No me queda tiempo para escribir
- Ximena Franco
- hace 16 minutos
- 2 Min. de lectura

ADVERTENCIA: no voy, jamás, a terminar de escribir este texto. No hay tiempo. No es cierto que se escribe en la cocina mientras se guisa, ni en el campo recogiendo jitomates, ni haciendo fila ni cuidando a los hijos. No escribo en todas partes, sobre servilletas, ni llevo conmigo una libreta para que mis sorpresivos versos no se pierdan. Voy aprisa. Estoy agotada. Y por la noche, cuando he dejado todo listo y puedo fumarme un cigarro por fin a solas, tampoco se escribe. Nos mentimos cuando pensamos así; nos han mentido en esos talleres literarios donde se lee mucho la carta de Gloria Anzaldúa.
No escribo porque no tengo tiempo. Porque quiero escribir sobre el mundo pero no queda dinero para recorrerlo. Perdí la práctica de recorrerme a mí misma y el mundo es pequeño ahora: finalmente, todo queda en que los límites del lenguaje son los límites de mis prestaciones sociales. Tampoco voy a escribir sobre aquello que presuntamente me es más cercano: mi cuerpo. Porque no está más cercano mi cuerpo para mí de lo que está mi mente, y ambos los pierdo —si acaso los tuve alguna vez—, después de las diez y media de la noche: un ser difuso, oscuro y terrible les ha succionado su fuerza: el holocausto al salario. Entonces, no voy a escribir sobre mi menstruación, ni sobre mi cesárea, ni sobre cómo mi cuerpo, dicen, se une radicalmente a la tierra, se pudre, se nutre o corre con lobas mientras aúlla la magia que escucha en su cabeza. Si tienes magia en la cabeza requieres medicación, no debe romantizarse. Si lo sabré yo.
Escribir requiere serenidad técnica y capacidad de apreciar la belleza, por lo menos. Eso es mucho. Incluso requiere capacidad para inventar la belleza. Eso es demasiado. Eso es el arte. Pero si tan sólo comenzar a apreciar requiere de la calma, la creación es entonces la culminación del tiempo suspendido. Es una simpleza esperar que puedo hacer una pausa (como dios) para comenzar a crear, sobre todo si la vida transcurre entre el cansancio y la prisa (signifying nothing…); hacer una pausa para “brindarme una experiencia” de… qué sé yo…, ¿las caricias monótonas y cansadas de mi marido?, ¿o de la luz mortecina de la luna que me baña cuando salgo por la leche a la tienda? Les mentimos a nuestros hijos cuando les hablamos de eso. Cuando les aconsejamos respirar conscientemente y resiliencia para reparar un mundo sin rendijas mesiánicas, sin revolución, y casi sin belleza. Escribir requiere hacerse de un espacio y ya no cabemos en ninguna parte. Mucho menos en los edificios de departamentos.
Pero, ¿quién entonces está narrando la historia de nuestro mundo? ¿Quiénes sí tienen tiempo? Y departamentos en las metrópolis y casas de descanso en el campo para escribir. Y becas. Es siniestro. A mí el salario me alcanza para escribir sobre el resentimiento y el fastidio. Son buenos temas. Son excelentes. Son apropiados. Harían textos excelentes para este mundo. Pero siempre quedan inconclusos.
Ahora sí: El texto… ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]







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