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Mi novia perfecta

  • Jesús Campuzano
  • 20 abr
  • 3 Min. de lectura

Iba vagando por una calle desconocida cuando, al dar la vuelta a la esquina, una riada de gente histérica me envolvió. Quise luchar contra los apretujones y hasta tuve que hacer uso de mi altura al tratar de escaparme colgándome de una red que había en el túnel que daba acceso a un lugar escondido. Pero todo fue en vano. Fui llevado a un recinto donde al centro había un ring y me quedé para ver el espectáculo, que yo pensé sería muy bueno, pues todos buscaban asiento con ahínco, abarrotando el lugar.

Me senté entre un niño con carita triste y una giganta vestida de luto. Y me sentí afortunado porque eran los únicos que no gritaban.

El que más gritaba era un regordete chaparro, al cual era más fácil brincar que darle la vuelta. Recorría las gradas de arriba abajo canturreando no sé qué pregón. Llevaba puesta una diminuta camisa que algún día fue blanca y que lograba cubrir sólo sus tetas, dejando al desnudo su abultado vientre y un ombligo ennegrecido lleno de sal y chile. Sus pantalones eran de pana café y usaba huaraches de correa. Bajo su brazo derecho llevaba un canasto con pepitas, pistaches, cacahuates, muéganos, salsa Búfalo y Valentina. Y bajo la axila izquierda (la axila, repito) llevaba papelitos de estraza con los cuales hacía conitos a una velocidad deslumbrante, llenándolos de sus barbaries.

La giganta finalmente habló y me dijo:

—¿Es tu primer concierto?

Me dio miedo responder porque su voz era gravísima. Además, sus manos, sus pies y todo en ella era muy grande; y mi miedo se acrecentó al ver su rostro, que era verdaderamente bello, tan inusual y hermoso que supe que me iba a enamorar de todas sus sorpresas. La primera de ellas fue que sus ojos eran de diferente color. El izquierdo era tan gris, casi blancuzco, como el de los lobos siberianos y el derecho color violeta, como las bugambilias cuando las traspasa la luz del sol.

Me extendió su mano, que envolvió la mía como si fuera un pulpo, y me dijo:

—Me llamo Clara.

Sus manos eran extraordinariamente bellas y aun ahora que las recuerdo algo dentro de mí se derrite. Tenía seis dedos y eran los más bonitos que nadie jamás hubiera visto, aun cuando esta rareza parezca atroz. Si pudiera, las hubiera esculpido para dar testimonio a la eternidad de esas hermosas manos y esa docena de dedos.

—¿Quieres ser mi novia? —pregunté.

—¿Quieres que te destroce? —respondió ella.

Y yo no pude más que besarla allí mismo.

Encontré una novia perfecta. Gigantismo, heterocromía, polidactilia e inteligencia juntas.

El niño con carita triste comenzó a croar y el resto del público lo imitó. Supe que era la música nupcial de nuestra boda.

El gordo chaparro hizo un vestido con sus papelitos de estraza y lo emblanqueció con cal. Le quedó muy bien, pues tenía muchas puntas cónicas y hasta el tocado y el velo eran puntiagudos. Clara dejó el luto atrás y aceptó casarse conmigo más por vanidad que por convicción.

Nuestro sueño fue muy corto; no fuimos felices por siempre. Pues no sé si ustedes sepan que los gigantes están condenados a una existencia muy corta, y los verdaderos poetas, a vivir el dolor de la pérdida. ⚅

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[Foto: Gonzalo Pérez]

 
 
 

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