Ojos de hombre azul
- Juan Fernando Covarrubias
- 10 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Volví a ver al hombre mucho tiempo después. Ahí estaba, distraído. Si en aquella época me pareció viejo, ahora no sabría decir si lo era. Ya se sabe que lo viejo, como cualquier rasgo en la piel, es escurridizo; es decir, se ubicaba en esa pálida edad indefinible que a todos, en algún momento, nos ataca. Lo vi de pie, en una de las puertas de entrada al Tren Ligero, aferrado al tubo. La barba crecida, el cabello al rape, la mirada abotagada, perdida; todo, como en aquellos días. Hice a un lado el libro para mirarlo. Pensé que tal vez pudiera reconocerme. En un momento de desvarío, incluso, quise hablarle. Lo pensé de nuevo. Sería una locura presentarme, decirle que yo le compraba libros en aquel puesto que estaba siempre a punto de caerse, entre otros de ropa, enseres domésticos de segunda mano, fruta, herramientas usadas, gorras de béisbol y chácharas. Desistí de mi intención.
(Volví a la lectura:
—Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
—Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules.
—No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa).
El hombre, un par de estaciones antes de la que yo bajaría, se encaminó hacia uno de los túneles de salida. Respiré. Su andar era cansado, como si arrastrara los pies, aunque en realidad los hiciera deslizar quedamente. Lo miré por los cristales cuando la puerta cerró. En una ráfaga volteó. Sus ojos encontraron los míos. O quizás, más bien, los encontré yo después de un rato de estarlos procurando. Un brillo ínfimo, fugaz, me hizo imaginar que tal vez me recordaría. Alcé la mano a modo de despedida. No devolvió el gesto. No hizo nada. Su rostro era duro ya. Había abandonado la quietud. Miró de nuevo al frente. En una de sus mejillas seguía brillando la tajada. Era una cicatriz que iba de la oreja a la comisura de la boca, del lado izquierdo: ondulaba, reptaba, parecía abrir y cerrarse. No había querido hacérsela. Era joven. Pero lo hice. Pasó por uno de los torniquetes y, mientras el tren ya iba ganando velocidad, lo último que vi fue su espalda.
(En la lectura:
—¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
—Ah, qué mañoso es usted…).
Es curioso, pero ese libro de Octavio Paz que llevaba en las manos a él precisamente se lo había comprado. Ahora me da risa recordar su manera de convencer al comprador: abría el libro, leía el precio que él mismo había anotado en la primera página —siempre a lápiz—, le restaba el cincuenta por ciento y luego añadía un treinta por ciento de descuento más —todo en voz alta, sumando, restando—. Sus precios, con toda esa operación deslumbrante, no resultaban baratos, sino apegados a un costo justo. Es decir, se trataba de una faramalla distractora que, a los más, convencía infaliblemente.
Fui uno de esos incautos del engaño matemático. Por un precio que consideré estratosférico —por eso fue la discusión, que luego mutó a disputa y, al fin, a enfrentamiento en medio de aquellos puestos y los gritos de vendedores y compradores—. La navaja estuvo siempre en la mano. Ni me pasó por la cabeza que la usaría, que él me empujaría a tal cosa y que yo, dócil, cordero alebrestado, le daría gusto.
(No como esa frase de abandono de pelea que asoma como clímax y resolución de lo que leía en el tren:
—Pues no son azules, señor. Dispense). ⚅
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[Foto: David Espino]







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