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  • Enrique Montañez

Risus capax


La risa es fruto del azar, tal como el pensamiento filosófico, que está hermanado con el sino del arlequín, o del mimo que duda, atribulado por la incertidumbre, quien vacila sobre la cuerda como un acróbata, glosando a María Zambrano.

Aristóteles lo manifestó: “El hombre es el único ser viviente que ríe”. En este sentido, la risa es el elemento preciado que nos distingue de los animales y de las entidades seráficas, pues a decir de autores medievales, y ciertos clásicos, el ser humano se halla en oposición a los animales como ser racional (animal rationale) y por oposición a los ángeles como ser mortal (animal mortale).

Julián de Toledo, el gran teólogo, erudito y poeta de la Hispania visigoda, en su obra seglar Ars grammatica, plantea que con los ángeles compartimos la racionalidad, lo cual nos diferencia de las bestias; sin embargo, con éstas nos vincula la mortalidad. No obstante, la risa nos escinde de ambos y nos individúa.

La risa, ese regalo de la divinidad, fuerza creadora en su gen satírico y terapéutico, es el método por excelencia del buen vivir. Hipócrates y Luciano, en concordancia con el ya citado Estagirita, aseguran que la risa aviva el alma y potencia el raciocinio. La Weltanschauung renacentista revalida estas cualidades y les afilia un móvil regenerador, poético y polémico.

El último criterio enlistado propio de la risa también presupone controversia, disputa, lid, porfía. Platón, en la República, advierte respecto al peligro que encarna, en especial si se trata de philógenos, es decir, gente pronta a reír, pues la risa acucia la rebeldía y el caos. Atenta contra cualquier autoridad, sea política, eclesiástica y civil; erosiona su seriedad ritualista.

De las cuestiones en realidad importantes sólo se puede hablar más que de manera cínica o con el lenguaje de los niños, considera Nietzsche. Por tanto, colegimos, la risa es una vertiente humana, como la filosofía, para elucidar la verdad, lo real: ridendu dicere verum.

Mientras que la tristeza se asocia a la pesadumbre y la oscuridad, la risa se vincula con la luz [devenir del conocimiento], y para Demócrito, el filósofo que reía, sólo del conocimiento y del placer que éste procura es factible que la risa rezuma, indicio de que, a decir de Hegel, tenemos criterio, “pues nos muestra que sabemos comprender las leyes del contraste y acertarnos a darnos cuenta de ello”.

Debido a su carácter disruptivo, ya que “representa la ruptura de lo homogéneo”, los Estados medievales tildaron a la risa como “una expresión amenazadora”, indica Eugenio Garín. Así, el carnaval, como summum de lo ritual cómico, en los albores del Renacimiento funda un “mundo diferente donde el gran milagro del hombre vuelve a encender su flama y a manifestarse”.

En esa época, alude Mijaíl Bajtín, al filósofo se le trasviste y cambia de imagen; se personaliza como mago, sátiro, maestro cínico de vida y de ciencia, médico del cuerpo y del alma.

Por consiguiente, la risa y la fiesta infunden un constituyente renovador que encamina a erigir un orbe mejor y al anhelo de una vida en completitud y más bella. De acuerdo con la aseveración de Aristóteles, la risa despierta la mente hasta el grado de convertirnos en verdaderos humanos cuando reímos.

La risa filosófica, por tanto, a través del pensamiento, del juicio, del discurso [logos], y de la postura frente a todo se convierte en la fenomenología de la realidad, dialéctica interna del espíritu cuyo evento cómico per se suscita un acto ético, mediante el cual el ser se reconoce en su alteridad y procede como existente en un mundo que habita con otros, subsumidos en la ensoñación sempiterna de la búsqueda de la felicidad.

[Foto: Gonzalo Pérez]


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