos. Di lectura a un par de capítulos. Oí gritos, aplausos y uno que otro chiflido. Del público me empezaron a decir: “No, no, no. La historia de la Liberty negra acabó de otra manera, yo iba ahí”. Alguien más gritó: “Yo también iba ahí”. Y entre ellos chocaron los puños, festivos y alocados.

No quise agregar nada, porque yo escribí una novela de ficción, pero ellos, presos por tráfico de drogas, me decían que iban en esa Liberty negra y que así no acababa la historia. Alguien se sumó al coloquio, pero fue una opinión jocosa: “Ustedes no acabaron aquí por esa Liberty, no sean lisos”. Nadie agregó algo más; yo retomé la conversación. Vinieron los aplausos, regalé algunos ejemplares y escuché un comentario más, venido de un preso de avanzada edad: “No iban en la Liberty negra, ellos mataron al protagonista de tu libro, por eso están aquí”. No sé qué le parezca a usted; para mí todo aquello fue un bautizo grandioso. ⚅

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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