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¿No iba de esto la literatura?

  • Geovani de la Rosa
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

La literatura podrá no ser la última maravilla del mundo, pero sí un artefacto capaz de conectarnos con lo que somos, con lo que fuimos y con lo que nos queda de presente. En ocasiones basta con abrir un libro para sentir que estamos metiendo la mano en un cajón lleno de recuerdos: la libreta escolar con manchas de café, la foto doblada que guardamos sin razón, los boletos viejos de un cine ya demolido. Voces, olores, cosas que creímos perdidas, de pronto regresan. No se trata de solemnidad ni de alta cultura. Son esos destellos que, como la memoria involuntaria de Proust, despiertan sin tanta ceremonia. El sabor de una galleta barata, el olor del patio cuando llueve, una canción desafinada que nunca aprendimos bien y que se coló en una novela.

La literatura, en ese sentido, tiene algo de trampa y de espejo. Nos obliga a mirarnos cuando no queremos y, al mismo tiempo, nos ofrece la excusa perfecta para huir. ¿Cuántos no hemos abierto un libro para escapar de lo cotidiano —del ruido de la combi, de la espera en la fila del banco, del insomnio en la madrugada— y terminamos encontrándonos de frente con nuestra propia sombra? Julio Cortázar lo sabía bien. El argentino escribía para desacomodarnos, para que un cuento se metiera bajo la piel y nos hiciera preguntas incómodas.

Uno puede leer también para divertirse y pasar el rato. Ahí está el punto. No todo tiene que ser épico. Roberto Bolaño decía que los grandes escritores son los que nos enseñan a leer a los pequeños, como si la literatura se sostuviera en esa cadena de afectos, de guiños, de influencias invisibles. Lo que importa, más allá del tamaño de la obra y de la fama de quien la escribió, es el vínculo que se establece entre lo que está en la página y lo que llevamos dentro.

En ese vínculo hay nostalgia y presente. Los jóvenes leen para reconocerse, para ver qué tan ridículo o qué tan verdadero puede sonar lo que sienten. Los adultos regresan con terquedad a ciertos pasajes para recordar cómo era ser otro: ese adolescente que subrayaba a Sabines con rabia en la banca del parque o esa muchacha que copiaba a Benedetti en hojas arrancadas de su cuaderno escolar. De pronto, esos versos que parecían inofensivos vuelven cargados de memoria, como si hubieran estado esperándonos todo este tiempo.

Al final, leer, además de ser el motivo por el cual algunas personas coleccionan títulos en un estante y presumen nombres difíciles en una conversación, se trata de un acto mínimo, cotidiano, doméstico: abrir un libro y sentir que alguien nos habla desde otra época, desde otro lugar, y que esa voz, por más lejana que parezca, dice algo que todavía nos toca. Esa conexión, ese hilo invisible, es lo que hace que volvamos una y otra vez a la literatura.

¡Qué curioso! Aunque no sea la octava maravilla, la literatura nos sigue moviendo, como si cada página fuera un pequeño dispositivo de memoria, un recordatorio de que fuimos, somos y seguiremos siendo vulnerables, nostálgicos y tercamente humanos. Quizá de eso iba desde el principio: de ayudarnos a mirar con más atención el desastre, la belleza y el desorden de lo que somos.

Eso sí, compren libros de personas vivas, porque los muertos ya no pagan renta. ⚅

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[Foto: Eric Miralrío]

 
 
 

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