Varios apuntes recientes
- Analí Lagunas
- hace 11 minutos
- 3 min de lectura

En mis tiempos, el examen de la UNAM se hacía en el Estadio Azteca; al entrar te daban una tabla para que la colocaras sobre tus piernas y recargaras el examen… Eso solía contar mi tío Sergio, el primer hermano de mi mamá que llegó a la vida universitaria. El primero, además, que no quiso ser militar ni comerciante. Y en un pueblo virreinal, esas decisiones hacen eco en la eternidad. A mí me tocó hacer el examen en un salón, sobre una butaca, dentro de una enorme preparatoria incorporada a la UNAM, ubicada en la zona sur de la recién bautizada CDMX. Recuerdo la impresión que tuve al ver las instalaciones de aquella escuela, tan amplia, con ventanales en los salones, un sitio que me pareció el ideal para camuflar la extraña criatura en la que me estaba convirtiendo. Tenía diecisiete años y puedo recordar a la perfección la ropa que usaba, los zapatos y, sobre todo, los amuletos que, discretamente, escondí entre mi ropa, alejados de la vista de mis amigos y de las personas que me encontré en la travesía.
Así de old, como lo enuncian las juventudes contemporáneas, quienes, mientras esto se escribe, se encuentran viviendo en un mundo igual de inhóspito que el que nos tocó habitar, sin importar la edad de quien sí lea esto.
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En estos días he descubierto que la gestión cultural comunitaria tiene mucho que ver con meterse en mitotes solo por ver a las personas felices y orgullosas de sus historias. Porque, sin ellos saberlo, me remiten a mis propias memorias, al recuerdo de la ciudad que fuimos y al anhelo de lo que nos gustaría que fuera este mineral para nuestras infancias y juventudes. Me gusta pensar que el anhelo es compartido por muchas madres y personas cuidadoras, que es la motivación por la que Adri está poniendo su creatividad en un proyecto tan increíble como Nänä Colectiva (https://www.facebook.com/nana.colectiva). Qué ganas de compartir con ella más de todo, que sabe tanto de cuidados como de poesía y el mar. Y escuchar a Lucina, Maricela, Claudia, Ernestina, Angélica, Aylin, Ángela, Sandra, Sofía, Tita, y tantas mujeres que creen en la alegría y el orgullo que viene con las memorias. Al reconocernos en la otredad también hacemos resonar las voces de las mujeres que nos envolvieron alrededor de ese tejido nacido de la identidad.
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La gestión cultural comunitaria como el bordado: hay tramas que requieren tejido fino.
Hoy pude platicar con el Sr. Ramiro, a quien recuerdo como mi primer e inesperado maestro de oratoria. En dos minutos me enseñó a respirar por el diafragma, a dividir las palabras largas y complicadas para pronunciarlas sílaba por sílaba. Sucedió una mañana, bajo el sol que baña el atrio de Santa Prisca; estaba por iniciar el verano y la luz que mojaba los pináculos esa mañana los hacía resplandecer en su antiguo rojo granate, el enlucido usual de la época virreinal. Las primeras veces que hablé en público fue durante las misas, en las actividades que organizaba mi escuela. Así olvidé que a veces tartamudeaba, que me comía las uñas de la angustia que me daba hablar en clase, opinar y compartir. Ese último miedo lo vencí gracias a mi maestra de cuarto año de primaria, la hermana Esther, una monja misionera que había recorrido gran parte de África y le gustaban las canciones de Timbiriche.
Pienso en ellos cada vez que me reconozco en la mirada de otra persona, que gracias a ese pequeño encuentro, a esa coincidencia, se descubre acompañada en un sentir que anticipa único. En ese encuentro, me encuentro y todo vale la pena, cobra sentido el entramado burocrático, las debilidades y obstáculos de un FODA que se encuentra siempre en constante cambio. El encuentro me recuerda que estamos vivos, que somos más que distritos electorales, secciones, claves únicas de población y todas esas cajas en las que nos van colocando.
El verdadero punk que no ha muerto es esta pequeña insurgencia, este deseo de sobrevivir a los tiempos electorales, sociales, económicos y elegir creer.
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Recordar el primer conjuro que me enseñó la abuela:
Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva;
los pajaritos cantan,
la luna se levanta. 🂓
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[Foto: Carlos Ortiz]




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